Tema: La eficacia del psicoanálisis para operar donde el sujeto no tiene con qué hacerse representar trabajada a partir del cruce entre la lectura del seminario 23 “El Sinthome” y tres experiencias clínicas.
La noción de estructura le sirvió a Lacan en sus primeros tiempos para formalizar la teoría psicoanalítica, rescatando lo más rico y novedoso de la obra de Freud que tendía a diluirse entre el empirismo y las preocupaciones técnicas con que el movimiento psicoanalítico aspiraba a alcanzar el ideal científico de la época.
La redefinición, a partir de la experiencia analítica, de términos como real, simbólico, imaginario, significante, metáfora, metonimia, objeto, sujeto y otros más fue armando un corpus teórico que daba y sigue dando cuenta del intento de no reducir el análisis a una experiencia individual, de la personalidad, subjetiva y ni siquiera intersubjetiva.
La estructura permitió abordar el trabajo analítico evitando los prejuicios de la psicopatología, dejó de ser una estructura de la personalidad para devenir una estructura del lenguaje que más tarde Lacan va a llamar lalengua evitando universalizarla y haciendo hincapié en los efectos que el movimiento del uso cotidiano de la misma produce. Las herramientas inventadas por Lacan ayudan al analista a no quedar tomado por la falsa alternativa entre individuo y sociedad. La estructura de lalengua que se recibe del Otro, principalmente de quienes ejercen la función materna y la del nombre del padre, adquiere una legalidad que se articula a partir de los deseos inconcientes y los goces de quienes ejercen dichas funciones en su conjunción con el cuerpo del cachorro humano y las respuestas que éste produce.
En dicha estructura el futuro ser hablante es recibido como objeto y en esa posición transcurrirá la mayor parte de la vida. Ese objeto resulta del anudamiento de las tres dimensiones de lalengua: real, simbólica e imaginaria. Anudamiento que no forma una totalidad y que presenta saltos entre sus registros. Dicho anudamiento se organiza en torno a la dimensión más real del objeto: el agujero. Como dicho nudo no forma una totalidad, se enlaza con otros formando lo que Lacan llamaba cadenudos. Entiendo que la consolidación imaginaria de estas tres dimensiones puede hacer deslizar el nudo borromeo hacia el nudo de trébol, estableciéndose una continuidad entre las mismas, y produciendo como efecto el desplazamiento de la estructura de lalengua hacia la de la personalidad, que Lacan hace equivaler a la paranoia.
La función nombre del padre, como sostén del complejo de Edipo y articulador de la realidad psíquica, resulta fundamental sino indispensable para vivir en sociedad, ya que produce la significación fálica, permite las identificaciones con los otros y la producción de sentidos que estabilizan contingentemente la estructura. Esta estabilización se paga con un mayor o menor grado de debilidad mental, producto de lo acotado de las variaciones imaginarias que un conjunto simbólico puede producir. Cerrada sobre sí misma, la estructura se pone al servicio de sostener el goce del Otro que no existe pero produce efectos. La consolidación imaginaria se sostiene de una real-ización del objeto que ilusiona funcionar como tapón que obtura la falla en el Otro.
Durante el seminario 23 Lacan comete muchos equívocos al dibujar los nudos, equívocos que no va a dejar caer sino que los interpreta, planteando sobre el final del seminario la existencia del lapsus del nudo. De esta forma, entiendo que lo que plantea es que la estructura borromea no es sin falla. La falla de la estructura es lo real del nudo, lo radicalmente imposible de saber, en tanto cada nueva simbolización no deja de producir como consecuencia un nuevo real no sabido. Esta falla algunas veces se presenta en primer plano, y otras, más disimuladamente. Ubica el límite de la función nombre del padre como normativizante y productor de significación fálica.
Interpreto que una de las cosas que Lacan plantea a lo largo del seminario 23 es que concebir el nudo borromeo sin falla retrotrae la estructura de lalengua a la de la personalidad consolidando lo imaginario de la misma y dificultando fuertemente los efectos de subjetivación. Se consolida el yo al precio de desechar al inconciente y sus posibilidades de producir al sujeto, invitando así a un retorno más abrupto de lo real
¿Qué tiene el psicoanálisis para ofrecer en este contexto? La apuesta del psicoanálisis, a mi entender, es la de ofrecer un dispositivo en el cual la estructura sea puesta a trabajar entre analista y analizante para intentar producir en las fallas de la misma los efectos sujeto que fueran posibles. Para ello no hay saber previo que garantice el resultado y por eso la standarización técnica del método desemboca en la impotencia, provocando interrupciones evitables o infinitizaciones imaginarias de tratamientos que no afectan a lo real de la vida del analizante.
Para que el sujeto advenga, como efecto puntual y evanescente, representado por un significante para otro significante, el analista opera desde el lugar del semblante del objeto a, navegando entre los tres registros de lalengua: lo simbólico, que en su combinatoria de elementos sin sentido produce el sentido por retrosignificación de su encadenamiento; lo imaginario, que lo consolida; y lo real, que como rumor indiferenciado y mudo se presenta fuera de sentido, perturbando la confluencia de lo simbólico y lo imaginario, y articulándose por la letra, litoral entre real y simbólico.
El tratamiento analítico se desarrolla en el devenir de estos cadenudos reales, simbólicos e imaginarios, con el significante como elemento primordial por el cual el sujeto del inconciente es representado para otro significante, produciendo como efecto metafórico el nudo que ya no sólo produce un plus de sentido sino también de goce.
La producción del sinthome como escritura del cuarto nudo, que en la falla reanuda la estructura, habilita al analista a producir intervenciones más allá de la interpretación del saber inconciente. Operando en el litoral con su saber-hacer, producto del deseo de analista, precipitado fundamentalmente de su análisis, de los análisis que conduce y de prácticas diversas, entre las cuales se encuentran las llamadas supervisiones, el estudio, la escritura y otras, sumadas a las experiencias de su transcurrir en la vida.
De esta manera, el inconciente ya no es algo que solo se presenta para ser interpretado sino también a ser producido. Como lo muestra el nudo de Joyce, el sinthome reemplaza la cuerda de lo simbólico por la cuerda del inconciente reanudando así el imaginario, producto de esa enigmática escritura que no resultaría de una precipitación del significante.
Un analizante esquizofrénico con una buena capacidad intelectual, que estudia mucho y se desempeña como profesor se ofrece para trabajar en una verdulería acarreando bolsas pesadas. Observo que esa actividad, un tanto bizarra para su contexto social, forzando su musculatura le da consistencia al cuerpo sosteniéndole el imaginario. Estos trabajos le duran poco tiempo. Durante el tratamiento le incentivo la realización de actividades corporales. Comienza a hacer natación y gimnasia produciéndole sensaciones de bienestar que aplacan la angustia en que lo sumía la pureza simbólica del trabajo intelectual que lo puede conducir al brote.
De esta manera, el cuarto nudo articula el deseo con los goces facilitando la sublimación fundamentalmente, pero no solo, en el terreno amoroso y laboral. Sublimación no entendida como desexualización sino como la elevación del objeto a la dignidad de la Cosa, por la cual la estructura deviene no-toda.
La producción del sinthome se da en lo que el epistemólogo Ilya Prigogine denomina puntos de bifurcación de la estructura. Es el lugar donde la legalidad se disipa y a partir del cual se podrá contingentemente reordenar la estructura de acuerdo con una legalidad nueva. Responsabilidad del analista será conjeturar la disponibilidad por parte del analizante de letras y significantes para poder producir el sinthome como respuesta a lo real. Esta disponibilidad de letras y significantes debe evaluarse teniendo en cuenta los tiempos lógicos de la vida del analizante y del desarrollo del análisis a fin de no precipitar el encuentro con lo real antes de que el analizante se encuentre preparado para afrontarlo. Así como el encuentro con la falla es una oportunidad de invención, la disipación de la estructura podría desanudarla imposibilitando al analizante reanudarla o hacerlo al costo de un brote, enfermedad, accidente o alguna otra contingencia. Si bien el acto analítico no tiene garantías de éxito, el trabajo riguroso a partir de las letras y significantes del discurso ayudan a minimizar los riesgos y optimizan los medios que el analizante posee para desarrollar un saber-hacer que le facilite forjarse un Nombre con el cual producir el reanudamiento.
Una paciente consulta por ataques de pánico que venía sufriendo. Hija menor, nacida luego de la muerte temprana del hijo varón de sus padres y de la primera hija 7 años mayor que ella. Sus padres conformaban una pareja con un grado de simbiosis importante, agravada por la muerte del hijo varón. La madre la había criado como podía y el padre expresaba su impotencia vía el rechazo agresivo. Una escena infantil la había marcado fuertemente. Durante una reunión familiar en la casa ella cruza el living envuelta en una toalla y comienza a desplegar una escena frente al auditorio improvisado. El padre, violentamente, le arranca la toalla dejándola desnuda frente a todos. Ella huye rápidamente.
Estudia música y se dedica a la docencia, pero abandona ya que no soporta estar al frente del aula, no puede manejarse con los alumnos que la desbordan. Intenta cantar pero siempre lo hace en segundo plano sin poder desarrollar esta vocación. Atraviesa la adolescencia sintiéndose la oveja negra de la familia. Traba relación con un hombre adicto del cual queda embarazada. Se convierte en madre soltera y el hombre muere víctima del sida. Su vida se organiza en torno a la cría del hijo en la casa de sus padres y a las prácticas religiosas a las que se vuelca. Se va enamorando de algunos curas. Con uno que llevaba el nombre del padre de su hijo se fascina, vive un amor platónico durante varios años hasta que muere. Desorientada consulta. La transferencia se instala, amorosa durante algunos años. Abandona la religión católica y se acerca primero a una y luego a otra iglesia evangélica. Trabajamos su interés por la música ya que sobre todo una iglesia posee un importante coro y en las celebraciones la música juega un papel preponderante. Comienza a traer Cd´s a las sesiones que son llevadas a cabo con música de fondo elegida por ella durante algunos meses. En determinado momento me doy cuenta que la música que facilitaba la asociación libre y que había aportado material para las interpretacions, ya sea por sus letras o por la tonalidad depresiva de algunos temas, comienza a funcionar como obstáculo. Mientras interpreto ella tararea. Decido que sigamos trabajando sin música.
A partir de ese momento comienzan a aparecer manifestaciones de rechazo cuando no de odio. La coraza caracterológica amorosa que funcionaba como formación reactiva al odio y a la melancolía comienza a resquebrajarse. El análisis que hasta ese momento le había servido para mejorar un poco su situación laboral, lidiar con la demencia de la madre hasta su muerte, mejorar un poco la relación con el padre, comenzar a administrar la casa ante la decadencia de los padres y el ingreso a la adolescencia del hijo, comienza a abrir otra vía. Se anima a proponerse para el coro. Tiene que atravesar para ello algunas pruebas musicales y religiosas, que presentan aristas complicadas, que a veces se prestan para dejarse someter o alejarse. Logra avanzar, no sin dificultades, hasta ingresar al coro. Su mayor capacidad es sostener su registro sin dejarse llevar miméticamente por los que cantan en otros registros cerca de ella. Logra sostener su rasgo diferencial sin tener que aislarse y sus logros son reconocidos.
Quiero comentar ahora una viñeta clínica de un paciente, un hombre de más de treinta años, cuyo padre murió cuando él tenía seis. Quedó viviendo con su madre y dos hermanas mayores. Durante la adolescencia comenzó a consumir marihuana y cocaína fuertemente. Incurrió durante un tiempo en actividades ilícitas, asaltos a mano armada. Estuvo internado tres años en institutos de rehabilitación, con períodos intermedios de externación. Luego de las internaciones volvió a vivir con la madre, consiguió algunos trabajos esporádicos en los que generalmente se mostraba muy servil con los jefes, lo cual llevaba a que lo explotaran, al poco tiempo se hartara y se fuera. Cuando lo empiezo a ver estaba en tratamiento psiquiátrico, con mucha medicación que lo ayudaba a sostenerse. Consumía poca cocaína pero mucha marihuana, fumaba constantemente y sobre todo en la casa, incluyendo así a la madre en la escena. Fuimos trabajando, entre otras cosas, los efectos de la muerte del padre, la relación simbiótica y de encierro con la madre y los robos que le había hecho a las hermanas para comprar drogas, sobre el fondo de la dificultad que tenía para poder sustraerse de la madre. En ese tiempo consiguió algún trabajo como vigilador y en tareas de mantenimiento de edificios. Mientras trabajaba disminuía un poco el consumo de drogas. Había recomenzado el colegio secundario nocturno, abandonado en la adolescencia. Estaba bastante entusiasmado y le iba bien, tenía buenas notas.
Durante el día, en general se la pasaba fumando. En determinado momento tuvo un episodio de recaída con alcohol y cocaína y la psiquiatra me hizo el comentario de que lo indicado sería internarlo nuevamente en una granja. Yo dudé, porque me daba la impresión que el trabajo en transferencia venía funcionando, y que lo que había sucedido era una recaída puntual. Internarlo lo iba a sacar de la droga y seis meses o un año después iba a volver a la misma situación. Vino a verme la madre y me planteó la necesidad de internarlo, me preguntó qué pensaba, ella estaba prácticamente convencida de que había que hacerlo y el paciente estaba casi convencido por la madre. Le planteé que a mí me parecía que no. Que no había que internarlo porque lo que había pasado era un episodio puntual. Sin embargo, siguieron adelante con el trámite para ingresarlo a una granja. Un día que tenía que venir a la sesión, faltó. Lo llamé por teléfono al mediodía. Atendió la madre y dijo: “Carlos no fue hoy porque tiene una entrevista a las cuatro de la tarde con la gente de la granja para ver si lo aceptan o no”. Le dije que si la entrevista era a las cuatro de la tarde podría haber venido igual. Me dijo que Carlos estaba durmiendo. “Bueno, despiértelo”, contesté. Carlos habló con voz de dormido y dijo lo mismo que la madre: “no, lo que pasa es que no fui porque hoy a las cuatro de la tarde tengo la entrevista en la granja”. Le repetí lo que le había dicho a la madre. Me contestó con evasivas. Entonces le dije “me parece que no es por eso que no viniste, sino que te quedaste durmiendo con tu mamá”. Trató de argumentar otra cosa. “No” le insistí “te quedaste durmiendo con tu mamá. Si querés despertarte vení el viernes que viene”. Vino al otro viernes y pudimos empezar a trabajar más a fondo lo que pasaba con la madre. La tentativa de internación en la comunidad cayó por decisión de él. Al poco tiempo consiguió un trabajo. Lo consiguió a través de la madre, con la curiosidad que ésta lo presentó como un ex adicto. Pese al intento de sabotaje lo tomaron igual porque parecía que el dueño tenía un hijo ex adicto. Lo tomaron primero porque era cerca de navidad y necesitaban un empleado temporal. Carlos fue y trabajó hasta pasada la navidad, después se tomó unos días de vacaciones. Cuando empezó a trabajar dejó de venir regularmente, lo hacía en forma esporádica. Trabajaba de las ocho de la mañana hasta las nueve de la noche. Después de la navidad y de que pasaran las vacaciones lo tomaron como empleado fijo con un horario normal. Nunca había sostenido un trabajo por tanto tiempo. Con parte del dinero que ganaba empezó a pagarle a la madre los gastos de la casa, en vez de pagarle con su cuerpo drogado y con la plata del subsidio por discapacidad, hecho éste que tenía renegado y que aparecía como sentimiento de estar en deuda. Se produjo una metaforización importante con el dinero, en el sentido de empezar a pagar con plata en vez de con su cuerpo reventado.
Para ir finalizando, creo que cuando lo real se juega más crudamente en la transferencia, si el analista queda aguardando la asociación libre puede promover la producción de actings, pasajes al acto y/o la interrupción de los análisis que conduce, ya que en lo real de la estructura no hay significante conque el sujeto del inconciente pueda hacerse representar para otro significante. La desarticulación de signos y la articulación de letras que puedan producir significantes requieren de movimientos en la estructura que el saber-hacer inconciente de un analista, pivoteando con el semblante y movido por el deseo de analizar, ayuda a que se precipiten.
Trabajo presentado en la Reunión Lacanoamericana llevada a cabo en la ciudad de
Bahía Blanca en noviembre de 2009 y publicado en www.psyche-navegante.com
jueves 14 de enero de 2010
miércoles 23 de diciembre de 2009
Objeto y fantasma en un adicto
Tema: El caso presenta las complejidades singulares de un hombre sujeto a prácticas adictivas.
Paco llegó al consultorio como moneda de cambio. Un sueño lo confirmaría. El tragamonedas no paraba de escupir el preciado objeto. Moni, la novia estaba retirándose del análisis debiendo una cantidad considerable de dinero, la que tal vez creyó poder pagar enviando a Paco, a quien había conocido hacía unos dos meses y con quien ya se hallaban viviendo juntos, además de con el hijo de ella.
Paco se hallaba en dificultades con la vida y también con las drogas. Consumía marihuana, cocaína y pasta base. Hijo de un hombre adicto que había desaparecido rápidamente de su vida, se crió con su madre y su hermana. De niño tuvo que salir a trabajar para ayudar a la familia. En la adolescencia entregó su trasero al amante del novio de su madre quien le pagaba los favores en efectivo. El dinero se fue convirtiendo en el significante fundamental, que podía virar del brillo fálico que lo hacía sentir potente en la casa de Moni, a la cual pasó a mantener con lo que ganaba trabajando, o a convertirse en un deshecho, pudiendo quemar durante una hora en un prostíbulo el sueldo de todo un mes, cuando quedaba tomado por la desesperación en que lo dejaba el enfriamiento de la novia al rechazarlo sexualmente y no dirigirle la palabra.
Había vivido en el extranjero y desde su regreso sobrevivido gracias a que la madre lo mantenía con el dinero de su actual marido. Pendulaba de hotel en hotel, a veces dormía en la calle o en alguna plaza. Había estado internado en lugares de “rehabilitación” con un funcionamiento carcelario donde se había ganado a golpes de puño y patadas un lugar respetable entre sus pares. De uno de estos lugares huyó por creer que corría peligro por haber maltratado a un interno perteneciente a una familia pesada. Luego de haber sido drogado fuertemente con medicamentos se escapó para presentarse voluntariamente al juez a pedirle que lo asignaran a otro establecimiento más tranquilo. El rechazo a tomar medicación ponía en juego la paradoja de curarse de las drogas con drogas. Antes de venir al tratamiento se había externado y andado un tiempo con un acompañante de la comunidad. La cocaína y la pasta base se habían reducido a las recaídas que sucedían cada tanto; la marihuana era su fiel compañera que lo sedaba.
Fascinado con Moni que lo había recogido de la calle y “creía en él”, juntó coraje para salir a buscar trabajo. Y lo consiguió rápidamente. Siendo un buen cheff y con impresionante currículum no tenía dificultades en ese terreno.
Pactamos que concurriría dos veces por semana, luego lo aumentamos a tres. La madre se comprometió a hacerse cargo del pago del tratamiento los primeros meses. Paco tenía treinta y largos años.
El primer trabajo que consiguió estando en tratamiento le duró poco. A la semana las dificultades con Moni lo llevaron a una recaída. Se presentó drogado en el restaurante a pedir dinero. La novia “ayudó” llamando para denunciarlo. Lo echaron. Todo sucedía tan rápidamente que no alcanzaba yo a poder captar la lógica que se estaba jugando. Echado del trabajo y de la casa y con un billete deslizado por la novia terminó consumiendo pasta base en la calle. Sorprendido por la policía se trenzó a los golpes y terminó en la comisaría donde a machetazos le calentaron el cuerpo.
Al poco tiempo consiguió un empleo que no llegó a durarle un mes. Se hizo echar al tiempo que conseguía un empleo mejor en otro restaurante y por un sueldo el doble del que venía ganando. Que conste que era imposible para Paco manejar el dinero. O se lo entregaba a la novia para la manutención del hogar o lo reventaba con las prostitutas y la droga. La novia terminó deslizándose al lugar de la prostituta, dando sexo a cambio de dinero. Pero la cosa no duró mucho. La situación se volvió a poner tensa. Paco recayó y ella lo echó de la casa. Con ayuda económica de la madre y de un amigo homosexual, maestro de artes marciales (Paco es cinturón negro) pudo sostenerse. A veces dormía en un hotel, otras en lo del amigo, hombre bastante más grande que Paco, que gustaba de los jóvenes bellos y no dejaba pasar oportunidad de intentar cobrarle la ayuda dada en especies. Paco resistió, sin dejar de provocarlo.
Una suma de irregularidades en el trabajo, como ser, el no cumplimiento de horario, hizo que lo echaran, lo que sumado a que el amigo lo instó a que se fuera de su casa terminó en una nueva recaída.
Sin nadie que lo reciba en su casa se volvía incapaz de sostenerse por cuenta propia. El encuentro con el límite del Otro lo arrojaba a un vacío incolmable (incalmable corrige con pertinencia la computadora). Es imposible para Paco hacer algo con la falta del Otro, trazar un significante que lo oriente en lo real para no quedar aplastado, consumido, puro deshecho que tapona y coagula el fantasma. Sin poder producir el significante que lo represente para otro significante, sin producir la caída del a, que cause el deseo y vehiculice los goces, deambula como un zombie por la noche porteña, drogado y paranoico, luego de ofrecerle el falo-dinero a las prostitutas, a las que no puede penetrar con su pene-deshecho.
El consumo compulsivo sin límite, hasta que se acaba el dinero, lo muestra identificado a ese objeto. La desesperación se presenta como el intento ilimitado de lograr lo imposible: que el objeto a se torne empíricamente consistente. Ser todo objeto, lo que hace que el circuito pulsional se consuma en forma espiralada, teniendo el fantasma cada vez menos margen de maniobra. El intento sin límite de taponar el agujero cristaliza los significantes.
Jacques-Alain Miller puso en boga la afirmación de que estamos en la época en que el Otro no existe[1], lo que dio lugar a que sus discípulos propusieran, para las llamadas patologías de la época como lo serían las adicciones, una clínica del vacío. Se supone así que allí donde el Otro no existe, el sujeto quedaría confrontado al vacío, a la falta de la falta.
Creo que afirmar que el Otro no existe es directamente una tesis antilacaneana. Sacar de circulación al Otro implica hacer lo mismo con el sujeto, el objeto a, el significante, etc… y retornar a una psicología del yo impotente para tratar lo real. Lo que creo que este caso muestra es lo que pasa con un hombre que, confrontado a la inconsistencia, no a la inexistencia, del Otro, solo puede ofrecerse como objeto de consumo para sostener su consistencia. La droga le da cuerpo, consistencia, al Otro, que existe solo porque se habla. Se trata en este caso, de un Otro (la madre) tomada fuertemente por un deseo de muerte dirigido al hijo, que al funcionar renegatoriamente presentó, desde el nacimiento de Paco y continúa actualmente, una inconsistencia abrumadora muy difícil de velar.
Durante una sesión con la madre, preguntada por el contexto de la venida al mundo de Paco, ésta cuenta que nació varios días antes de lo previsto, cree que se pudo haber debido a un gran disgusto que tuvo en ese momento. Al principio se negó a contar porqué. Luego contó que su hermana se había hecho un aborto sin que nadie se enterara. Contó que con el nacimiento de la hermana mayor de Paco se había angustiado y había tenido cambios importantes en su estado de ánimo, pero que con Paco eso no había pasado. Pero ella notaba que Paco era un bebé muy ansioso y angustiado, con dificultades para dormir. Que a los nueve meses le daba unas gotitas de Valium para tranquilizarlo, por indicación de un médico. En ese momento Paco comentó como había gozado tomando Valium de grande. Evidentemente la angustia que no experimentó la madre fue transferida al bebé, en tanto que prolongación del cuerpo de la madre, falo imaginario, y drogado con Valium para tranquilizarlo. El deseo de abortar no realizado retornó sintomáticamente, expulsándolo antes de tiempo del útero y drogándolo con Valium a los 9 meses (intento de dormirlo/matarlo en fecha simbólica del nacimiento) con ayuda de un médico.
Paco ya grande, en vez de drogarse legalmente para completar y tranquilizar a la madre, lo hace ilegalmente para perturbarla y obligarla a que se ocupe de él como no se ocupó en el pasado. Una y otra vez retorna a sus brazos por dinero, techo y/o comida. Hace con ella y con el resto de sus relaciones lo mismo que con la droga: las consume hasta el hartazgo.
La forma en que se relaciona Paco me hace pensar en la simbiosis trabajada por Bleger y pensada como momento necesario de ser vivido en la relación con la madre durante la primera infancia. Allí donde el bebé se continúa en el pecho materno y la madre actúa de sostén. La madre le da cuerpo al S1, lo encarna, es el punto de anclaje. El deambular de Paco se organiza cuando tiene a alguien que le funcione de ordenador. Cuando eso está seguro, él circula, pero como el bebé, exige, presiona, demanda, somete, con la diferencia que su cuerpo ya no es el de un bebé. El Otro materno que no pudo dar un sostén suficientemente bueno, ya no puede hacerlo ni aunque quisiera porque la mordida de un adulto no es la de un bebé.
El tratamiento por ahora va de emergencia en emergencia. Las repeticiones comienzan a delinear una lógica. Las dificultades principales están dadas por las expectativas maternas idealizadas de recuperación absoluta y la creencia de que Paco podría llevar una vida “normal”: dejar las drogas, tener un trabajo estable, etc. Con cada recaída esta formación reactiva cae y aparece el deseo de muerte que la sustenta con su correlación en el pensamiento: “no se puede hacer nada, lleva muchos años en esto, es irrecuperable, etc…”
Por el lado de Paco, con el hecho de venir al tratamiento logra captar la atención de la madre y su colaboración aunque sea con dinero pero por otro lado la idea de una “curación” implicaría en su imaginario el liberar a la madre de tener que ocuparse de él. Todo esto anudado por el goce que le producen las drogas en el cuerpo, principalmente la activación de las pulsiones oral y anal. Como ejemplo de esto, una vez relató que yendo a comprar cocaína tuvo que detenerse en un baño público para vomitar e ir de cuerpo, causado por la excitación repentina de los extremos del aparato digestivo activados ante la inminente compra y consumo del estupefaciente.
[1] Miller, Jacques-Alain, en colaboración con Eric Laurent. El Otro que no existe y sus comités de ética. Ed. Paidós.
Artículo publicado en www.psyche-navegante.com nº 76
Paco llegó al consultorio como moneda de cambio. Un sueño lo confirmaría. El tragamonedas no paraba de escupir el preciado objeto. Moni, la novia estaba retirándose del análisis debiendo una cantidad considerable de dinero, la que tal vez creyó poder pagar enviando a Paco, a quien había conocido hacía unos dos meses y con quien ya se hallaban viviendo juntos, además de con el hijo de ella.
Paco se hallaba en dificultades con la vida y también con las drogas. Consumía marihuana, cocaína y pasta base. Hijo de un hombre adicto que había desaparecido rápidamente de su vida, se crió con su madre y su hermana. De niño tuvo que salir a trabajar para ayudar a la familia. En la adolescencia entregó su trasero al amante del novio de su madre quien le pagaba los favores en efectivo. El dinero se fue convirtiendo en el significante fundamental, que podía virar del brillo fálico que lo hacía sentir potente en la casa de Moni, a la cual pasó a mantener con lo que ganaba trabajando, o a convertirse en un deshecho, pudiendo quemar durante una hora en un prostíbulo el sueldo de todo un mes, cuando quedaba tomado por la desesperación en que lo dejaba el enfriamiento de la novia al rechazarlo sexualmente y no dirigirle la palabra.
Había vivido en el extranjero y desde su regreso sobrevivido gracias a que la madre lo mantenía con el dinero de su actual marido. Pendulaba de hotel en hotel, a veces dormía en la calle o en alguna plaza. Había estado internado en lugares de “rehabilitación” con un funcionamiento carcelario donde se había ganado a golpes de puño y patadas un lugar respetable entre sus pares. De uno de estos lugares huyó por creer que corría peligro por haber maltratado a un interno perteneciente a una familia pesada. Luego de haber sido drogado fuertemente con medicamentos se escapó para presentarse voluntariamente al juez a pedirle que lo asignaran a otro establecimiento más tranquilo. El rechazo a tomar medicación ponía en juego la paradoja de curarse de las drogas con drogas. Antes de venir al tratamiento se había externado y andado un tiempo con un acompañante de la comunidad. La cocaína y la pasta base se habían reducido a las recaídas que sucedían cada tanto; la marihuana era su fiel compañera que lo sedaba.
Fascinado con Moni que lo había recogido de la calle y “creía en él”, juntó coraje para salir a buscar trabajo. Y lo consiguió rápidamente. Siendo un buen cheff y con impresionante currículum no tenía dificultades en ese terreno.
Pactamos que concurriría dos veces por semana, luego lo aumentamos a tres. La madre se comprometió a hacerse cargo del pago del tratamiento los primeros meses. Paco tenía treinta y largos años.
El primer trabajo que consiguió estando en tratamiento le duró poco. A la semana las dificultades con Moni lo llevaron a una recaída. Se presentó drogado en el restaurante a pedir dinero. La novia “ayudó” llamando para denunciarlo. Lo echaron. Todo sucedía tan rápidamente que no alcanzaba yo a poder captar la lógica que se estaba jugando. Echado del trabajo y de la casa y con un billete deslizado por la novia terminó consumiendo pasta base en la calle. Sorprendido por la policía se trenzó a los golpes y terminó en la comisaría donde a machetazos le calentaron el cuerpo.
Al poco tiempo consiguió un empleo que no llegó a durarle un mes. Se hizo echar al tiempo que conseguía un empleo mejor en otro restaurante y por un sueldo el doble del que venía ganando. Que conste que era imposible para Paco manejar el dinero. O se lo entregaba a la novia para la manutención del hogar o lo reventaba con las prostitutas y la droga. La novia terminó deslizándose al lugar de la prostituta, dando sexo a cambio de dinero. Pero la cosa no duró mucho. La situación se volvió a poner tensa. Paco recayó y ella lo echó de la casa. Con ayuda económica de la madre y de un amigo homosexual, maestro de artes marciales (Paco es cinturón negro) pudo sostenerse. A veces dormía en un hotel, otras en lo del amigo, hombre bastante más grande que Paco, que gustaba de los jóvenes bellos y no dejaba pasar oportunidad de intentar cobrarle la ayuda dada en especies. Paco resistió, sin dejar de provocarlo.
Una suma de irregularidades en el trabajo, como ser, el no cumplimiento de horario, hizo que lo echaran, lo que sumado a que el amigo lo instó a que se fuera de su casa terminó en una nueva recaída.
Sin nadie que lo reciba en su casa se volvía incapaz de sostenerse por cuenta propia. El encuentro con el límite del Otro lo arrojaba a un vacío incolmable (incalmable corrige con pertinencia la computadora). Es imposible para Paco hacer algo con la falta del Otro, trazar un significante que lo oriente en lo real para no quedar aplastado, consumido, puro deshecho que tapona y coagula el fantasma. Sin poder producir el significante que lo represente para otro significante, sin producir la caída del a, que cause el deseo y vehiculice los goces, deambula como un zombie por la noche porteña, drogado y paranoico, luego de ofrecerle el falo-dinero a las prostitutas, a las que no puede penetrar con su pene-deshecho.
El consumo compulsivo sin límite, hasta que se acaba el dinero, lo muestra identificado a ese objeto. La desesperación se presenta como el intento ilimitado de lograr lo imposible: que el objeto a se torne empíricamente consistente. Ser todo objeto, lo que hace que el circuito pulsional se consuma en forma espiralada, teniendo el fantasma cada vez menos margen de maniobra. El intento sin límite de taponar el agujero cristaliza los significantes.
Jacques-Alain Miller puso en boga la afirmación de que estamos en la época en que el Otro no existe[1], lo que dio lugar a que sus discípulos propusieran, para las llamadas patologías de la época como lo serían las adicciones, una clínica del vacío. Se supone así que allí donde el Otro no existe, el sujeto quedaría confrontado al vacío, a la falta de la falta.
Creo que afirmar que el Otro no existe es directamente una tesis antilacaneana. Sacar de circulación al Otro implica hacer lo mismo con el sujeto, el objeto a, el significante, etc… y retornar a una psicología del yo impotente para tratar lo real. Lo que creo que este caso muestra es lo que pasa con un hombre que, confrontado a la inconsistencia, no a la inexistencia, del Otro, solo puede ofrecerse como objeto de consumo para sostener su consistencia. La droga le da cuerpo, consistencia, al Otro, que existe solo porque se habla. Se trata en este caso, de un Otro (la madre) tomada fuertemente por un deseo de muerte dirigido al hijo, que al funcionar renegatoriamente presentó, desde el nacimiento de Paco y continúa actualmente, una inconsistencia abrumadora muy difícil de velar.
Durante una sesión con la madre, preguntada por el contexto de la venida al mundo de Paco, ésta cuenta que nació varios días antes de lo previsto, cree que se pudo haber debido a un gran disgusto que tuvo en ese momento. Al principio se negó a contar porqué. Luego contó que su hermana se había hecho un aborto sin que nadie se enterara. Contó que con el nacimiento de la hermana mayor de Paco se había angustiado y había tenido cambios importantes en su estado de ánimo, pero que con Paco eso no había pasado. Pero ella notaba que Paco era un bebé muy ansioso y angustiado, con dificultades para dormir. Que a los nueve meses le daba unas gotitas de Valium para tranquilizarlo, por indicación de un médico. En ese momento Paco comentó como había gozado tomando Valium de grande. Evidentemente la angustia que no experimentó la madre fue transferida al bebé, en tanto que prolongación del cuerpo de la madre, falo imaginario, y drogado con Valium para tranquilizarlo. El deseo de abortar no realizado retornó sintomáticamente, expulsándolo antes de tiempo del útero y drogándolo con Valium a los 9 meses (intento de dormirlo/matarlo en fecha simbólica del nacimiento) con ayuda de un médico.
Paco ya grande, en vez de drogarse legalmente para completar y tranquilizar a la madre, lo hace ilegalmente para perturbarla y obligarla a que se ocupe de él como no se ocupó en el pasado. Una y otra vez retorna a sus brazos por dinero, techo y/o comida. Hace con ella y con el resto de sus relaciones lo mismo que con la droga: las consume hasta el hartazgo.
La forma en que se relaciona Paco me hace pensar en la simbiosis trabajada por Bleger y pensada como momento necesario de ser vivido en la relación con la madre durante la primera infancia. Allí donde el bebé se continúa en el pecho materno y la madre actúa de sostén. La madre le da cuerpo al S1, lo encarna, es el punto de anclaje. El deambular de Paco se organiza cuando tiene a alguien que le funcione de ordenador. Cuando eso está seguro, él circula, pero como el bebé, exige, presiona, demanda, somete, con la diferencia que su cuerpo ya no es el de un bebé. El Otro materno que no pudo dar un sostén suficientemente bueno, ya no puede hacerlo ni aunque quisiera porque la mordida de un adulto no es la de un bebé.
El tratamiento por ahora va de emergencia en emergencia. Las repeticiones comienzan a delinear una lógica. Las dificultades principales están dadas por las expectativas maternas idealizadas de recuperación absoluta y la creencia de que Paco podría llevar una vida “normal”: dejar las drogas, tener un trabajo estable, etc. Con cada recaída esta formación reactiva cae y aparece el deseo de muerte que la sustenta con su correlación en el pensamiento: “no se puede hacer nada, lleva muchos años en esto, es irrecuperable, etc…”
Por el lado de Paco, con el hecho de venir al tratamiento logra captar la atención de la madre y su colaboración aunque sea con dinero pero por otro lado la idea de una “curación” implicaría en su imaginario el liberar a la madre de tener que ocuparse de él. Todo esto anudado por el goce que le producen las drogas en el cuerpo, principalmente la activación de las pulsiones oral y anal. Como ejemplo de esto, una vez relató que yendo a comprar cocaína tuvo que detenerse en un baño público para vomitar e ir de cuerpo, causado por la excitación repentina de los extremos del aparato digestivo activados ante la inminente compra y consumo del estupefaciente.
[1] Miller, Jacques-Alain, en colaboración con Eric Laurent. El Otro que no existe y sus comités de ética. Ed. Paidós.
Artículo publicado en www.psyche-navegante.com nº 76
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Adicciones,
Teoría y práctica psicoanalítica
viernes 27 de noviembre de 2009
La civilización es la cloaca
Tema: El tratamiento de los goces en el capitalismo. Análisis de la entrevista realizada a Marcos Camacho, jefe del Primer Comando de la Capital, banda carcelaria de San Pablo.
El 23 de mayo de 2006, el diario O Globo de Brasil publicó una entrevista (ficticia pero no por eso menos verdadera) a Marcos Camacho (Marcola), jefe de la banda carcelaria de San Pablo, denominada Primer Comando de la Capital (PCC), que éste año ha provocado numerosos e importantes hechos de violencia en la ciudad y sus alrededores, en hechos que marcaron un claro desafío a las autoridades estatales.
-"¿Usted es del PCC?
Más que eso, yo soy una señal de estos tiempos. Yo era pobre e invisible. Ustedes nunca me miraron durante décadas y antiguamente era fácil resolver el problema de la miseria. El diagnostico era obvio: migración rural, desnivel de renta, pocas villas miseria, discretas periferias; la solución nunca aparecía… ¿Qué hicieron? Nada. ¿El Gobierno Federal alguna vez reservó algún presupuesto para nosotros? Nosotros sólo éramos noticia en los derrumbes de las villas en las montañas o en la música romántica sobre "la belleza de esas montañas al amanecer", esas cosas… Ahora estamos ricos con la multinacional de la droga. Y ustedes se están muriendo de miedo. Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia social ¿Vió? Yo soy culto. Leo al Dante en la prisión.
El personaje, nacido en una villa miseria, confronta las ciudades modernas a las villas. Sabe que las segundas son producto de las primeras. Que no hay unas sin las otras. Las democracias capitalistas, regidas por la lógica del mercado que sostiene lo que da ganancia y elimina lo que no lo da, pretenden sostener un todo funcional avalado por el ideal del bien común, con el cual todos podrían gozar por igual. Han logrado naturalizar la idea de que se goza solo de lo que se tiene. El dinero como significante fundamental que regula el lazo social se ha elevado al rango de valor absoluto. Es contable, regulable, controlable e intercambiable. Posee una capacidad simbólica enorme que permite a los hombres de diferentes lenguas, razas y religiones relacionarse, es decir, gozar en compañía. Las empresas, los gobiernos, las instituciones de diversa índole trazan esquemas, programas con finalidades y metodologías ideales, que marcan los límites dentro de los cuales el goce se podría ejercitar en comunidad, sin perjudicar a los otros.
La satisfacción pulsional a la que llamamos goce no tiene su origen en el instinto o programa inalterable y natural de la especie. No es algo que podría poner orden, con lo cual cada uno podría satisfacerse a su manera y con su objeto correspondiente. El nacimiento prematuro del cachorro humano lo hace absolutamente dependiente de los encargados de su crianza sin los cuales no sobreviviría. Esta dependencia estructural es la que marcará sus vías de acceso a los goces que lo mantendrán vivo el resto de sus días. Esos goces se irán armando con el deseo del niño de dar a los adultos que lo criaron aquello que cree que esperan de él, querrá ser, ofrecerse a sí mismo, lo que colme de satisfacción a su madre (en principio). Como los humanos hablamos y el lenguaje es productor de una multiplicidad de sentidos, se le volverá imposible al niño saber exactamente que quieren de él. Porque además de los múltiples sentidos el uso del lenguaje produce un exceso, que no alcanza a ser sentido ni a hacer sentido: es real. Esa porción de goce real no es anterior al lenguaje ni es natural, sino que es efecto del mismo. Cada vez que el real sea simbolizado por el lenguaje producirá un nuevo real por exceso. Ese resto no es simbolizable ni imaginarizable. No puede ser socializado ni educado. Es lo que hará que cada uno sea radicalmente diferente de los demás. Y es lo que toda sociedad debe rechazar para constituirse como tal. Los ideales que se encuentran en el horizonte (como finalidad) de la comunidad sirven a los efectos de distraer a cada uno de esa porción éxtima[1] de goce que no deja de reclamar satisfacción.
En este sentido podemos entender que lo que Camacho dice con inteligencia es que las villas miserias y las bandas de narcos son el retorno del goce rechazado por las democracias capitalistas. Aquello que los ideales de democracia, como gobierno del pueblo y para el pueblo, libertad, como búsqueda del propio bien, derechos humanos y solidaridad, con la creencia implícita de que en el fondo somos buenos, tapan para que no sepamos nada de eso.
E irónicamente este goce retorna con un significante capitalista (multinacional de la droga).
- Pero la solución sería… (pregunta el periodista esperanzado)
¿Solución? No hay solución, hermano. La propia idea de "solución" ya es un error. ¿Ya vio el tamaño de las 560 villas miseria de Río? ¿Ya anduvo en helicóptero por sobre la periferia de San Pablo? ¿Solución, cómo? Sólo la habría con muchos millones de dólares gastados organizadamente, con un gobernante de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento económico, revolución en la educación, urbanización general y todo tendría que ser bajo la batuta casi de una "tiranía esclarecida" que saltase por sobre la parálisis burocrática secular, que pasase por encima del Legislativo cómplice. ¿O usted cree que los chupasangres (sanguessugas) no van a actuar? Si se descuida van a robar hasta al PCC. Y del Judicial que impide puniciones. Tendría que haber una reforma radical del proceso penal del país, tendría que haber comunicaciones e inteligencia entre policías municipales, provinciales y federales (nosotros hacemos hasta "conference calls" entre presidiarios…) Y todo eso costaría billones de dólares e implicaría una mudanza psicosocial profunda en la estructura política del país. O sea: es imposible. No hay solución.
El narco presentifica lo imposible. No hay solución. Lo real del hablante es inapresable. Se escabulle una y otra vez.
¿Usted no tiene miedo de morir? (Pregunta el periodista intentando ubicar la falta y la angustia de Camacho)
Ustedes son los que tienen miedo de morir, yo no. Mejor dicho, aquí en la cárcel ustedes no pueden entrar y matarme, pero yo puedo mandar matarlos a ustedes allí afuera. Nosotros somos hombres-bombas. En las villas miseria hay cien mil hombres-bombas. Estamos en el centro de lo insoluble mismo. Ustedes en el bien y el mal y, en medio, la frontera de la muerte, la única frontera. Ya somos una nueva "especie", ya somos otros bichos, diferentes a ustedes. La muerte para ustedes es un drama cristiano en una cama, por un ataque al corazón. La muerte para nosotros es la comida diaria, tirados en una fosa común. ¿Ustedes intelectuales no hablan de lucha de clases, de ser marginal, ser héroe? Entonces ¡llegamos nosotros! ¡Ja, ja, ja…! Yo leo mucho; leí 3000 libros y leo al Dante, pero mis soldados son extrañas anomalías del desarrollo torcido de este país. No hay más proletarios, o infelices, o explotados. Hay una tercera cosa creciendo allí afuera, cultivada en el barro, educándose en el más absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles, como un monstruo Alien escondido en los rincones de la ciudad. Ya surgió un nuevo lenguaje. ¿Ustedes no escuchan las grabaciones hechas "con autorización" de la justicia? Es eso. Es otra lengua. Está delante de una especie de post miseria. Eso. La post miseria genera una nueva cultura asesina, ayudada por la tecnología, satélites, celulares, Internet, armas modernas. Es la mierda con chips, con megabytes. Mis comandados son una mutación de la especie social. Son hongos de un gran error sucio.
“¡Extrañas anomalías del desarrollo torcido!” Imposible definir al goce más certeramente. Camacho advierte las mutaciones en el lenguaje y los efectos que esto produce en los sujetos. El goce no es natural. Retorna de la mano de los significantes que intentaron domesticarlo: tecnología, satélites, celulares, Internet, armas modernas; pero despojados de su capacidad para producir lazo social, es pura mierda… que quiere ser comida.
-¿Qué cambió en las periferias? (el periodista quiere seguir sabiendo)
Mangos. Nosotros ahora tenemos. ¿Usted cree que quien tiene 40 millones de dólares como Beira Mar no manda? Con 40 millones de dólares la prisión es un hotel, un escritorio… ¿Cuál es la policía que va a quemar esa mina de oro, entiende? Nosotros somos una empresa moderna, rica. Si el funcionario vacila, es despedido y "colocado en el microondas". Ustedes son el estado quebrado, dominado por incompetentes. Nosotros tenemos métodos ágiles de gestión. Ustedes son lentos, burocráticos. Nosotros luchamos en terreno propio. Ustedes, en tierra extraña. Nosotros no tememos a la muerte. Ustedes mueren de miedo. Nosotros estamos bien armados. Ustedes tienen calibre 38. Nosotros estamos en el ataque. Ustedes en la defensa. Ustedes tienen la manía del humanismo. Nosotros somos crueles, sin piedad. Ustedes nos transformaron en "super stars" del crimen. Nosotros los tenemos de payasos. Nosotros somos ayudados por la población de las villas miseria, por miedo o por amor. Ustedes son odiados. Ustedes son regionales, provincianos. Nuestras armas y productos vienen de afuera, somos "globales". Nosotros no nos olvidamos de ustedes, son nuestros "clientes". Ustedes nos olvidan cuando pasa el susto de la violencia que provocamos.
Ágiles, eficientes, agresivos, globales. El ideal capitalista realizado deviene goce del superyó. Los clientes-consumidores pagan por su ración. Consumen hasta su consunción[2]. La serpiente se muerde la cola.
-¿Pero, qué debemos hacer? (el periodista angustiado frente a lo imposible de resolver cambia de posición, se torna sumiso, sigue suponiendo que hay una forma de solucionar la cosa, que lo real puede ser totalmente simbolizable, que es posible el consenso, que hay un saber como se hacen las cosas correctamente, y le supone ese saber al narco. La suposición del saber a Marcola es efecto de la admiración que le despierta su posición frente a lo real. Marcola no se angustia, él si y pretende desembarazarse de la angustia poniendo a Camacho en el lugar del amo y ofreciéndose como esclavo. Supone que entre el amo y el esclavo hay “relación sexual”. Podríamos decir que ofrece su cola al macho, tapando la falta en el saber del narco. Se pone en acto así el proceso de rechazo de lo real del goce que angustia y su retorno por vía del goce sacrificial al servicio del narco endiosado. Asistimos a una versión individual de lo acontecido en la sociedad)
Les voy a dar una idea, aunque sea en contra de mí. ¡Agarren a "los barones del polvo" (cocaína)! Hay diputados, senadores, hay generales, hay hasta ex presidentes del Paraguay en el medio de la cocaína y de las armas. ¿Pero, quién va a hacer eso? ¿El ejército? ¿Con qué plata? No tienen dinero ni para comida de los reclutas. El país está quebrado, sustentando un estado muerto con intereses del 20 % al año, y Lula todavía aumenta los gastos públicos, empleando 40 mil sinvergüenzas. ¿El ejército irá a luchar contra el PCC? Estoy leyendo Klausewitz "Sobre la Guerra". No hay perspectiva de éxito. Nosotros somos hormigas devoradoras, escondidas en los rincones. Tenemos hasta misiles anti-tanque. Si embroman, van a salir unos Stinger. Para acabar con nosotros… solamente con una bomba atómica en las villas miseria. ¿Ya pensó? ¿Ipanema radiactiva?
La única solución definitiva es la solución final generalizada. Única manera de que todos gocen de lo mismo: la muerte.
-Pero… ¿No habrá una solución? (el imaginario del periodista es a prueba de balas)
Ustedes sólo pueden llegar a algún suceso si desisten de defender la "normalidad". No hay más normalidad alguna. Ustedes precisan hacer una autocrítica de su propia incompetencia. Pero a ser franco, en serio, en la moral. Estamos todos en el centro de lo insoluble. Sólo que nosotros vivimos de él y ustedes no tienen salida. Sólo la mierda. Y nosotros ya trabajamos dentro de ella. Entiéndame, hermano, no hay solución. ¿Saben por qué? Porque ustedes no entienden ni la extensión del problema. Como escribió el divino Dante: "Pierdan todas las esperanzas. Estamos todos en el infierno".
Está claro: la normalidad produce un fuera de norma.
La cuestión es: ¿qué se hace con eso?
[1] Neologismo inventado por Jacques Lacan para dar cuenta de algo exterior e íntimo a la vez, deudor de una topología no esférica del sujeto, en la cual interior y exterior no se corresponden con los límites anatómicos del individuo.
[2] Lacan, Jacques: Del discurso psicoanalítico. Inédito
Publicado en www.psyche-navegante.com nº 75
El 23 de mayo de 2006, el diario O Globo de Brasil publicó una entrevista (ficticia pero no por eso menos verdadera) a Marcos Camacho (Marcola), jefe de la banda carcelaria de San Pablo, denominada Primer Comando de la Capital (PCC), que éste año ha provocado numerosos e importantes hechos de violencia en la ciudad y sus alrededores, en hechos que marcaron un claro desafío a las autoridades estatales.
-"¿Usted es del PCC?
Más que eso, yo soy una señal de estos tiempos. Yo era pobre e invisible. Ustedes nunca me miraron durante décadas y antiguamente era fácil resolver el problema de la miseria. El diagnostico era obvio: migración rural, desnivel de renta, pocas villas miseria, discretas periferias; la solución nunca aparecía… ¿Qué hicieron? Nada. ¿El Gobierno Federal alguna vez reservó algún presupuesto para nosotros? Nosotros sólo éramos noticia en los derrumbes de las villas en las montañas o en la música romántica sobre "la belleza de esas montañas al amanecer", esas cosas… Ahora estamos ricos con la multinacional de la droga. Y ustedes se están muriendo de miedo. Nosotros somos el inicio tardío de vuestra conciencia social ¿Vió? Yo soy culto. Leo al Dante en la prisión.
El personaje, nacido en una villa miseria, confronta las ciudades modernas a las villas. Sabe que las segundas son producto de las primeras. Que no hay unas sin las otras. Las democracias capitalistas, regidas por la lógica del mercado que sostiene lo que da ganancia y elimina lo que no lo da, pretenden sostener un todo funcional avalado por el ideal del bien común, con el cual todos podrían gozar por igual. Han logrado naturalizar la idea de que se goza solo de lo que se tiene. El dinero como significante fundamental que regula el lazo social se ha elevado al rango de valor absoluto. Es contable, regulable, controlable e intercambiable. Posee una capacidad simbólica enorme que permite a los hombres de diferentes lenguas, razas y religiones relacionarse, es decir, gozar en compañía. Las empresas, los gobiernos, las instituciones de diversa índole trazan esquemas, programas con finalidades y metodologías ideales, que marcan los límites dentro de los cuales el goce se podría ejercitar en comunidad, sin perjudicar a los otros.
La satisfacción pulsional a la que llamamos goce no tiene su origen en el instinto o programa inalterable y natural de la especie. No es algo que podría poner orden, con lo cual cada uno podría satisfacerse a su manera y con su objeto correspondiente. El nacimiento prematuro del cachorro humano lo hace absolutamente dependiente de los encargados de su crianza sin los cuales no sobreviviría. Esta dependencia estructural es la que marcará sus vías de acceso a los goces que lo mantendrán vivo el resto de sus días. Esos goces se irán armando con el deseo del niño de dar a los adultos que lo criaron aquello que cree que esperan de él, querrá ser, ofrecerse a sí mismo, lo que colme de satisfacción a su madre (en principio). Como los humanos hablamos y el lenguaje es productor de una multiplicidad de sentidos, se le volverá imposible al niño saber exactamente que quieren de él. Porque además de los múltiples sentidos el uso del lenguaje produce un exceso, que no alcanza a ser sentido ni a hacer sentido: es real. Esa porción de goce real no es anterior al lenguaje ni es natural, sino que es efecto del mismo. Cada vez que el real sea simbolizado por el lenguaje producirá un nuevo real por exceso. Ese resto no es simbolizable ni imaginarizable. No puede ser socializado ni educado. Es lo que hará que cada uno sea radicalmente diferente de los demás. Y es lo que toda sociedad debe rechazar para constituirse como tal. Los ideales que se encuentran en el horizonte (como finalidad) de la comunidad sirven a los efectos de distraer a cada uno de esa porción éxtima[1] de goce que no deja de reclamar satisfacción.
En este sentido podemos entender que lo que Camacho dice con inteligencia es que las villas miserias y las bandas de narcos son el retorno del goce rechazado por las democracias capitalistas. Aquello que los ideales de democracia, como gobierno del pueblo y para el pueblo, libertad, como búsqueda del propio bien, derechos humanos y solidaridad, con la creencia implícita de que en el fondo somos buenos, tapan para que no sepamos nada de eso.
E irónicamente este goce retorna con un significante capitalista (multinacional de la droga).
- Pero la solución sería… (pregunta el periodista esperanzado)
¿Solución? No hay solución, hermano. La propia idea de "solución" ya es un error. ¿Ya vio el tamaño de las 560 villas miseria de Río? ¿Ya anduvo en helicóptero por sobre la periferia de San Pablo? ¿Solución, cómo? Sólo la habría con muchos millones de dólares gastados organizadamente, con un gobernante de alto nivel, una inmensa voluntad política, crecimiento económico, revolución en la educación, urbanización general y todo tendría que ser bajo la batuta casi de una "tiranía esclarecida" que saltase por sobre la parálisis burocrática secular, que pasase por encima del Legislativo cómplice. ¿O usted cree que los chupasangres (sanguessugas) no van a actuar? Si se descuida van a robar hasta al PCC. Y del Judicial que impide puniciones. Tendría que haber una reforma radical del proceso penal del país, tendría que haber comunicaciones e inteligencia entre policías municipales, provinciales y federales (nosotros hacemos hasta "conference calls" entre presidiarios…) Y todo eso costaría billones de dólares e implicaría una mudanza psicosocial profunda en la estructura política del país. O sea: es imposible. No hay solución.
El narco presentifica lo imposible. No hay solución. Lo real del hablante es inapresable. Se escabulle una y otra vez.
¿Usted no tiene miedo de morir? (Pregunta el periodista intentando ubicar la falta y la angustia de Camacho)
Ustedes son los que tienen miedo de morir, yo no. Mejor dicho, aquí en la cárcel ustedes no pueden entrar y matarme, pero yo puedo mandar matarlos a ustedes allí afuera. Nosotros somos hombres-bombas. En las villas miseria hay cien mil hombres-bombas. Estamos en el centro de lo insoluble mismo. Ustedes en el bien y el mal y, en medio, la frontera de la muerte, la única frontera. Ya somos una nueva "especie", ya somos otros bichos, diferentes a ustedes. La muerte para ustedes es un drama cristiano en una cama, por un ataque al corazón. La muerte para nosotros es la comida diaria, tirados en una fosa común. ¿Ustedes intelectuales no hablan de lucha de clases, de ser marginal, ser héroe? Entonces ¡llegamos nosotros! ¡Ja, ja, ja…! Yo leo mucho; leí 3000 libros y leo al Dante, pero mis soldados son extrañas anomalías del desarrollo torcido de este país. No hay más proletarios, o infelices, o explotados. Hay una tercera cosa creciendo allí afuera, cultivada en el barro, educándose en el más absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles, como un monstruo Alien escondido en los rincones de la ciudad. Ya surgió un nuevo lenguaje. ¿Ustedes no escuchan las grabaciones hechas "con autorización" de la justicia? Es eso. Es otra lengua. Está delante de una especie de post miseria. Eso. La post miseria genera una nueva cultura asesina, ayudada por la tecnología, satélites, celulares, Internet, armas modernas. Es la mierda con chips, con megabytes. Mis comandados son una mutación de la especie social. Son hongos de un gran error sucio.
“¡Extrañas anomalías del desarrollo torcido!” Imposible definir al goce más certeramente. Camacho advierte las mutaciones en el lenguaje y los efectos que esto produce en los sujetos. El goce no es natural. Retorna de la mano de los significantes que intentaron domesticarlo: tecnología, satélites, celulares, Internet, armas modernas; pero despojados de su capacidad para producir lazo social, es pura mierda… que quiere ser comida.
-¿Qué cambió en las periferias? (el periodista quiere seguir sabiendo)
Mangos. Nosotros ahora tenemos. ¿Usted cree que quien tiene 40 millones de dólares como Beira Mar no manda? Con 40 millones de dólares la prisión es un hotel, un escritorio… ¿Cuál es la policía que va a quemar esa mina de oro, entiende? Nosotros somos una empresa moderna, rica. Si el funcionario vacila, es despedido y "colocado en el microondas". Ustedes son el estado quebrado, dominado por incompetentes. Nosotros tenemos métodos ágiles de gestión. Ustedes son lentos, burocráticos. Nosotros luchamos en terreno propio. Ustedes, en tierra extraña. Nosotros no tememos a la muerte. Ustedes mueren de miedo. Nosotros estamos bien armados. Ustedes tienen calibre 38. Nosotros estamos en el ataque. Ustedes en la defensa. Ustedes tienen la manía del humanismo. Nosotros somos crueles, sin piedad. Ustedes nos transformaron en "super stars" del crimen. Nosotros los tenemos de payasos. Nosotros somos ayudados por la población de las villas miseria, por miedo o por amor. Ustedes son odiados. Ustedes son regionales, provincianos. Nuestras armas y productos vienen de afuera, somos "globales". Nosotros no nos olvidamos de ustedes, son nuestros "clientes". Ustedes nos olvidan cuando pasa el susto de la violencia que provocamos.
Ágiles, eficientes, agresivos, globales. El ideal capitalista realizado deviene goce del superyó. Los clientes-consumidores pagan por su ración. Consumen hasta su consunción[2]. La serpiente se muerde la cola.
-¿Pero, qué debemos hacer? (el periodista angustiado frente a lo imposible de resolver cambia de posición, se torna sumiso, sigue suponiendo que hay una forma de solucionar la cosa, que lo real puede ser totalmente simbolizable, que es posible el consenso, que hay un saber como se hacen las cosas correctamente, y le supone ese saber al narco. La suposición del saber a Marcola es efecto de la admiración que le despierta su posición frente a lo real. Marcola no se angustia, él si y pretende desembarazarse de la angustia poniendo a Camacho en el lugar del amo y ofreciéndose como esclavo. Supone que entre el amo y el esclavo hay “relación sexual”. Podríamos decir que ofrece su cola al macho, tapando la falta en el saber del narco. Se pone en acto así el proceso de rechazo de lo real del goce que angustia y su retorno por vía del goce sacrificial al servicio del narco endiosado. Asistimos a una versión individual de lo acontecido en la sociedad)
Les voy a dar una idea, aunque sea en contra de mí. ¡Agarren a "los barones del polvo" (cocaína)! Hay diputados, senadores, hay generales, hay hasta ex presidentes del Paraguay en el medio de la cocaína y de las armas. ¿Pero, quién va a hacer eso? ¿El ejército? ¿Con qué plata? No tienen dinero ni para comida de los reclutas. El país está quebrado, sustentando un estado muerto con intereses del 20 % al año, y Lula todavía aumenta los gastos públicos, empleando 40 mil sinvergüenzas. ¿El ejército irá a luchar contra el PCC? Estoy leyendo Klausewitz "Sobre la Guerra". No hay perspectiva de éxito. Nosotros somos hormigas devoradoras, escondidas en los rincones. Tenemos hasta misiles anti-tanque. Si embroman, van a salir unos Stinger. Para acabar con nosotros… solamente con una bomba atómica en las villas miseria. ¿Ya pensó? ¿Ipanema radiactiva?
La única solución definitiva es la solución final generalizada. Única manera de que todos gocen de lo mismo: la muerte.
-Pero… ¿No habrá una solución? (el imaginario del periodista es a prueba de balas)
Ustedes sólo pueden llegar a algún suceso si desisten de defender la "normalidad". No hay más normalidad alguna. Ustedes precisan hacer una autocrítica de su propia incompetencia. Pero a ser franco, en serio, en la moral. Estamos todos en el centro de lo insoluble. Sólo que nosotros vivimos de él y ustedes no tienen salida. Sólo la mierda. Y nosotros ya trabajamos dentro de ella. Entiéndame, hermano, no hay solución. ¿Saben por qué? Porque ustedes no entienden ni la extensión del problema. Como escribió el divino Dante: "Pierdan todas las esperanzas. Estamos todos en el infierno".
Está claro: la normalidad produce un fuera de norma.
La cuestión es: ¿qué se hace con eso?
[1] Neologismo inventado por Jacques Lacan para dar cuenta de algo exterior e íntimo a la vez, deudor de una topología no esférica del sujeto, en la cual interior y exterior no se corresponden con los límites anatómicos del individuo.
[2] Lacan, Jacques: Del discurso psicoanalítico. Inédito
Publicado en www.psyche-navegante.com nº 75
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Paradojas del delito,
Política y sociedad,
Violencia
lunes 23 de noviembre de 2009
Sucio dinero
Tema: Análisis del artículo publicado en la revista Veintitrés acerca de la denuncia efectuada por una paciente contra el psicoanalista José Abadi.
En la revista Veintitres del 1 de junio de 2006 aparece una nota titulada Los piratas psi, redactada a propósito de una denuncia efectuada por Celia González contra el psicoanalista José Abadi (primo y homónimo de José Eduardo Abadi, hijo de Mauricio Abadi).
Abadi según la nota “se aprovechó de la seguridad y confianza que transmite un título universitario, una especialización en psicoanálisis, un diván y las obras completas de Freud en la biblioteca para manipular a decenas de pacientes y conseguir beneficios económicos.” Los periodistas con mucho sentido común pero con una ignorancia absoluta acerca del inconsciente y sus efectos suponen que la eficacia de un analista depende de títulos, diván y libros.
Una serie de psicoanalistas entrevistados, posicionándose como jueces, dan por supuesto que todo lo denunciado es verdad, pero dándose el lujo de prescindir del proceso legal para llegar a dicha conclusión. Se convierten así en garantes del sentido de lo dicho por la señora.
Dejando en manos de la justicia el determinar la responsabilidad legal del denunciado en los hechos de los que se lo acusa, intentaré hacer un análisis de la nota publicada y de las consecuencias que acarrea el hecho de que los analistas no sostengan su posición.
Leamos a la letra las declaraciones de la denunciante:
“Hay muchas más víctimas , todas de dinero, que por vergüenza no quieren aparecer. Solamente mi marido le llevó veinte pacientes a Abadi. Aquí hubo lavado de cerebro, como hacen las sectas.”
Dice la revista: “Según reveló la querellante, poco después de empezar el tratamiento, el psicólogo denunciado le preguntó “quien pagaba las sesiones”. “Mi marido”, le contestó González. Entonces le pidió conocerlo. “Empezó a tratarlo y luego a tres de mis cuatro hijos, todos menores. El mayor se alejó de la familia dominado por Abadi. Yo me abrí antes porque noté cosas raras. Me hacía ir a su quinta los domingos y me cobraba el doble. Allí conocí a otros pacientes. Eran como sesiones de grupo en las que tomábamos café. Pero no podía cortar definitivamente porque había captado a toda mi familia”.
Lo primero que insiste en los dichos de González y en toda la nota periodística es el dinero. En la primera frase el dinero queda ligado a la vergüenza y al lavado de cerebro, lo que nos permite inferir que la vergüenza está ligada a algo sucio metaforizado por el dinero que como enseña la experiencia analítica, y es algo que Freud ya señalaba, suele metaforizar a las heces, elemento que la cultura desprecia en la escena pública y adora en la intimidad inconciente. Las mismas suelen ser metaforizadas también por los hijos, los que fueron también conducidos a lo de Abadi.
Hasta aquí pareciera ser que lo que está en juego es una de las especies del objeto a: las heces. Independientemente de que Abadi sea culpable legalmente de lo que se lo acusa o no, lo cierto es que la cuestión del goce respecto del objeto anal no fue trabajado psicoanalíticamente. Para todos los involucrados hasta aquí (querellante, familia, abogados, periodistas, psicólogos e incluso psicoanalistas y esto es lo más preocupante) la cuestión que está en juego es el dinero. Aunque siempre refiriéndose al mismo con cierto desprecio que no hace más que confirmar que es el representante de un objeto tan amado como rechazado. Veamos lo que dicen los periodistas refiriéndose a los abogados de la querellante: “…deberán probar que Abadi abusó de la posición de poder que le da su profesión y que usó técnicas psicológicas para aprovechar la “vulnerabilidad psíquica” de quienes atendía y conseguir un beneficio económico”.
Se supone aquí que 1) el poder viene dado por la posesión de un título profesional, descartando la incidencia fantasmática del consultante con la que constituye y sostiene al profesional en el lugar del sujeto supuesto saber. 2) la existencia de técnicas psicológicas para aprovecharse del paciente, redoblando con ello la suposición de un saber técnico sin falla, lo que empieza a perfilar algo de la dinámica transferencial en juego: se supone un sujeto, mejor dicho, un yo que sabe poner la técnica a su servicio, lo que denota la instalación de un sujeto supuesto saber de connotaciones fuertemente imaginarias, tan fuertes que para sostenerlo se debe llamar a abogados, periodistas, psicólogos y psicoanalistas (¡?). 3) Se da a entender que estaría mal que el analista obtenga un beneficio económico, con lo que retorna la condena moral al dinero.
Dice el psicoanalista Gabriel Jure en la misma nota: “Hay casos en que la formación del analista es seria pero no da los resultados esperados. Es necesario tener cierta salud mental, ser una persona de bien, algo fundamental para esta práctica categóricamente humana.” Agregan los periodistas: “A Abadi no le faltó formación sino, precisamente, ser una persona de bien.”
Retorna con estos dichos un viejo debate en torno a la formación de los analistas. Si estos operan desde la técnica o desde el ser. Jure cree que la formación analítica se confirma como buena si da los resultados esperados, o sea, que piensa que se pueden anticipar los resultados y que los mismos estarían garantizados por el ser de la persona cuando este ser es de bien.
Yo, a diferencia de Jure, pienso que cuando un analista tiene una formación seria queda mínimamente advertido de que 1) el único ser que existe es el del goce del objeto, en el caso de la nota que nos ocupa, las heces, metaforizadas por el dinero; 2) que dicho objeto es un bien que se puede atesorar, desechar e intercambiar y que cuando se metaforiza en dinero incluso regula gran parte de las relaciones sociales; 3) que el analista opera desde el semblante con lo que evita hacer consistir al ser; 4) que en el presente caso la fascinación por el objeto heces = dinero parece haber llegado a tal punto en todos los involucrados, que impidió poner en funcionamiento al discurso analítico para poder extraerle al objeto el S1 que posibilitara, al vaciarlo del ser, hacerlo funcionar como causa del deseo; 5) que la nota en la revista parece ser un acting out colectivo por identificación histérica con la querellante en el que se exhibe el objeto del odioamoramiento con una vestidura tal que pueda ser presentado en sociedad; 6) que lejos de haber caído la transferencia se consolidó imaginariamente instalándose a Abadi como el sujeto supuesto saber… estafar; 7) que se recurre a la justicia para poder barrarlo simbólica e imaginariamente, no realmente, lo que hubiera producido la caída del objeto. Por eso resulta necesario la colaboración de periodistas, psicólogos y psicoanalistas (¡¡??) que garanticen que se trata de hacer justicia y no que la misma, como bien lo sabía Winnicott, es vehículo de venganza para hacer mierda (otra vez el objeto) al acusado (¿o excusado habría que decir?).
La querellante, sus abogados, los periodistas y psicólogos necesitan hacer confluir el objeto a con el Ideal (hacer mierda = hacer justicia), es decir, que hacen psicología de masas. Esto no tiene nada que ver con el psicoanálisis.
Basándome en estos argumentos me animo a afirmar que allí no hubo análisis ni analista. De administrar las heces que se encargue la Justicia.
Artículo publicado en www.psyche-navegante.com nº 74
En la revista Veintitres del 1 de junio de 2006 aparece una nota titulada Los piratas psi, redactada a propósito de una denuncia efectuada por Celia González contra el psicoanalista José Abadi (primo y homónimo de José Eduardo Abadi, hijo de Mauricio Abadi).
Abadi según la nota “se aprovechó de la seguridad y confianza que transmite un título universitario, una especialización en psicoanálisis, un diván y las obras completas de Freud en la biblioteca para manipular a decenas de pacientes y conseguir beneficios económicos.” Los periodistas con mucho sentido común pero con una ignorancia absoluta acerca del inconsciente y sus efectos suponen que la eficacia de un analista depende de títulos, diván y libros.
Una serie de psicoanalistas entrevistados, posicionándose como jueces, dan por supuesto que todo lo denunciado es verdad, pero dándose el lujo de prescindir del proceso legal para llegar a dicha conclusión. Se convierten así en garantes del sentido de lo dicho por la señora.
Dejando en manos de la justicia el determinar la responsabilidad legal del denunciado en los hechos de los que se lo acusa, intentaré hacer un análisis de la nota publicada y de las consecuencias que acarrea el hecho de que los analistas no sostengan su posición.
Leamos a la letra las declaraciones de la denunciante:
“Hay muchas más víctimas , todas de dinero, que por vergüenza no quieren aparecer. Solamente mi marido le llevó veinte pacientes a Abadi. Aquí hubo lavado de cerebro, como hacen las sectas.”
Dice la revista: “Según reveló la querellante, poco después de empezar el tratamiento, el psicólogo denunciado le preguntó “quien pagaba las sesiones”. “Mi marido”, le contestó González. Entonces le pidió conocerlo. “Empezó a tratarlo y luego a tres de mis cuatro hijos, todos menores. El mayor se alejó de la familia dominado por Abadi. Yo me abrí antes porque noté cosas raras. Me hacía ir a su quinta los domingos y me cobraba el doble. Allí conocí a otros pacientes. Eran como sesiones de grupo en las que tomábamos café. Pero no podía cortar definitivamente porque había captado a toda mi familia”.
Lo primero que insiste en los dichos de González y en toda la nota periodística es el dinero. En la primera frase el dinero queda ligado a la vergüenza y al lavado de cerebro, lo que nos permite inferir que la vergüenza está ligada a algo sucio metaforizado por el dinero que como enseña la experiencia analítica, y es algo que Freud ya señalaba, suele metaforizar a las heces, elemento que la cultura desprecia en la escena pública y adora en la intimidad inconciente. Las mismas suelen ser metaforizadas también por los hijos, los que fueron también conducidos a lo de Abadi.
Hasta aquí pareciera ser que lo que está en juego es una de las especies del objeto a: las heces. Independientemente de que Abadi sea culpable legalmente de lo que se lo acusa o no, lo cierto es que la cuestión del goce respecto del objeto anal no fue trabajado psicoanalíticamente. Para todos los involucrados hasta aquí (querellante, familia, abogados, periodistas, psicólogos e incluso psicoanalistas y esto es lo más preocupante) la cuestión que está en juego es el dinero. Aunque siempre refiriéndose al mismo con cierto desprecio que no hace más que confirmar que es el representante de un objeto tan amado como rechazado. Veamos lo que dicen los periodistas refiriéndose a los abogados de la querellante: “…deberán probar que Abadi abusó de la posición de poder que le da su profesión y que usó técnicas psicológicas para aprovechar la “vulnerabilidad psíquica” de quienes atendía y conseguir un beneficio económico”.
Se supone aquí que 1) el poder viene dado por la posesión de un título profesional, descartando la incidencia fantasmática del consultante con la que constituye y sostiene al profesional en el lugar del sujeto supuesto saber. 2) la existencia de técnicas psicológicas para aprovecharse del paciente, redoblando con ello la suposición de un saber técnico sin falla, lo que empieza a perfilar algo de la dinámica transferencial en juego: se supone un sujeto, mejor dicho, un yo que sabe poner la técnica a su servicio, lo que denota la instalación de un sujeto supuesto saber de connotaciones fuertemente imaginarias, tan fuertes que para sostenerlo se debe llamar a abogados, periodistas, psicólogos y psicoanalistas (¡?). 3) Se da a entender que estaría mal que el analista obtenga un beneficio económico, con lo que retorna la condena moral al dinero.
Dice el psicoanalista Gabriel Jure en la misma nota: “Hay casos en que la formación del analista es seria pero no da los resultados esperados. Es necesario tener cierta salud mental, ser una persona de bien, algo fundamental para esta práctica categóricamente humana.” Agregan los periodistas: “A Abadi no le faltó formación sino, precisamente, ser una persona de bien.”
Retorna con estos dichos un viejo debate en torno a la formación de los analistas. Si estos operan desde la técnica o desde el ser. Jure cree que la formación analítica se confirma como buena si da los resultados esperados, o sea, que piensa que se pueden anticipar los resultados y que los mismos estarían garantizados por el ser de la persona cuando este ser es de bien.
Yo, a diferencia de Jure, pienso que cuando un analista tiene una formación seria queda mínimamente advertido de que 1) el único ser que existe es el del goce del objeto, en el caso de la nota que nos ocupa, las heces, metaforizadas por el dinero; 2) que dicho objeto es un bien que se puede atesorar, desechar e intercambiar y que cuando se metaforiza en dinero incluso regula gran parte de las relaciones sociales; 3) que el analista opera desde el semblante con lo que evita hacer consistir al ser; 4) que en el presente caso la fascinación por el objeto heces = dinero parece haber llegado a tal punto en todos los involucrados, que impidió poner en funcionamiento al discurso analítico para poder extraerle al objeto el S1 que posibilitara, al vaciarlo del ser, hacerlo funcionar como causa del deseo; 5) que la nota en la revista parece ser un acting out colectivo por identificación histérica con la querellante en el que se exhibe el objeto del odioamoramiento con una vestidura tal que pueda ser presentado en sociedad; 6) que lejos de haber caído la transferencia se consolidó imaginariamente instalándose a Abadi como el sujeto supuesto saber… estafar; 7) que se recurre a la justicia para poder barrarlo simbólica e imaginariamente, no realmente, lo que hubiera producido la caída del objeto. Por eso resulta necesario la colaboración de periodistas, psicólogos y psicoanalistas (¡¡??) que garanticen que se trata de hacer justicia y no que la misma, como bien lo sabía Winnicott, es vehículo de venganza para hacer mierda (otra vez el objeto) al acusado (¿o excusado habría que decir?).
La querellante, sus abogados, los periodistas y psicólogos necesitan hacer confluir el objeto a con el Ideal (hacer mierda = hacer justicia), es decir, que hacen psicología de masas. Esto no tiene nada que ver con el psicoanálisis.
Basándome en estos argumentos me animo a afirmar que allí no hubo análisis ni analista. De administrar las heces que se encargue la Justicia.
Artículo publicado en www.psyche-navegante.com nº 74
miércoles 18 de noviembre de 2009
Lógicos pases mágicos
Tema: Texto de la presentación del libro “El día que Lacan me adoptó” de Gérard Haddad (Ed. Letra Viva) realizada en la feria del libro de Buenos Aires, el 24 de abril de 2006.
Si había alguien que parecía no encajar del todo aquella soleada tarde de febrero, era yo. Me encontraba en la encantadora playa de Ipanema, absorbido no por las bamboleantes caderas de una garota sino por la lectura de un libro que había encontrado husmeando en una librería carioca pocas horas antes. La lectura del mismo se continuó casi de corrido en el avión que tomé esa noche para volver a Buenos Aires y dar por terminadas mis vacaciones. Se trataba de “O dia em que Lacan me adotou” de Gerard Haddad.
Desde que me introduje en los sinuosos caminos del psicoanálisis me atrajeron los testimonios que los analizantes hacían intentando dar cuenta de lo que había sido su pasaje por el “diván”, dicho simbólicamente ya que algunos no necesitaron acostarse en uno para llevar a cabo un análisis. ¿Será acaso porque, como decía una colega, los analistas somos chismosos de barrio sublimados? Smiley Blanton, Margaret Little, Pierre Rey, Jean Guy Godin son algunos ejemplos. Claro que en aquel entonces dar testimonio no se había convertido aun en una suerte de ritual por el que se podía obtener otra suerte de título de posgrado, como pasa hoy día en algunas instituciones. No en todas, ya que hay colegas trabajando seriamente sobre la cuestión del pase.
No encontramos en la obra de Jacques Lacan historiales clínicos ni relatos de casos. Supongo que no le atraía el método, tal vez porque pensaba que el relato podía ser rápidamente banalizado, generalizado, tomado como ejemplo a imitar, que de hecho es lo que a veces pasa respecto de ciertos relatos que se fueron filtrando. En su lugar, Lacan apostó al trabajo riguroso de la invención teórica, con el cual se la pasaba pasando el pase, como solía decir.
Y aparecieron los relatos de algunos analizantes, que pueden ser leídos no solo como casos clínicos. Pierre Rey y su análisis cara a cara durante diez años nos muestra lo inapropiado de intentar definir un análisis por las invariantes del encuadre. El encuentro de éste con una paciente de Lacan que había intentado suicidarse arrojándose por una ventana nos dice que la pasión de Lacan por el psicoanálisis no se hallaba domesticada por su fama, su dinero y/o su prestigio.
Pero volvamos al libro que nos convoca hoy. En él vamos a encontrar un Lacan que no se privaba de telefonear a la madre de su paciente. De tomar en análisis a la esposa, cuando el análisis de esta con otro analista había fracasado, alojando de esta manera en la transferencia los graves conflictos matrimoniales que tenían. Interpretar en un baño público mientras orinaba. Maniobrar con el tiempo y frecuencia de las sesiones, la sala de espera, los honorarios, en fin, practicando el psicoanálisis con vitalidad, muy lejos de la imagen obsesiva del analista que se ha impuesto en el imaginario colectivo. Por supuesto que esto podrá servir para que algunos piensen que tienen que hacer lo mismo. Citémoslo a Lacan a modo de advertencia: “Soy un payaso. Tómenlo como ejemplo, ¡y no me imiten!”. También todo esto podría servir para que a alguien como André Green se le ocurra acusarlo de perverso, ya que no es impensable que el analista se sienta llamado a tener que sostener algún orden moral. De hecho, a diario suele recibir demandas en ese sentido.
El suicidio de Lucien Sebbagh, enlazado a lo dicho en Televisión: “Sepa solamente que he visto cómo esa esperanza, ese porvenir luminoso llevó a gente que estimaba tanto como lo estimo a usted, al suicidio”, muestra lo que pensaba Lacan respecto a lo que les podía suceder a aquellos que se quedaban aferrados a los ideales. El acto analítico opera separando al Ideal del objeto para relanzar el deseo y reorganizar los goces. Además nos transmite, como decía Wladimir Granoff, que la de psicoanalista, es una profesión riesgosa.
Haddad relata que había concurrido al consultorio de Lacan luego de una noche “particularmente penosa, dividida entre sueños agitados y horas de insomnio. Por eso, dice, mi sesión del día siguiente comenzó con estas palabras:
“¡Pasé una de esas noches!” (J’ai passé une de ces nuits!)
Lacan le contesta:-¿Qué? ¿Cómo? ¿Usted está con leucemia? (Vous avez la leucémie?) Homofonía en francés.
Lacan pronunció esas palabras como si hubiesen sido arrancadas de la somnoliencia de su tarde. Qué bicho le habrá mordido? Yo nunca había hablado de leucemia! Protesté.
“Bueno, hasta mañana!”, lo despidió Lacan.
Haddad cuenta que salió aturdido de la sesión. Se le imponía la idea “tengo leucemia”. Como estaba cercano a uno de los exámenes cruciales en su carrera de médico, se metió de lleno a estudiar hematología y más específicamente, las leucemias. Unos días más tarde se dirigió a rendir el exámen sin haber estudiado prácticamente otra cosa, y para gran sorpresa le tocó en el sorteo concurrir a darlo en el servicio de hematología. Aprobó con soltura el mismo y fue a lo de Lacan a comentarle lo ocurrido.
“Sabe, me tocó leucemia, me tocó leucemia en las pruebas clínicas. Es magia!”.
Lacan dejó entonces su mutismo para soltar estas pocas palabras que para mí permanecerán para siempre enigmáticas, dice Haddad:
“No se trata de magia sino de pura lógica”
Ahora bien ¿A qué lógica alude lo dicho por Lacan? ¿De qué lógica se trata en el psicoanálisis? No de la de la conciencia que cree saber lo que hace y hacia donde se dirige, sino de aquella que encadena los significantes en forma de saber. Y cuando digo significantes no me refiero solo a las palabras sino también a gestos, acciones, etc, pero solo aquellos que representan a un sujeto para otro significante. Esos que no dependen de ninguna voluntad sino que aparecen una y otra vez en un movimiento que Lacan llamó automatón. Pero esta lógica de la repetición no se limita a traer los elementos ya constituidos, ya que dicho movimiento se halla impulsado por el real que los significantes no logran recubrir. Es así que en su núcleo más íntimo se halla lo más extraño. Y es la tyché, ese encuentro entre azaroso y calculado, la que permitirá que un significante nuevo se inscriba, agujereando lo real y reanudando la estructura real, simbólica e imaginaria del hablante. Esto sucedió en la interpretación que hace Lacan. La repetición significante causada por lo real (el exámen) produce por medio del equívoco homofónico un significante nuevo. El azar del sorteo, una nueva tyché, resignifica el significante leucemia abriendo un nuevo campo de significación. La interpretación sorprende a ambos partenaires, ya que se produce inconcientemente, sin cálculo previo, al modo de la palabra impuesta. Podríamos decir que ahí el inconciente no es ni del analista ni del analizante, sino que se produce entre ambos, en lo que Winnicott llamaría un espacio transicional. Ese trabajo en transferencia algunos lo llamaron comunicación de inconciente a inconciente.
De Túnez a Francia, del Africa negra a Israel, de la política a la religión, de la agronomía a la medicina y de allí al psicoanálisis, el viaje de Haddad habla de pases y pasajes, de impotencias e imposibilidades. De la angustia, de la muerte y el sexo, de la formación analítica, de los vericuetos del mundillo psi. No es un libro teórico pero su relato no deja de invitar al analista a repensar cuestiones nodales de la teoría y de la práctica.
El impacto que me causó la lectura de este libro, en aquella versión portuguesa, me llevó a escribir un comentario publicado en la revista Psyche Navegante (nº 60), en el que me preguntaba porqué no se había publicado aun en Argentina, donde seguramente se iría a vender muy bien. Además, por aquel entonces mantuve unas charlas acerca del libro con Sergio Rodríguez. Grande fue mi sorpresa cuando el viernes pasado escuché en el contestador automático de mi teléfono un mensaje de Sergio avisándome que me iban a llamar de Letra Viva para invitarme a venir aquí. Y más grande cuando hablando con Raimundo Salgado, dueño de la librería, me comenta que él no sabía que había sido yo el de la idea de publicar el libro. Idea que había pasado a través de Sergio a Raimundo. “Pues yo tampoco lo sabía”, le contesté recién enterado de la cuestión. ¿Las casualidades? hicieron que un panelista no pudiera venir y por esta falla me llegó la invitación a mí. Con Lacan podríamos decir que fue una cuestión de pura lógica. De esa lógica que se escribe con lo fallido, lo olvidado, lo soñado. Uno nunca sabe bien lo que está haciendo. Dicen por ahí que los caminos del señor son insondables. Aprovecho entonces para agradecer a Raimundo y a Leandro Salgado por hacer que, de París a Buenos Aires, vía Río de Janeiro, este libro-carta llegara a destino haciendo que la letra viva.
Publicado en Revista Imago y www.psyche-navegante.com nº 74
Si había alguien que parecía no encajar del todo aquella soleada tarde de febrero, era yo. Me encontraba en la encantadora playa de Ipanema, absorbido no por las bamboleantes caderas de una garota sino por la lectura de un libro que había encontrado husmeando en una librería carioca pocas horas antes. La lectura del mismo se continuó casi de corrido en el avión que tomé esa noche para volver a Buenos Aires y dar por terminadas mis vacaciones. Se trataba de “O dia em que Lacan me adotou” de Gerard Haddad.
Desde que me introduje en los sinuosos caminos del psicoanálisis me atrajeron los testimonios que los analizantes hacían intentando dar cuenta de lo que había sido su pasaje por el “diván”, dicho simbólicamente ya que algunos no necesitaron acostarse en uno para llevar a cabo un análisis. ¿Será acaso porque, como decía una colega, los analistas somos chismosos de barrio sublimados? Smiley Blanton, Margaret Little, Pierre Rey, Jean Guy Godin son algunos ejemplos. Claro que en aquel entonces dar testimonio no se había convertido aun en una suerte de ritual por el que se podía obtener otra suerte de título de posgrado, como pasa hoy día en algunas instituciones. No en todas, ya que hay colegas trabajando seriamente sobre la cuestión del pase.
No encontramos en la obra de Jacques Lacan historiales clínicos ni relatos de casos. Supongo que no le atraía el método, tal vez porque pensaba que el relato podía ser rápidamente banalizado, generalizado, tomado como ejemplo a imitar, que de hecho es lo que a veces pasa respecto de ciertos relatos que se fueron filtrando. En su lugar, Lacan apostó al trabajo riguroso de la invención teórica, con el cual se la pasaba pasando el pase, como solía decir.
Y aparecieron los relatos de algunos analizantes, que pueden ser leídos no solo como casos clínicos. Pierre Rey y su análisis cara a cara durante diez años nos muestra lo inapropiado de intentar definir un análisis por las invariantes del encuadre. El encuentro de éste con una paciente de Lacan que había intentado suicidarse arrojándose por una ventana nos dice que la pasión de Lacan por el psicoanálisis no se hallaba domesticada por su fama, su dinero y/o su prestigio.
Pero volvamos al libro que nos convoca hoy. En él vamos a encontrar un Lacan que no se privaba de telefonear a la madre de su paciente. De tomar en análisis a la esposa, cuando el análisis de esta con otro analista había fracasado, alojando de esta manera en la transferencia los graves conflictos matrimoniales que tenían. Interpretar en un baño público mientras orinaba. Maniobrar con el tiempo y frecuencia de las sesiones, la sala de espera, los honorarios, en fin, practicando el psicoanálisis con vitalidad, muy lejos de la imagen obsesiva del analista que se ha impuesto en el imaginario colectivo. Por supuesto que esto podrá servir para que algunos piensen que tienen que hacer lo mismo. Citémoslo a Lacan a modo de advertencia: “Soy un payaso. Tómenlo como ejemplo, ¡y no me imiten!”. También todo esto podría servir para que a alguien como André Green se le ocurra acusarlo de perverso, ya que no es impensable que el analista se sienta llamado a tener que sostener algún orden moral. De hecho, a diario suele recibir demandas en ese sentido.
El suicidio de Lucien Sebbagh, enlazado a lo dicho en Televisión: “Sepa solamente que he visto cómo esa esperanza, ese porvenir luminoso llevó a gente que estimaba tanto como lo estimo a usted, al suicidio”, muestra lo que pensaba Lacan respecto a lo que les podía suceder a aquellos que se quedaban aferrados a los ideales. El acto analítico opera separando al Ideal del objeto para relanzar el deseo y reorganizar los goces. Además nos transmite, como decía Wladimir Granoff, que la de psicoanalista, es una profesión riesgosa.
Haddad relata que había concurrido al consultorio de Lacan luego de una noche “particularmente penosa, dividida entre sueños agitados y horas de insomnio. Por eso, dice, mi sesión del día siguiente comenzó con estas palabras:
“¡Pasé una de esas noches!” (J’ai passé une de ces nuits!)
Lacan le contesta:-¿Qué? ¿Cómo? ¿Usted está con leucemia? (Vous avez la leucémie?) Homofonía en francés.
Lacan pronunció esas palabras como si hubiesen sido arrancadas de la somnoliencia de su tarde. Qué bicho le habrá mordido? Yo nunca había hablado de leucemia! Protesté.
“Bueno, hasta mañana!”, lo despidió Lacan.
Haddad cuenta que salió aturdido de la sesión. Se le imponía la idea “tengo leucemia”. Como estaba cercano a uno de los exámenes cruciales en su carrera de médico, se metió de lleno a estudiar hematología y más específicamente, las leucemias. Unos días más tarde se dirigió a rendir el exámen sin haber estudiado prácticamente otra cosa, y para gran sorpresa le tocó en el sorteo concurrir a darlo en el servicio de hematología. Aprobó con soltura el mismo y fue a lo de Lacan a comentarle lo ocurrido.
“Sabe, me tocó leucemia, me tocó leucemia en las pruebas clínicas. Es magia!”.
Lacan dejó entonces su mutismo para soltar estas pocas palabras que para mí permanecerán para siempre enigmáticas, dice Haddad:
“No se trata de magia sino de pura lógica”
Ahora bien ¿A qué lógica alude lo dicho por Lacan? ¿De qué lógica se trata en el psicoanálisis? No de la de la conciencia que cree saber lo que hace y hacia donde se dirige, sino de aquella que encadena los significantes en forma de saber. Y cuando digo significantes no me refiero solo a las palabras sino también a gestos, acciones, etc, pero solo aquellos que representan a un sujeto para otro significante. Esos que no dependen de ninguna voluntad sino que aparecen una y otra vez en un movimiento que Lacan llamó automatón. Pero esta lógica de la repetición no se limita a traer los elementos ya constituidos, ya que dicho movimiento se halla impulsado por el real que los significantes no logran recubrir. Es así que en su núcleo más íntimo se halla lo más extraño. Y es la tyché, ese encuentro entre azaroso y calculado, la que permitirá que un significante nuevo se inscriba, agujereando lo real y reanudando la estructura real, simbólica e imaginaria del hablante. Esto sucedió en la interpretación que hace Lacan. La repetición significante causada por lo real (el exámen) produce por medio del equívoco homofónico un significante nuevo. El azar del sorteo, una nueva tyché, resignifica el significante leucemia abriendo un nuevo campo de significación. La interpretación sorprende a ambos partenaires, ya que se produce inconcientemente, sin cálculo previo, al modo de la palabra impuesta. Podríamos decir que ahí el inconciente no es ni del analista ni del analizante, sino que se produce entre ambos, en lo que Winnicott llamaría un espacio transicional. Ese trabajo en transferencia algunos lo llamaron comunicación de inconciente a inconciente.
De Túnez a Francia, del Africa negra a Israel, de la política a la religión, de la agronomía a la medicina y de allí al psicoanálisis, el viaje de Haddad habla de pases y pasajes, de impotencias e imposibilidades. De la angustia, de la muerte y el sexo, de la formación analítica, de los vericuetos del mundillo psi. No es un libro teórico pero su relato no deja de invitar al analista a repensar cuestiones nodales de la teoría y de la práctica.
El impacto que me causó la lectura de este libro, en aquella versión portuguesa, me llevó a escribir un comentario publicado en la revista Psyche Navegante (nº 60), en el que me preguntaba porqué no se había publicado aun en Argentina, donde seguramente se iría a vender muy bien. Además, por aquel entonces mantuve unas charlas acerca del libro con Sergio Rodríguez. Grande fue mi sorpresa cuando el viernes pasado escuché en el contestador automático de mi teléfono un mensaje de Sergio avisándome que me iban a llamar de Letra Viva para invitarme a venir aquí. Y más grande cuando hablando con Raimundo Salgado, dueño de la librería, me comenta que él no sabía que había sido yo el de la idea de publicar el libro. Idea que había pasado a través de Sergio a Raimundo. “Pues yo tampoco lo sabía”, le contesté recién enterado de la cuestión. ¿Las casualidades? hicieron que un panelista no pudiera venir y por esta falla me llegó la invitación a mí. Con Lacan podríamos decir que fue una cuestión de pura lógica. De esa lógica que se escribe con lo fallido, lo olvidado, lo soñado. Uno nunca sabe bien lo que está haciendo. Dicen por ahí que los caminos del señor son insondables. Aprovecho entonces para agradecer a Raimundo y a Leandro Salgado por hacer que, de París a Buenos Aires, vía Río de Janeiro, este libro-carta llegara a destino haciendo que la letra viva.
Publicado en Revista Imago y www.psyche-navegante.com nº 74
El otro, uno mismo
En un cuento titulado “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, Borges relata la historia de un hombre que perseguido por haber apuñalado a otro es atrapado y enrolado en el ejército para servir en la frontera. En ocasión de acorralar “a un malevo, que debía dos muertes a la justicia”, la partida de Cruz se trenza en lucha con el prófugo. Escribe Borges sobre el protagonista que “mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepís, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados, junto al desertor Martín Fierro.”
Borges nos dice en el cuento que “cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. No podemos asegurar que efectivamente ese momento sea uno solo, ni que sea para siempre, pero en todo caso seguro que no son muchos. Por lo menos no aquellos en que un sujeto se ve confrontado con alguna verdad que lo interpela desde lo más íntimo de sus entrañas, y ante la cual sepa estar a la altura de aquello que lo reclama. Para que este saber del que nos habla el escritor no resulte vano, debe acarrear consecuencias. Estar a la altura de lo que se llegó a comprender, como en el caso de Cruz, implica llevar a cabo un acto que se apropie de ese destino. Un acto que muestra que de lo que se trata sobre todo es de un saber hacer. Lacan hablaba del acto como de una forma de suicidio, ya que como en el cuento, dar el salto y despojarse de las vestiduras que a uno lo identifican con un grupo de pertenencia, cualquiera sea, son una misma cosa. Aquello que hasta ese momento sostenía las certezas acerca de nuestro ser, se pierden. Este suicidio parecería consistir en dar muerte a una parte de sí mismo, que no es tal.
Solemos ver ilustrado este momento en la literatura o en el cine mediante el encuentro de un personaje con una suerte de doble. Un otro que le presenta al protagonista aquello más íntimo que él desconocía. Podemos pensar que las personas más importantes con las que uno se relaciona en la vida son aquellas capaces de portar este “objeto”. Su apariencia sirve de soporte para alojar allí lo más preciado de uno mismo.
La película “Vengar la sangre” de Steven Soderbergh, relata la historia de un padre que desea vengar la muerte de su hija. Este padre, recién salido de la cárcel, mientras intenta localizar al responsable del asesinato va recordando escenas de su vida. Una en particular era el juego (pero no tanto) que llevaba a cabo con la niña. Cuando él se hallaba previo a realizar algún atraco, ella lo amenazaba, teléfono en mano, con llamar a la policía. El sabía que ella no lo haría. La última vez que fue detenido y encarcelado, ella le dijo que esta vez ya no lo esperaría. El juego había terminado. Y así ocurrió. Se marchó a vivir a otro país con un hombre que finalmente la mataría.
En el momento en que este padre logra tener al hombre a sus pies listo para matarlo, le pide que le hable de Jenny. El otro, temblando de miedo, le relata que ella había descubierto sus negocios (era narcotraficante) y que lo amenazaba con llamar a la policía. Descontrolado, él la había matado. En este momento, Wilson cambia de parecer y se marcha de allí sin ejecutar la venganza. Reconoce en el otro su propio deseo: matar a su hija para matar al padre que hay en èl. Al padre que aún quiere seguir jugando el juego. Ya no necesitó matarlo porque en ese instante murió su otro. Se desprendiò del goce de ser-padre que lo mantenìa preso hasta ese entonces. El sujeto se partió, separándose de sí mismo. Ganó una cierta libertad dada por esta pérdida de sí. En este caso el acto consistió en abstenerse de llevar a cabo una acción.
Retomando la relación entre acto y muerte, pareciera que el primero enfrenta al sujeto a la segunda, posibilitando la realización de un duelo por la pérdida de una porción de goce. Lo que muere, o mejor dicho que sufre un cambio en el sujeto, es una modalidad de goce, de satisfacción pulsional. Ya no puede seguir gozando como lo hacía hasta ese momento, porque el entorno no responde a ello (ej: la muerte de un ser querido), porque ello lo angustia o simplemente ya no lo disfruta más. En este sentido se produciría una modificación en la economía libidinal del sujeto, acompañado de un reposicionamiento del mismo en relación a su deseo, es decir, la apertura de nuevas vías pulsionales, liberadas de tener que satisfacer algún ideal. Ideales estos , que pueden adquirir múltiples vestiduras tales como la justicia en el caso de Tadeo Isidoro Cruz, o ser padre, en el de Wilson.
Publicado en www.psyche-navegante.com
Borges nos dice en el cuento que “cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. No podemos asegurar que efectivamente ese momento sea uno solo, ni que sea para siempre, pero en todo caso seguro que no son muchos. Por lo menos no aquellos en que un sujeto se ve confrontado con alguna verdad que lo interpela desde lo más íntimo de sus entrañas, y ante la cual sepa estar a la altura de aquello que lo reclama. Para que este saber del que nos habla el escritor no resulte vano, debe acarrear consecuencias. Estar a la altura de lo que se llegó a comprender, como en el caso de Cruz, implica llevar a cabo un acto que se apropie de ese destino. Un acto que muestra que de lo que se trata sobre todo es de un saber hacer. Lacan hablaba del acto como de una forma de suicidio, ya que como en el cuento, dar el salto y despojarse de las vestiduras que a uno lo identifican con un grupo de pertenencia, cualquiera sea, son una misma cosa. Aquello que hasta ese momento sostenía las certezas acerca de nuestro ser, se pierden. Este suicidio parecería consistir en dar muerte a una parte de sí mismo, que no es tal.
Solemos ver ilustrado este momento en la literatura o en el cine mediante el encuentro de un personaje con una suerte de doble. Un otro que le presenta al protagonista aquello más íntimo que él desconocía. Podemos pensar que las personas más importantes con las que uno se relaciona en la vida son aquellas capaces de portar este “objeto”. Su apariencia sirve de soporte para alojar allí lo más preciado de uno mismo.
La película “Vengar la sangre” de Steven Soderbergh, relata la historia de un padre que desea vengar la muerte de su hija. Este padre, recién salido de la cárcel, mientras intenta localizar al responsable del asesinato va recordando escenas de su vida. Una en particular era el juego (pero no tanto) que llevaba a cabo con la niña. Cuando él se hallaba previo a realizar algún atraco, ella lo amenazaba, teléfono en mano, con llamar a la policía. El sabía que ella no lo haría. La última vez que fue detenido y encarcelado, ella le dijo que esta vez ya no lo esperaría. El juego había terminado. Y así ocurrió. Se marchó a vivir a otro país con un hombre que finalmente la mataría.
En el momento en que este padre logra tener al hombre a sus pies listo para matarlo, le pide que le hable de Jenny. El otro, temblando de miedo, le relata que ella había descubierto sus negocios (era narcotraficante) y que lo amenazaba con llamar a la policía. Descontrolado, él la había matado. En este momento, Wilson cambia de parecer y se marcha de allí sin ejecutar la venganza. Reconoce en el otro su propio deseo: matar a su hija para matar al padre que hay en èl. Al padre que aún quiere seguir jugando el juego. Ya no necesitó matarlo porque en ese instante murió su otro. Se desprendiò del goce de ser-padre que lo mantenìa preso hasta ese entonces. El sujeto se partió, separándose de sí mismo. Ganó una cierta libertad dada por esta pérdida de sí. En este caso el acto consistió en abstenerse de llevar a cabo una acción.
Retomando la relación entre acto y muerte, pareciera que el primero enfrenta al sujeto a la segunda, posibilitando la realización de un duelo por la pérdida de una porción de goce. Lo que muere, o mejor dicho que sufre un cambio en el sujeto, es una modalidad de goce, de satisfacción pulsional. Ya no puede seguir gozando como lo hacía hasta ese momento, porque el entorno no responde a ello (ej: la muerte de un ser querido), porque ello lo angustia o simplemente ya no lo disfruta más. En este sentido se produciría una modificación en la economía libidinal del sujeto, acompañado de un reposicionamiento del mismo en relación a su deseo, es decir, la apertura de nuevas vías pulsionales, liberadas de tener que satisfacer algún ideal. Ideales estos , que pueden adquirir múltiples vestiduras tales como la justicia en el caso de Tadeo Isidoro Cruz, o ser padre, en el de Wilson.
Publicado en www.psyche-navegante.com
De halcones y palomas. Análisis de un síntoma hollywoodense
Tema: “La caída del halcón negro”, de Ridley Scott: una película que devela, a pesar suyo, la lógica de la guerra después del atentado a las torres gemelas.
“Gritay suelta a los perros de la guerra”
William Shakespeare
Que un director talentoso como Ridley Scott desperdicie su enorme capacidad en producciones como la que aquí estamos comentando, es algo que nos duele y nos defrauda. Mas, el sentimiento de haber sido estafados no nos impide leer en esta película la verdad que allí se medio-dice, al modo del síntoma. ¿Qué quién la dice? Nadie en particular, pero si la maquinaria de hollywood sirve de vehículo es porque dicha verdad afecta a más de cuatro, que fue el número de nominaciones al oscar que tuvo.
La película inscripta dentro del género bélico, presenta algunas particularidades. Basada en un hecho real, relata la incursión de las fuerzas especiales del ejército norteamericano en Somalia en 1993. Durante los hechos un helicóptero (Halcón Negro) es derribado en plena ciudad y un grupo de soldados resultan acorralados por una multitud que solo quiere verlos muertos.
La película narra la odisea de estos hombres intentando romper el cerco para volver a tierra segura. Una peculiaridad de este film reside en que a diferencia de otros del mismo gènero no puede ser agrupado ni dentro de aquellas que muestran el horror de la guerra, ni entre las que glorifican la hazaña bélica. De hecho la operación militar terminó siendo un desastre total.
Lo que si aparecen maniqueamente establecidos son los buenos y los malos. Los malos son los africanos, más parecidos a los negros que se pueden ver caminando por Manhattan que a cualquier habitante de aquel desolado continente, quienes solo tienen sed de sangre; y los buenos son americanos, quienes aunados en torno a la misión que deben cumplir, no se alteran en ningún momento. Por ejemplo, a pesar de estar a punto de ser acribillados por una turba, ellos se cuidan prolijamente de no disparar sobre hombres desarmados, mujeres o niños. Los jefes parecen preocuparse tanto por sus hombres, que al lado de ellos la baby-sitter de mi sobrino parece drácula.
El espectador asiste durante el film a presenciar como a la caída del “halcón negro” le sucede la aparición de estos “soldados-palomas blancas”. Y como no podía ser de otra manera las palomas deben huir a pesar de su valentía y buena voluntad. Hollywood dice lo que cualquiera sabe: la guerra no se gana con palomas.
La película pareciera haber anticipado lo que pasaría después del atentado del 11 de setiembre a las torres gemelas. Sólo hacía falta un Bin Laden para que los halcones retomaran vuelo, sobre los cadáveres de las palomas neoyorkinas.
George Monbiot, periodista de “The Guardian”(1) realizó una crítica comparando lo que muestra la película y lo que sucedió en la realidad. Afirma que esta historia de americanos buenos contra africanos malos es la “historia que el pueblo estadounidense necesita contarse”. Esta interpretación que realiza el periodista inglés si bien no es incorrecta deja de lado lo más importante del asunto. Creemos que debido a ciertos prejuicios, él los ve como halcones que necesitan verse a sí mismos como palomas, escapándosele lo que se puso de manifiesto una vez más después del atentado a las torres: la determinación de ese pueblo a poner en juego a sus halcones más negros cada vez que su seguridad se vea amenazada, sin importar las consecuencias que ello pueda acarrear a terceros. Y olvidando que las palomas suelen gozar viéndose a sí mismas (y haciéndose ver por los otros) como feroces halcones, aunque más no sea para poder pensar que en el fondo son inocentes palomas. Lo que nos advierte acerca de la peligrosidad de estos plumíferos. Ya que los halcones necesitan del miedo de estas para sostener su vuelo. Claro que, lo que no advierten los que se ubican en este lugar es que, como pasó en Pearl Harbour (2) (y quién sabe sino también el 11 de setiembre), las palomas terminan siendo víctimas de los halcones a los que alimentan.
(1) Publicado en Página 12 el 14 de marzo de 2002.
(2) El presidente de los EE.UU supo con anticipación del ataque japonés y no hizo nada para evitarlo. Dicho ataque fue el motivo que le permitió a los EE.UU. entrar en la 2da guerra mundial.
Publicado en www.psyche-navegante.com
“Grita
William Shakespeare
Que un director talentoso como Ridley Scott desperdicie su enorme capacidad en producciones como la que aquí estamos comentando, es algo que nos duele y nos defrauda. Mas, el sentimiento de haber sido estafados no nos impide leer en esta película la verdad que allí se medio-dice, al modo del síntoma. ¿Qué quién la dice? Nadie en particular, pero si la maquinaria de hollywood sirve de vehículo es porque dicha verdad afecta a más de cuatro, que fue el número de nominaciones al oscar que tuvo.
La película inscripta dentro del género bélico, presenta algunas particularidades. Basada en un hecho real, relata la incursión de las fuerzas especiales del ejército norteamericano en Somalia en 1993. Durante los hechos un helicóptero (Halcón Negro) es derribado en plena ciudad y un grupo de soldados resultan acorralados por una multitud que solo quiere verlos muertos.
La película narra la odisea de estos hombres intentando romper el cerco para volver a tierra segura. Una peculiaridad de este film reside en que a diferencia de otros del mismo gènero no puede ser agrupado ni dentro de aquellas que muestran el horror de la guerra, ni entre las que glorifican la hazaña bélica. De hecho la operación militar terminó siendo un desastre total.
Lo que si aparecen maniqueamente establecidos son los buenos y los malos. Los malos son los africanos, más parecidos a los negros que se pueden ver caminando por Manhattan que a cualquier habitante de aquel desolado continente, quienes solo tienen sed de sangre; y los buenos son americanos, quienes aunados en torno a la misión que deben cumplir, no se alteran en ningún momento. Por ejemplo, a pesar de estar a punto de ser acribillados por una turba, ellos se cuidan prolijamente de no disparar sobre hombres desarmados, mujeres o niños. Los jefes parecen preocuparse tanto por sus hombres, que al lado de ellos la baby-sitter de mi sobrino parece drácula.
El espectador asiste durante el film a presenciar como a la caída del “halcón negro” le sucede la aparición de estos “soldados-palomas blancas”. Y como no podía ser de otra manera las palomas deben huir a pesar de su valentía y buena voluntad. Hollywood dice lo que cualquiera sabe: la guerra no se gana con palomas.
La película pareciera haber anticipado lo que pasaría después del atentado del 11 de setiembre a las torres gemelas. Sólo hacía falta un Bin Laden para que los halcones retomaran vuelo, sobre los cadáveres de las palomas neoyorkinas.
George Monbiot, periodista de “The Guardian”(1) realizó una crítica comparando lo que muestra la película y lo que sucedió en la realidad. Afirma que esta historia de americanos buenos contra africanos malos es la “historia que el pueblo estadounidense necesita contarse”. Esta interpretación que realiza el periodista inglés si bien no es incorrecta deja de lado lo más importante del asunto. Creemos que debido a ciertos prejuicios, él los ve como halcones que necesitan verse a sí mismos como palomas, escapándosele lo que se puso de manifiesto una vez más después del atentado a las torres: la determinación de ese pueblo a poner en juego a sus halcones más negros cada vez que su seguridad se vea amenazada, sin importar las consecuencias que ello pueda acarrear a terceros. Y olvidando que las palomas suelen gozar viéndose a sí mismas (y haciéndose ver por los otros) como feroces halcones, aunque más no sea para poder pensar que en el fondo son inocentes palomas. Lo que nos advierte acerca de la peligrosidad de estos plumíferos. Ya que los halcones necesitan del miedo de estas para sostener su vuelo. Claro que, lo que no advierten los que se ubican en este lugar es que, como pasó en Pearl Harbour (2) (y quién sabe sino también el 11 de setiembre), las palomas terminan siendo víctimas de los halcones a los que alimentan.
(1) Publicado en Página 12 el 14 de marzo de 2002.
(2) El presidente de los EE.UU supo con anticipación del ataque japonés y no hizo nada para evitarlo. Dicho ataque fue el motivo que le permitió a los EE.UU. entrar en la 2da guerra mundial.
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lunes 16 de noviembre de 2009
Torito en rodeo ajeno
Tema: El caso del empresario que asesinó y robó para que lo mataran.
El 1º de octubre de 2006 el diario Clarín publicó, en la sección Policiales una nota titulada “El extraño final del empresario que terminó su vida como ladrón”, contando la historia de Alfredo Novoa, “El Tano”, quien supo estar “al mando de uno de los mayores emporios de la carne en la zona” de La Plata y Cañuelas.
No nos resulta tan extraño como al periodista que los significantes empresario y ladrón se confundan y hasta lleguen a reemplazarse, ya que ambos tienen como objetivo la apropiación del dinero ajeno. Incluso podríamos arriesgarnos a decir que gran parte de la actividad laboral de los humanos consiste en ingeniárselas para sacarle el dinero a los otros.
Pero más allá de estos detalles académicos, podemos rastrear los vericuetos de este caso particular en las pistas que nos deja la nota del matutino. Cuenta que “(El Tano) En su momento llegó a manejar 26 frigoríficos y una red de transporte de ganado. El negocio había sido levantado por su padre, José Novoa, un duro que tenía debilidad por las carreras y que se vanagloriaba de haber actuado en “La guerra gaucha”. Le decían “Pepe Guerra”, se lo vinculaba con Alberto Samid, y lo rodeaban mil anécdotas. “Era capaz de matar un caballo con un hacha de mano y hacerlo chorizos. Con los tipos que no le caían bien, hacía lo mismo”, lo describía su nieto José.” Pareciera ser que a este machazo lo único que le caía bien de los tipos era el chorizo.
Alfredo había estado casado 21 años con Marta Scarfo, quien había ingresado a trabajar a la empresa hasta quedar a cargo de las finanzas.
“En la madrugada del 14 de marzo de 1993, a los 40 años, Marta apareció
muerta en un camino vecinal de Cañuelas. La habían matado a golpes y la habían quemado, para luego pasarle por arriba con un auto. Estaba vestida de noche, con una camisola que presentaba agujeros aún hoy inexplicables.
Rubén Ernesto Scarfo, hermano de Marta, se presentó enseguida ante los investigadores. Y contó que durante la madrugada, “El Tano” Novoa lo había ido a ver para decirle: “Maté a tu hermana. Andá a buscarla a lo de Cacho (dueño de un campo), que está tirada atrás de los pastos, a mil metros de la tranquera.” La mató a golpes como solía matar el padre. La quemó (¿intento de cocinarla para comerla?), pero a Marta le faltaba el “cacho-chorizo” apetecido por su padre, lo que la condenó a ser puro deshecho sin nada apetecible, por lo que la dejó tirada en el campo como a una vaca muerta.
“La orden de captura contra Alfredo Novoa partió de inmediato. Pero el empresario había sido más rápido. Para entonces, ya estaba prófugo en el Paraguay.”
Hasta aquí podemos ver que el padre de Alfredo se había armado una profesión metonímica de la matanza del ganado. La leyenda cuenta que mataba a algunos animales él mismo y lo mismo habría hecho con algunos hombres. Ese mismo saber hacer con la violencia le había hecho ganar fama de hombre duro y respetado-temido por sus pares e idealizado por su hijo, quien le puso el nombre de su padre al vástago. La admiración con que su nieto describe al abuelo podemos apostar a que fue transmitida por el padre. El mote con que se lo conocía daba cuenta de esta fama: Pepe Guerra.
Muerto el padre, la viuda quedó viviendo en la casa de Esteban Echeverría, barrio que lleva el nombre de el autor de “El Matadero”. No sería muy forzado pensar que la madre de Alfredo debería ser la vaca en el matadero.
Atrapado por las fuerzas legales y llevado a juicio Alfredo se defendió echándole la culpa a su padre muerto: “Escapé porque si no tenía que decir que mi papá había matado a mi mujer”, les contó a los jueces , en una declaración en la que hasta se dijo adicto a las drogas. “A mi mujer siempre la amé. A mi padre siempre lo quise, pero le tuve terror”, agregó.
“El Tano” lloró. Juró que la noche previa al crimen fue con su esposa a un asado en un stud de La Plata donde su padre “arreglaba” carreras de caballos. Dijo que “Pepe Guerra”, como solía hacer, exclamó al verlo: “Ahí viene el cornudo”. Y que a continuación le anticipó: “Ahora voy a hacer con esta puta lo que vos no te animaste en 20 años”. Luego, señaló, su papá acusó a Marta de despilfarrar dinero de la empresa, la subió a un Fiat Uno turbo y se la llevó rumbo a su muerte.
Podemos conjeturar que el deseo del Tano era ser un toro para poder gozar con las vacas, pero la fascinación de su padre por los chorizos y el desprecio por su mujer a la que dejó en el matadero, le volvieron difícil la adquisición simbólica de los blasones masculinos. Solo pudo obtener del toro los cuernos y gozar a su mujer en el campo del amor, que al funcionar como formación reactiva al odio lo dejaba impotente y sometido. El pasaje al acto criminal lo empujó a realizar el deseo reprimido del padre, matar a la esposa, a la que no pudiendo gozar clavándole el pene, solo pudo hacerle en activo lo que venía sufriendo pasivamente: le clavó los cuernos realmente, matándola.
Alfredo, que de toro sólo parecía tener los cuernos que le ponía la puta de su esposa, tal vez alucinó la voz del padre que le ordenaba matarla. Tal vez sólo así pudo gozar de esos inexplicables agujeros en la ropa, metonimia de los agujeros corporales con que gozaba ella cuando le metía los cuernos con algún toro de verdad.
Durante un permiso para visitar a su madre, Alfredo escapó por los fondos de la casa y se fue a vivir con su segunda mujer, Patricia, a la que había conocido antes de caer preso. En abril de este año compró pasajes para irse con ella a vivir a Madrid, pero el día que debían tomar el avión se ausentó temprano diciendo que iba a tomar un café con unos amigos. Pese a no tener necesidades económicas, a la salida de un banco, asaltó a la abuela de un suboficial de la policía, quien lo mató de cuatro tiros.
En vísperas de escapar a donde supuestamente podría disfrutar de la vida con su mujer y sin vivir perseguido por la ley, se hizo matar en una vulgar salidera. Querer extraerle el dinero a “la vieja”, objeto de goce de la puta (no olvidemos que su primer mujer era la encargada de las finanzas), lo dejó encerrado en el matadero, donde el torito fue penetrado cuatro veces por las balas del policía que seguramente le agujerearon la ropa igual a como él le había hecho a la puta. La desesperación por castrar imaginariamente a la vieja, extraerle el falo-dinero, le impidió poder salir del matadero para gozar del suyo (dinero-pene) con su esposa.
Publicado en www.psyche-navegante.com
El 1º de octubre de 2006 el diario Clarín publicó, en la sección Policiales una nota titulada “El extraño final del empresario que terminó su vida como ladrón”, contando la historia de Alfredo Novoa, “El Tano”, quien supo estar “al mando de uno de los mayores emporios de la carne en la zona” de La Plata y Cañuelas.
No nos resulta tan extraño como al periodista que los significantes empresario y ladrón se confundan y hasta lleguen a reemplazarse, ya que ambos tienen como objetivo la apropiación del dinero ajeno. Incluso podríamos arriesgarnos a decir que gran parte de la actividad laboral de los humanos consiste en ingeniárselas para sacarle el dinero a los otros.
Pero más allá de estos detalles académicos, podemos rastrear los vericuetos de este caso particular en las pistas que nos deja la nota del matutino. Cuenta que “(El Tano) En su momento llegó a manejar 26 frigoríficos y una red de transporte de ganado. El negocio había sido levantado por su padre, José Novoa, un duro que tenía debilidad por las carreras y que se vanagloriaba de haber actuado en “La guerra gaucha”. Le decían “Pepe Guerra”, se lo vinculaba con Alberto Samid, y lo rodeaban mil anécdotas. “Era capaz de matar un caballo con un hacha de mano y hacerlo chorizos. Con los tipos que no le caían bien, hacía lo mismo”, lo describía su nieto José.” Pareciera ser que a este machazo lo único que le caía bien de los tipos era el chorizo.
Alfredo había estado casado 21 años con Marta Scarfo, quien había ingresado a trabajar a la empresa hasta quedar a cargo de las finanzas.
“En la madrugada del 14 de marzo de 1993, a los 40 años, Marta apareció
muerta en un camino vecinal de Cañuelas. La habían matado a golpes y la habían quemado, para luego pasarle por arriba con un auto. Estaba vestida de noche, con una camisola que presentaba agujeros aún hoy inexplicables.
Rubén Ernesto Scarfo, hermano de Marta, se presentó enseguida ante los investigadores. Y contó que durante la madrugada, “El Tano” Novoa lo había ido a ver para decirle: “Maté a tu hermana. Andá a buscarla a lo de Cacho (dueño de un campo), que está tirada atrás de los pastos, a mil metros de la tranquera.” La mató a golpes como solía matar el padre. La quemó (¿intento de cocinarla para comerla?), pero a Marta le faltaba el “cacho-chorizo” apetecido por su padre, lo que la condenó a ser puro deshecho sin nada apetecible, por lo que la dejó tirada en el campo como a una vaca muerta.
“La orden de captura contra Alfredo Novoa partió de inmediato. Pero el empresario había sido más rápido. Para entonces, ya estaba prófugo en el Paraguay.”
Hasta aquí podemos ver que el padre de Alfredo se había armado una profesión metonímica de la matanza del ganado. La leyenda cuenta que mataba a algunos animales él mismo y lo mismo habría hecho con algunos hombres. Ese mismo saber hacer con la violencia le había hecho ganar fama de hombre duro y respetado-temido por sus pares e idealizado por su hijo, quien le puso el nombre de su padre al vástago. La admiración con que su nieto describe al abuelo podemos apostar a que fue transmitida por el padre. El mote con que se lo conocía daba cuenta de esta fama: Pepe Guerra.
Muerto el padre, la viuda quedó viviendo en la casa de Esteban Echeverría, barrio que lleva el nombre de el autor de “El Matadero”. No sería muy forzado pensar que la madre de Alfredo debería ser la vaca en el matadero.
Atrapado por las fuerzas legales y llevado a juicio Alfredo se defendió echándole la culpa a su padre muerto: “Escapé porque si no tenía que decir que mi papá había matado a mi mujer”, les contó a los jueces , en una declaración en la que hasta se dijo adicto a las drogas. “A mi mujer siempre la amé. A mi padre siempre lo quise, pero le tuve terror”, agregó.
“El Tano” lloró. Juró que la noche previa al crimen fue con su esposa a un asado en un stud de La Plata donde su padre “arreglaba” carreras de caballos. Dijo que “Pepe Guerra”, como solía hacer, exclamó al verlo: “Ahí viene el cornudo”. Y que a continuación le anticipó: “Ahora voy a hacer con esta puta lo que vos no te animaste en 20 años”. Luego, señaló, su papá acusó a Marta de despilfarrar dinero de la empresa, la subió a un Fiat Uno turbo y se la llevó rumbo a su muerte.
Podemos conjeturar que el deseo del Tano era ser un toro para poder gozar con las vacas, pero la fascinación de su padre por los chorizos y el desprecio por su mujer a la que dejó en el matadero, le volvieron difícil la adquisición simbólica de los blasones masculinos. Solo pudo obtener del toro los cuernos y gozar a su mujer en el campo del amor, que al funcionar como formación reactiva al odio lo dejaba impotente y sometido. El pasaje al acto criminal lo empujó a realizar el deseo reprimido del padre, matar a la esposa, a la que no pudiendo gozar clavándole el pene, solo pudo hacerle en activo lo que venía sufriendo pasivamente: le clavó los cuernos realmente, matándola.
Alfredo, que de toro sólo parecía tener los cuernos que le ponía la puta de su esposa, tal vez alucinó la voz del padre que le ordenaba matarla. Tal vez sólo así pudo gozar de esos inexplicables agujeros en la ropa, metonimia de los agujeros corporales con que gozaba ella cuando le metía los cuernos con algún toro de verdad.
Durante un permiso para visitar a su madre, Alfredo escapó por los fondos de la casa y se fue a vivir con su segunda mujer, Patricia, a la que había conocido antes de caer preso. En abril de este año compró pasajes para irse con ella a vivir a Madrid, pero el día que debían tomar el avión se ausentó temprano diciendo que iba a tomar un café con unos amigos. Pese a no tener necesidades económicas, a la salida de un banco, asaltó a la abuela de un suboficial de la policía, quien lo mató de cuatro tiros.
En vísperas de escapar a donde supuestamente podría disfrutar de la vida con su mujer y sin vivir perseguido por la ley, se hizo matar en una vulgar salidera. Querer extraerle el dinero a “la vieja”, objeto de goce de la puta (no olvidemos que su primer mujer era la encargada de las finanzas), lo dejó encerrado en el matadero, donde el torito fue penetrado cuatro veces por las balas del policía que seguramente le agujerearon la ropa igual a como él le había hecho a la puta. La desesperación por castrar imaginariamente a la vieja, extraerle el falo-dinero, le impidió poder salir del matadero para gozar del suyo (dinero-pene) con su esposa.
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miércoles 14 de octubre de 2009
Razones y emociones cruzadas por el psicoanálisis y la neurobiología
Los avances en la investigación neurobiológica han dado por tierra con la creencia en la especificidad neuronal, es decir, en que determinado conjunto de neuronas estarían predestinadas genéticamente a procesar determinado tipo de información, y han descubierto que el sistema neuronal y más específicamente el cerebro se comporta como un entramado de múltiples vías a través de millones de conexiones neuronales denominadas sinapsis cuya formación, desarrollo y muerte, condicionados por el intercambio con el medio, se produce a lo largo de toda la vida. Han confirmado también que las experiencias vitales más importantes son las de la infancia y la adolescencia, que establecen lo que Freud llamaba vías de facilitación, circuitos neuronales por donde tienden ha circular los estímulos eléctricos y químicos.
El neurobiólogo Antonio Damasio conjeturó la existencia de representaciones disposicionales en el cerebro que son circuitos facilitados que van a ser la base neuronal a partir de las cuales se formen las imágenes que van a dar contenido a los pensamientos. Dichas representaciones disposicionales se ven perturbadas en forma continua tanto por los estímulos externos que llegan a través de la vías perceptivas como por los marcadores somáticos que organizan los estímulos del cuerpo profundo, a su vez influído tanto por la herencia genética como por los estímulos externos. La evidencia neurobiológica confirma que para el ser hablante no existe un límite claro y definido entre un adentro y un afuera de su cuerpo sino mas bien un movimiento de retroalimentación permanente. Este caos de estímulos adquieren una organización básica en la infancia, a partir del cuidado de quienes ejercen la función materna y quienes facilitan la inscripción del nombre del padre, instalando una rutina de goces corporales en la criatura. Dicha rutina dará lugar al establecimiento de cierta legalidad en el caos y como efecto de ello resultará la constitución de la estructura por el anudamiento de las tres dimensiones de lalengua articuladas por el objeto a y su correlato neurobiológico dado por la articulación de las representaciones disposicionales y los marcadores somáticos.
En un artículo publicado en Clarín[1], Facundo Manes, Director del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro, plantea la influencia que tienen las emociones en la toma de decisiones, cómo influyen en los procesos racionales. Ello lo lleva a concluir no sin razón que “la noción de que somos seres conscientes, con el poder de realizar nuestras propias elecciones en la vida ha sido cuestionada.” Esta afirmación coincide con lo propuesto por Freud hace más de cien años. La pregunta que subsiste al planteo de Manes es ¿debemos suponer que las elecciones sólo pueden ser conscientes? Diferentes estudios neurobiológicos han detectado algo comprobable en la experiencia psicoanalítica: que la conciencia se entera de que se va a hacer algo cuando ese algo ya fue hecho. Es por un efecto de retrosignificación que el yo se forma consolidando el registro imaginario. La síntesis organizativa se realiza para ordenar el caos desatado por una acción. Acciones que obedecen al empuje de las pulsiones modeladas por las demandas del Otro primordial y que se satisfacen de acuerdo a la legalidad fantasmática establecida básicamente en la infancia como fue descrito más arriba. Si creyéramos que por no haber conciencia previa a lo realizado seríamos absolutamente ajenos respecto de la elección de lo hecho, concluiríamos necesariamente que los seres hablantes funcionamos regidos por automatismos. Es cierto que una parte importante de nuestras conductas obedecen a esta lógica destinada a intentar preservar el más o menos frágil equilibrio logrado en los primeros años de vida. Es lo que le da tono a lo imaginario, es decir, a nuestra debilidad mental como decía Lacan.
La práctica analítica descubrió por medio de la asociación libre que los automatismos equilibrantes son una parte del automatismo significante. Al dejar hablar sin interrumpir al paciente e instándolo a que no calle nada de lo que piensa se termina verificando que en realidad habla más de lo que piensa. En este punto se verifica lo que todo psicótico que padece alucinaciones auditivas experimenta: que más que hablar, somos hablados. La inscripción eficaz del nombre del padre en la estructura es uno de los elementos principales que, organizando lo simbólico a través de precipitar la significación fálica del deseo, dan forma al registro imaginario funcionando como límite al automatismo significante. Uno de los efectos que la consistencia imaginaria produce en el ser hablante es el desconocimiento de la condicionalidad lenguajera de la estructura y la tendencia a pensar que se decide concientemente.
Otras personas, a las que se suele denominar actuadoras, carecen de la capacidad de poner límite al automatismo significante una vez disparado. Suelen caer más o menos frecuentemente en conductas compulsivas. En ellas el significante no funciona como causa final. Su goce pulsional se desata a partir de una demanda y su accionar compulsivo verifica una imposibilidad de estructura: aquella no encuentra nunca un objeto que la satisfaga completamente. Su desesperación actuadora busca erigir un objeto nuevo ante la aparición de la primera señal de una falta en el objeto. Allí los significantes se tornan reales, traumáticos. El objeto de consumo (droga, sexo, violencia, ropa, etc.) positivizado, fetichizado, tapona la carencia, que como objeto a, causa el deseo anudando la estructura y poniendo en juego goces de diferentes texturas, que facilitando el lazo social favorecen la subjetivación de la misma.
La subjetivación de la estructura se logra como efecto de los actos, que no son ni las acciones rutinarias que sostienen al yo en la vida cotidiana ni la desaforada actuación compulsiva arrasadora de lo imaginario. Causados por la carencia en ser del objeto a, que articula las rutinas de goce que nos habitan desde la infancia, es decir, por las zonas de falla de dichos goces, los actos dan cuerpo al deseo, que inconsciente, se decide en nosotros para inscribir en esa falla un significante que nos nombre agujereando lo real, reanudando la estructura y reposicionando por añadidura al yo, que al modo de quien llega tarde al cine se acomoda en la butaca que quedó vacía.
Si bien estos actos no son concientes y por lo tanto no obedecen a fines, ya que quienes los llevan a cabo ignoran sus consecuencias, por eso Lacan hablaba del horror al acto, no son por ello irracionales. Obedecen a una lógica significante, que alimentada por el rumor indiferenciado de lalengua, que combina[2] estímulos “internos” y “externos”, traza en él un corte, que es sujeto, produciendo allí un significante diferenciado con el cual hacerse representar ante los otros significantes de la cultura.
La limitación de la razón a la conciencia que le impone Manes lo lleva a llamar emocional a toda conducta que no obedezca a fines, determinados por el ideal de la cultura habría que aclarar. Por ejemplo, las decisiones que no fueran producto de un análisis de la relación costo-beneficio. Eso lo lleva a afirmar “que las emociones pueden anular el pensamiento lógico”. Lo que habría que agregar con Antonio Damasio es que también lo pueden potenciar. ¿Porqué? Porque la razón ajustada a fines es la cobertura imaginaria de la pulsión, respuesta a la demanda que vehiculiza el ideal de la cultura. Tomar decisiones calculadas fríamente implica intentar adaptarse a dicho ideal, lo que se paga “ignorando” lo que pulsa desde el cuerpo profundo, perturbado por el rumor de lalengua actual y de generaciones anteriores que precipitaron en la herencia genética. Ignorar las condiciones que la erótica del cuerpo pone a la razón para desear y gozar anula el escaso margen de libertad que el deseo inconsciente vehiculiza a aquel que no retrocede horrorizado.
Veamos la experiencia de laboratorio que relata Manes. Se trata del “juego del ultimátum, en la que dos personas tienen una oportunidad de dividir $ 10. Una persona A ofrece una parte del dinero para el “receptor”. Si éste acepta, ambos reciben el dinero en la forma propuesta; si el receptor rechaza la oferta, nadie recibe nada. Teorías económicas asumirían que A debe siempre ofrecer un peso o un mínimo de cantidad y que el receptor debe aceptar siempre, prefiriendo recibir un peso antes que nada. Sin embargo, estudios psicológicos han demostrado que el receptor prefiere perder todo antes que aceptar una oferta que considera injusta.”
El relato de este experimento se alinea con lo que veníamos planteando. La pulsión no tiene un objeto fijo predeterminado. Los objetos con los que se satisface parcialmente en su recorrido se articulan con las vestimentas que les aporta el fantasma conformado en la infancia. El fantasma es una respuesta a la demanda que articula a la pulsión con el deseo. Los objetos capaces de sostenerlo se articulan metonímicamente a la falta en la madre, es decir, a su deseo. De ello dan cuenta los celos y las rivalidades tanto con el progenitor que aparezca como tercero como con los hermanos y sus derivados. Es por eso que el hombre que recibe un porcentaje variable del dinero entregado no va a decidir aceptarlo de acuerdo a “sus necesidades económicas” puras ni a una no menos pura noción de justicia como así tampoco necesariamente a un sentimiento empático pre-existente con el “socio”. La reducción del porcentaje de lo que recibe lo determinará a ocupar el lugar del que debe sacrificar su ganancia para aumentar la del otro, es decir, que lo están perjudicando, como se decía en otra época, que lo están gozando. Esto puede hacer que la simpatía vire rápidamente a su contrario. La negativa a seguir recibiendo dinero le pone un límite al empuje sacrificial del que es objeto.
La estructura de tres más uno marca el campo de juego: el que da el dinero, los dos que reciben y el dinero que como significante fálico circula entre los tres, aportando un plus de goce y significación a los participantes, ya sea por su tenencia o por su falta. La circulación del mismo en forma variable sostiene una falta de equilibrio en la estructura, una carencia que articula el movimiento identificatorio de los participantes. La tendencia lineal a reducirle las ganancias a uno coagula los goces en juego fijando a uno al brillo fálico del ganador a expensas del otro que se ve reducido a la función de sostener la ganancia del primero. No importa la cantidad que él reciba, el porcentaje ínfimo lo significará como el perjudicado. Negarse a seguir recibiendo dinero es un intento de vaciar el lugar de objeto degradado en que éste significante lo ha convertido para desarticular la trampa especular en la que ha caído y relanzar el deseo hacia goces que no lo dejen desechado. Este acto es real, no puede decidirse comparando costos y beneficios y sus efectos son solo apenas conjeturables. En el laboratorio no implica ningún riesgo pero en lo real de la vida no tiene garantías. Por eso Lacan decía que tomaba su certeza de la angustia. Retroceder frente al mismo mata al deseo y erige, en el mejor de los casos, un yo hipomaníaco que en su creencia de autonomía se consagra, al modo del perverso, a sostener el goce del Otro que no debería existir.
[1] Del 14 de junio de 2009.
[2] Al modo del cross-cap, objeto topológico que parece tener un adentro y un afuera pero que en realidad constituye una superficie continua.
Artículo publicado en revista Imago agenda de octubre de 2009.
El neurobiólogo Antonio Damasio conjeturó la existencia de representaciones disposicionales en el cerebro que son circuitos facilitados que van a ser la base neuronal a partir de las cuales se formen las imágenes que van a dar contenido a los pensamientos. Dichas representaciones disposicionales se ven perturbadas en forma continua tanto por los estímulos externos que llegan a través de la vías perceptivas como por los marcadores somáticos que organizan los estímulos del cuerpo profundo, a su vez influído tanto por la herencia genética como por los estímulos externos. La evidencia neurobiológica confirma que para el ser hablante no existe un límite claro y definido entre un adentro y un afuera de su cuerpo sino mas bien un movimiento de retroalimentación permanente. Este caos de estímulos adquieren una organización básica en la infancia, a partir del cuidado de quienes ejercen la función materna y quienes facilitan la inscripción del nombre del padre, instalando una rutina de goces corporales en la criatura. Dicha rutina dará lugar al establecimiento de cierta legalidad en el caos y como efecto de ello resultará la constitución de la estructura por el anudamiento de las tres dimensiones de lalengua articuladas por el objeto a y su correlato neurobiológico dado por la articulación de las representaciones disposicionales y los marcadores somáticos.
En un artículo publicado en Clarín[1], Facundo Manes, Director del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro, plantea la influencia que tienen las emociones en la toma de decisiones, cómo influyen en los procesos racionales. Ello lo lleva a concluir no sin razón que “la noción de que somos seres conscientes, con el poder de realizar nuestras propias elecciones en la vida ha sido cuestionada.” Esta afirmación coincide con lo propuesto por Freud hace más de cien años. La pregunta que subsiste al planteo de Manes es ¿debemos suponer que las elecciones sólo pueden ser conscientes? Diferentes estudios neurobiológicos han detectado algo comprobable en la experiencia psicoanalítica: que la conciencia se entera de que se va a hacer algo cuando ese algo ya fue hecho. Es por un efecto de retrosignificación que el yo se forma consolidando el registro imaginario. La síntesis organizativa se realiza para ordenar el caos desatado por una acción. Acciones que obedecen al empuje de las pulsiones modeladas por las demandas del Otro primordial y que se satisfacen de acuerdo a la legalidad fantasmática establecida básicamente en la infancia como fue descrito más arriba. Si creyéramos que por no haber conciencia previa a lo realizado seríamos absolutamente ajenos respecto de la elección de lo hecho, concluiríamos necesariamente que los seres hablantes funcionamos regidos por automatismos. Es cierto que una parte importante de nuestras conductas obedecen a esta lógica destinada a intentar preservar el más o menos frágil equilibrio logrado en los primeros años de vida. Es lo que le da tono a lo imaginario, es decir, a nuestra debilidad mental como decía Lacan.
La práctica analítica descubrió por medio de la asociación libre que los automatismos equilibrantes son una parte del automatismo significante. Al dejar hablar sin interrumpir al paciente e instándolo a que no calle nada de lo que piensa se termina verificando que en realidad habla más de lo que piensa. En este punto se verifica lo que todo psicótico que padece alucinaciones auditivas experimenta: que más que hablar, somos hablados. La inscripción eficaz del nombre del padre en la estructura es uno de los elementos principales que, organizando lo simbólico a través de precipitar la significación fálica del deseo, dan forma al registro imaginario funcionando como límite al automatismo significante. Uno de los efectos que la consistencia imaginaria produce en el ser hablante es el desconocimiento de la condicionalidad lenguajera de la estructura y la tendencia a pensar que se decide concientemente.
Otras personas, a las que se suele denominar actuadoras, carecen de la capacidad de poner límite al automatismo significante una vez disparado. Suelen caer más o menos frecuentemente en conductas compulsivas. En ellas el significante no funciona como causa final. Su goce pulsional se desata a partir de una demanda y su accionar compulsivo verifica una imposibilidad de estructura: aquella no encuentra nunca un objeto que la satisfaga completamente. Su desesperación actuadora busca erigir un objeto nuevo ante la aparición de la primera señal de una falta en el objeto. Allí los significantes se tornan reales, traumáticos. El objeto de consumo (droga, sexo, violencia, ropa, etc.) positivizado, fetichizado, tapona la carencia, que como objeto a, causa el deseo anudando la estructura y poniendo en juego goces de diferentes texturas, que facilitando el lazo social favorecen la subjetivación de la misma.
La subjetivación de la estructura se logra como efecto de los actos, que no son ni las acciones rutinarias que sostienen al yo en la vida cotidiana ni la desaforada actuación compulsiva arrasadora de lo imaginario. Causados por la carencia en ser del objeto a, que articula las rutinas de goce que nos habitan desde la infancia, es decir, por las zonas de falla de dichos goces, los actos dan cuerpo al deseo, que inconsciente, se decide en nosotros para inscribir en esa falla un significante que nos nombre agujereando lo real, reanudando la estructura y reposicionando por añadidura al yo, que al modo de quien llega tarde al cine se acomoda en la butaca que quedó vacía.
Si bien estos actos no son concientes y por lo tanto no obedecen a fines, ya que quienes los llevan a cabo ignoran sus consecuencias, por eso Lacan hablaba del horror al acto, no son por ello irracionales. Obedecen a una lógica significante, que alimentada por el rumor indiferenciado de lalengua, que combina[2] estímulos “internos” y “externos”, traza en él un corte, que es sujeto, produciendo allí un significante diferenciado con el cual hacerse representar ante los otros significantes de la cultura.
La limitación de la razón a la conciencia que le impone Manes lo lleva a llamar emocional a toda conducta que no obedezca a fines, determinados por el ideal de la cultura habría que aclarar. Por ejemplo, las decisiones que no fueran producto de un análisis de la relación costo-beneficio. Eso lo lleva a afirmar “que las emociones pueden anular el pensamiento lógico”. Lo que habría que agregar con Antonio Damasio es que también lo pueden potenciar. ¿Porqué? Porque la razón ajustada a fines es la cobertura imaginaria de la pulsión, respuesta a la demanda que vehiculiza el ideal de la cultura. Tomar decisiones calculadas fríamente implica intentar adaptarse a dicho ideal, lo que se paga “ignorando” lo que pulsa desde el cuerpo profundo, perturbado por el rumor de lalengua actual y de generaciones anteriores que precipitaron en la herencia genética. Ignorar las condiciones que la erótica del cuerpo pone a la razón para desear y gozar anula el escaso margen de libertad que el deseo inconsciente vehiculiza a aquel que no retrocede horrorizado.
Veamos la experiencia de laboratorio que relata Manes. Se trata del “juego del ultimátum, en la que dos personas tienen una oportunidad de dividir $ 10. Una persona A ofrece una parte del dinero para el “receptor”. Si éste acepta, ambos reciben el dinero en la forma propuesta; si el receptor rechaza la oferta, nadie recibe nada. Teorías económicas asumirían que A debe siempre ofrecer un peso o un mínimo de cantidad y que el receptor debe aceptar siempre, prefiriendo recibir un peso antes que nada. Sin embargo, estudios psicológicos han demostrado que el receptor prefiere perder todo antes que aceptar una oferta que considera injusta.”
El relato de este experimento se alinea con lo que veníamos planteando. La pulsión no tiene un objeto fijo predeterminado. Los objetos con los que se satisface parcialmente en su recorrido se articulan con las vestimentas que les aporta el fantasma conformado en la infancia. El fantasma es una respuesta a la demanda que articula a la pulsión con el deseo. Los objetos capaces de sostenerlo se articulan metonímicamente a la falta en la madre, es decir, a su deseo. De ello dan cuenta los celos y las rivalidades tanto con el progenitor que aparezca como tercero como con los hermanos y sus derivados. Es por eso que el hombre que recibe un porcentaje variable del dinero entregado no va a decidir aceptarlo de acuerdo a “sus necesidades económicas” puras ni a una no menos pura noción de justicia como así tampoco necesariamente a un sentimiento empático pre-existente con el “socio”. La reducción del porcentaje de lo que recibe lo determinará a ocupar el lugar del que debe sacrificar su ganancia para aumentar la del otro, es decir, que lo están perjudicando, como se decía en otra época, que lo están gozando. Esto puede hacer que la simpatía vire rápidamente a su contrario. La negativa a seguir recibiendo dinero le pone un límite al empuje sacrificial del que es objeto.
La estructura de tres más uno marca el campo de juego: el que da el dinero, los dos que reciben y el dinero que como significante fálico circula entre los tres, aportando un plus de goce y significación a los participantes, ya sea por su tenencia o por su falta. La circulación del mismo en forma variable sostiene una falta de equilibrio en la estructura, una carencia que articula el movimiento identificatorio de los participantes. La tendencia lineal a reducirle las ganancias a uno coagula los goces en juego fijando a uno al brillo fálico del ganador a expensas del otro que se ve reducido a la función de sostener la ganancia del primero. No importa la cantidad que él reciba, el porcentaje ínfimo lo significará como el perjudicado. Negarse a seguir recibiendo dinero es un intento de vaciar el lugar de objeto degradado en que éste significante lo ha convertido para desarticular la trampa especular en la que ha caído y relanzar el deseo hacia goces que no lo dejen desechado. Este acto es real, no puede decidirse comparando costos y beneficios y sus efectos son solo apenas conjeturables. En el laboratorio no implica ningún riesgo pero en lo real de la vida no tiene garantías. Por eso Lacan decía que tomaba su certeza de la angustia. Retroceder frente al mismo mata al deseo y erige, en el mejor de los casos, un yo hipomaníaco que en su creencia de autonomía se consagra, al modo del perverso, a sostener el goce del Otro que no debería existir.
[1] Del 14 de junio de 2009.
[2] Al modo del cross-cap, objeto topológico que parece tener un adentro y un afuera pero que en realidad constituye una superficie continua.
Artículo publicado en revista Imago agenda de octubre de 2009.
Etiquetas:
Neurobiología,
Teoría y práctica psicoanalítica
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