lunes 23 de noviembre de 2009

Sucio dinero

Tema: Análisis del artículo publicado en la revista Veintitrés acerca de la denuncia efectuada por una paciente contra el psicoanalista José Abadi.

En la revista Veintitres del 1 de junio de 2006 aparece una nota titulada Los piratas psi, redactada a propósito de una denuncia efectuada por Celia González contra el psicoanalista José Abadi (primo y homónimo de José Eduardo Abadi, hijo de Mauricio Abadi).
Abadi según la nota “se aprovechó de la seguridad y confianza que transmite un título universitario, una especialización en psicoanálisis, un diván y las obras completas de Freud en la biblioteca para manipular a decenas de pacientes y conseguir beneficios económicos.” Los periodistas con mucho sentido común pero con una ignorancia absoluta acerca del inconsciente y sus efectos suponen que la eficacia de un analista depende de títulos, diván y libros.
Una serie de psicoanalistas entrevistados, posicionándose como jueces, dan por supuesto que todo lo denunciado es verdad, pero dándose el lujo de prescindir del proceso legal para llegar a dicha conclusión. Se convierten así en garantes del sentido de lo dicho por la señora.
Dejando en manos de la justicia el determinar la responsabilidad legal del denunciado en los hechos de los que se lo acusa, intentaré hacer un análisis de la nota publicada y de las consecuencias que acarrea el hecho de que los analistas no sostengan su posición.
Leamos a la letra las declaraciones de la denunciante:
“Hay muchas más víctimas , todas de dinero, que por vergüenza no quieren aparecer. Solamente mi marido le llevó veinte pacientes a Abadi. Aquí hubo lavado de cerebro, como hacen las sectas.”
Dice la revista: “Según reveló la querellante, poco después de empezar el tratamiento, el psicólogo denunciado le preguntó “quien pagaba las sesiones”. “Mi marido”, le contestó González. Entonces le pidió conocerlo. “Empezó a tratarlo y luego a tres de mis cuatro hijos, todos menores. El mayor se alejó de la familia dominado por Abadi. Yo me abrí antes porque noté cosas raras. Me hacía ir a su quinta los domingos y me cobraba el doble. Allí conocí a otros pacientes. Eran como sesiones de grupo en las que tomábamos café. Pero no podía cortar definitivamente porque había captado a toda mi familia”.
Lo primero que insiste en los dichos de González y en toda la nota periodística es el dinero. En la primera frase el dinero queda ligado a la vergüenza y al lavado de cerebro, lo que nos permite inferir que la vergüenza está ligada a algo sucio metaforizado por el dinero que como enseña la experiencia analítica, y es algo que Freud ya señalaba, suele metaforizar a las heces, elemento que la cultura desprecia en la escena pública y adora en la intimidad inconciente. Las mismas suelen ser metaforizadas también por los hijos, los que fueron también conducidos a lo de Abadi.
Hasta aquí pareciera ser que lo que está en juego es una de las especies del objeto a: las heces. Independientemente de que Abadi sea culpable legalmente de lo que se lo acusa o no, lo cierto es que la cuestión del goce respecto del objeto anal no fue trabajado psicoanalíticamente. Para todos los involucrados hasta aquí (querellante, familia, abogados, periodistas, psicólogos e incluso psicoanalistas y esto es lo más preocupante) la cuestión que está en juego es el dinero. Aunque siempre refiriéndose al mismo con cierto desprecio que no hace más que confirmar que es el representante de un objeto tan amado como rechazado. Veamos lo que dicen los periodistas refiriéndose a los abogados de la querellante: “…deberán probar que Abadi abusó de la posición de poder que le da su profesión y que usó técnicas psicológicas para aprovechar la “vulnerabilidad psíquica” de quienes atendía y conseguir un beneficio económico”.
Se supone aquí que 1) el poder viene dado por la posesión de un título profesional, descartando la incidencia fantasmática del consultante con la que constituye y sostiene al profesional en el lugar del sujeto supuesto saber. 2) la existencia de técnicas psicológicas para aprovecharse del paciente, redoblando con ello la suposición de un saber técnico sin falla, lo que empieza a perfilar algo de la dinámica transferencial en juego: se supone un sujeto, mejor dicho, un yo que sabe poner la técnica a su servicio, lo que denota la instalación de un sujeto supuesto saber de connotaciones fuertemente imaginarias, tan fuertes que para sostenerlo se debe llamar a abogados, periodistas, psicólogos y psicoanalistas (¡?). 3) Se da a entender que estaría mal que el analista obtenga un beneficio económico, con lo que retorna la condena moral al dinero.

Dice el psicoanalista Gabriel Jure en la misma nota: “Hay casos en que la formación del analista es seria pero no da los resultados esperados. Es necesario tener cierta salud mental, ser una persona de bien, algo fundamental para esta práctica categóricamente humana.” Agregan los periodistas: “A Abadi no le faltó formación sino, precisamente, ser una persona de bien.”
Retorna con estos dichos un viejo debate en torno a la formación de los analistas. Si estos operan desde la técnica o desde el ser. Jure cree que la formación analítica se confirma como buena si da los resultados esperados, o sea, que piensa que se pueden anticipar los resultados y que los mismos estarían garantizados por el ser de la persona cuando este ser es de bien.
Yo, a diferencia de Jure, pienso que cuando un analista tiene una formación seria queda mínimamente advertido de que 1) el único ser que existe es el del goce del objeto, en el caso de la nota que nos ocupa, las heces, metaforizadas por el dinero; 2) que dicho objeto es un bien que se puede atesorar, desechar e intercambiar y que cuando se metaforiza en dinero incluso regula gran parte de las relaciones sociales; 3) que el analista opera desde el semblante con lo que evita hacer consistir al ser; 4) que en el presente caso la fascinación por el objeto heces = dinero parece haber llegado a tal punto en todos los involucrados, que impidió poner en funcionamiento al discurso analítico para poder extraerle al objeto el S1 que posibilitara, al vaciarlo del ser, hacerlo funcionar como causa del deseo; 5) que la nota en la revista parece ser un acting out colectivo por identificación histérica con la querellante en el que se exhibe el objeto del odioamoramiento con una vestidura tal que pueda ser presentado en sociedad; 6) que lejos de haber caído la transferencia se consolidó imaginariamente instalándose a Abadi como el sujeto supuesto saber… estafar; 7) que se recurre a la justicia para poder barrarlo simbólica e imaginariamente, no realmente, lo que hubiera producido la caída del objeto. Por eso resulta necesario la colaboración de periodistas, psicólogos y psicoanalistas (¡¡??) que garanticen que se trata de hacer justicia y no que la misma, como bien lo sabía Winnicott, es vehículo de venganza para hacer mierda (otra vez el objeto) al acusado (¿o excusado habría que decir?).
La querellante, sus abogados, los periodistas y psicólogos necesitan hacer confluir el objeto a con el Ideal (hacer mierda = hacer justicia), es decir, que hacen psicología de masas. Esto no tiene nada que ver con el psicoanálisis.
Basándome en estos argumentos me animo a afirmar que allí no hubo análisis ni analista. De administrar las heces que se encargue la Justicia.

Artículo publicado en www.psyche-navegante.com nº 74

miércoles 18 de noviembre de 2009

Lógicos pases mágicos

Tema: Texto de la presentación del libro “El día que Lacan me adoptó” de Gérard Haddad (Ed. Letra Viva) realizada en la feria del libro de Buenos Aires, el 24 de abril de 2006.

Si había alguien que parecía no encajar del todo aquella soleada tarde de febrero, era yo. Me encontraba en la encantadora playa de Ipanema, absorbido no por las bamboleantes caderas de una garota sino por la lectura de un libro que había encontrado husmeando en una librería carioca pocas horas antes. La lectura del mismo se continuó casi de corrido en el avión que tomé esa noche para volver a Buenos Aires y dar por terminadas mis vacaciones. Se trataba de “O dia em que Lacan me adotou” de Gerard Haddad.
Desde que me introduje en los sinuosos caminos del psicoanálisis me atrajeron los testimonios que los analizantes hacían intentando dar cuenta de lo que había sido su pasaje por el “diván”, dicho simbólicamente ya que algunos no necesitaron acostarse en uno para llevar a cabo un análisis. ¿Será acaso porque, como decía una colega, los analistas somos chismosos de barrio sublimados? Smiley Blanton, Margaret Little, Pierre Rey, Jean Guy Godin son algunos ejemplos. Claro que en aquel entonces dar testimonio no se había convertido aun en una suerte de ritual por el que se podía obtener otra suerte de título de posgrado, como pasa hoy día en algunas instituciones. No en todas, ya que hay colegas trabajando seriamente sobre la cuestión del pase.
No encontramos en la obra de Jacques Lacan historiales clínicos ni relatos de casos. Supongo que no le atraía el método, tal vez porque pensaba que el relato podía ser rápidamente banalizado, generalizado, tomado como ejemplo a imitar, que de hecho es lo que a veces pasa respecto de ciertos relatos que se fueron filtrando. En su lugar, Lacan apostó al trabajo riguroso de la invención teórica, con el cual se la pasaba pasando el pase, como solía decir.
Y aparecieron los relatos de algunos analizantes, que pueden ser leídos no solo como casos clínicos. Pierre Rey y su análisis cara a cara durante diez años nos muestra lo inapropiado de intentar definir un análisis por las invariantes del encuadre. El encuentro de éste con una paciente de Lacan que había intentado suicidarse arrojándose por una ventana nos dice que la pasión de Lacan por el psicoanálisis no se hallaba domesticada por su fama, su dinero y/o su prestigio.
Pero volvamos al libro que nos convoca hoy. En él vamos a encontrar un Lacan que no se privaba de telefonear a la madre de su paciente. De tomar en análisis a la esposa, cuando el análisis de esta con otro analista había fracasado, alojando de esta manera en la transferencia los graves conflictos matrimoniales que tenían. Interpretar en un baño público mientras orinaba. Maniobrar con el tiempo y frecuencia de las sesiones, la sala de espera, los honorarios, en fin, practicando el psicoanálisis con vitalidad, muy lejos de la imagen obsesiva del analista que se ha impuesto en el imaginario colectivo. Por supuesto que esto podrá servir para que algunos piensen que tienen que hacer lo mismo. Citémoslo a Lacan a modo de advertencia: “Soy un payaso. Tómenlo como ejemplo, ¡y no me imiten!”. También todo esto podría servir para que a alguien como André Green se le ocurra acusarlo de perverso, ya que no es impensable que el analista se sienta llamado a tener que sostener algún orden moral. De hecho, a diario suele recibir demandas en ese sentido.
El suicidio de Lucien Sebbagh, enlazado a lo dicho en Televisión: “Sepa solamente que he visto cómo esa esperanza, ese porvenir luminoso llevó a gente que estimaba tanto como lo estimo a usted, al suicidio”, muestra lo que pensaba Lacan respecto a lo que les podía suceder a aquellos que se quedaban aferrados a los ideales. El acto analítico opera separando al Ideal del objeto para relanzar el deseo y reorganizar los goces. Además nos transmite, como decía Wladimir Granoff, que la de psicoanalista, es una profesión riesgosa.

Haddad relata que había concurrido al consultorio de Lacan luego de una noche “particularmente penosa, dividida entre sueños agitados y horas de insomnio. Por eso, dice, mi sesión del día siguiente comenzó con estas palabras:
“¡Pasé una de esas noches!” (J’ai passé une de ces nuits!)
Lacan le contesta:-¿Qué? ¿Cómo? ¿Usted está con leucemia? (Vous avez la leucémie?) Homofonía en francés.
Lacan pronunció esas palabras como si hubiesen sido arrancadas de la somnoliencia de su tarde. Qué bicho le habrá mordido? Yo nunca había hablado de leucemia! Protesté.
“Bueno, hasta mañana!”, lo despidió Lacan.
Haddad cuenta que salió aturdido de la sesión. Se le imponía la idea “tengo leucemia”. Como estaba cercano a uno de los exámenes cruciales en su carrera de médico, se metió de lleno a estudiar hematología y más específicamente, las leucemias. Unos días más tarde se dirigió a rendir el exámen sin haber estudiado prácticamente otra cosa, y para gran sorpresa le tocó en el sorteo concurrir a darlo en el servicio de hematología. Aprobó con soltura el mismo y fue a lo de Lacan a comentarle lo ocurrido.
“Sabe, me tocó leucemia, me tocó leucemia en las pruebas clínicas. Es magia!”.
Lacan dejó entonces su mutismo para soltar estas pocas palabras que para mí permanecerán para siempre enigmáticas, dice Haddad:
“No se trata de magia sino de pura lógica”
Ahora bien ¿A qué lógica alude lo dicho por Lacan? ¿De qué lógica se trata en el psicoanálisis? No de la de la conciencia que cree saber lo que hace y hacia donde se dirige, sino de aquella que encadena los significantes en forma de saber. Y cuando digo significantes no me refiero solo a las palabras sino también a gestos, acciones, etc, pero solo aquellos que representan a un sujeto para otro significante. Esos que no dependen de ninguna voluntad sino que aparecen una y otra vez en un movimiento que Lacan llamó automatón. Pero esta lógica de la repetición no se limita a traer los elementos ya constituidos, ya que dicho movimiento se halla impulsado por el real que los significantes no logran recubrir. Es así que en su núcleo más íntimo se halla lo más extraño. Y es la tyché, ese encuentro entre azaroso y calculado, la que permitirá que un significante nuevo se inscriba, agujereando lo real y reanudando la estructura real, simbólica e imaginaria del hablante. Esto sucedió en la interpretación que hace Lacan. La repetición significante causada por lo real (el exámen) produce por medio del equívoco homofónico un significante nuevo. El azar del sorteo, una nueva tyché, resignifica el significante leucemia abriendo un nuevo campo de significación. La interpretación sorprende a ambos partenaires, ya que se produce inconcientemente, sin cálculo previo, al modo de la palabra impuesta. Podríamos decir que ahí el inconciente no es ni del analista ni del analizante, sino que se produce entre ambos, en lo que Winnicott llamaría un espacio transicional. Ese trabajo en transferencia algunos lo llamaron comunicación de inconciente a inconciente.

De Túnez a Francia, del Africa negra a Israel, de la política a la religión, de la agronomía a la medicina y de allí al psicoanálisis, el viaje de Haddad habla de pases y pasajes, de impotencias e imposibilidades. De la angustia, de la muerte y el sexo, de la formación analítica, de los vericuetos del mundillo psi. No es un libro teórico pero su relato no deja de invitar al analista a repensar cuestiones nodales de la teoría y de la práctica.

El impacto que me causó la lectura de este libro, en aquella versión portuguesa, me llevó a escribir un comentario publicado en la revista Psyche Navegante (nº 60), en el que me preguntaba porqué no se había publicado aun en Argentina, donde seguramente se iría a vender muy bien. Además, por aquel entonces mantuve unas charlas acerca del libro con Sergio Rodríguez. Grande fue mi sorpresa cuando el viernes pasado escuché en el contestador automático de mi teléfono un mensaje de Sergio avisándome que me iban a llamar de Letra Viva para invitarme a venir aquí. Y más grande cuando hablando con Raimundo Salgado, dueño de la librería, me comenta que él no sabía que había sido yo el de la idea de publicar el libro. Idea que había pasado a través de Sergio a Raimundo. “Pues yo tampoco lo sabía”, le contesté recién enterado de la cuestión. ¿Las casualidades? hicieron que un panelista no pudiera venir y por esta falla me llegó la invitación a mí. Con Lacan podríamos decir que fue una cuestión de pura lógica. De esa lógica que se escribe con lo fallido, lo olvidado, lo soñado. Uno nunca sabe bien lo que está haciendo. Dicen por ahí que los caminos del señor son insondables. Aprovecho entonces para agradecer a Raimundo y a Leandro Salgado por hacer que, de París a Buenos Aires, vía Río de Janeiro, este libro-carta llegara a destino haciendo que la letra viva.

Publicado en Revista Imago y www.psyche-navegante.com nº 74

El otro, uno mismo

En un cuento titulado “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, Borges relata la historia de un hombre que perseguido por haber apuñalado a otro es atrapado y enrolado en el ejército para servir en la frontera. En ocasión de acorralar “a un malevo, que debía dos muertes a la justicia”, la partida de Cruz se trenza en lucha con el prófugo. Escribe Borges sobre el protagonista que “mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepís, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados, junto al desertor Martín Fierro.”

Borges nos dice en el cuento que “cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. No podemos asegurar que efectivamente ese momento sea uno solo, ni que sea para siempre, pero en todo caso seguro que no son muchos. Por lo menos no aquellos en que un sujeto se ve confrontado con alguna verdad que lo interpela desde lo más íntimo de sus entrañas, y ante la cual sepa estar a la altura de aquello que lo reclama. Para que este saber del que nos habla el escritor no resulte vano, debe acarrear consecuencias. Estar a la altura de lo que se llegó a comprender, como en el caso de Cruz, implica llevar a cabo un acto que se apropie de ese destino. Un acto que muestra que de lo que se trata sobre todo es de un saber hacer. Lacan hablaba del acto como de una forma de suicidio, ya que como en el cuento, dar el salto y despojarse de las vestiduras que a uno lo identifican con un grupo de pertenencia, cualquiera sea, son una misma cosa. Aquello que hasta ese momento sostenía las certezas acerca de nuestro ser, se pierden. Este suicidio parecería consistir en dar muerte a una parte de sí mismo, que no es tal.

Solemos ver ilustrado este momento en la literatura o en el cine mediante el encuentro de un personaje con una suerte de doble. Un otro que le presenta al protagonista aquello más íntimo que él desconocía. Podemos pensar que las personas más importantes con las que uno se relaciona en la vida son aquellas capaces de portar este “objeto”. Su apariencia sirve de soporte para alojar allí lo más preciado de uno mismo.

La película “Vengar la sangre” de Steven Soderbergh, relata la historia de un padre que desea vengar la muerte de su hija. Este padre, recién salido de la cárcel, mientras intenta localizar al responsable del asesinato va recordando escenas de su vida. Una en particular era el juego (pero no tanto) que llevaba a cabo con la niña. Cuando él se hallaba previo a realizar algún atraco, ella lo amenazaba, teléfono en mano, con llamar a la policía. El sabía que ella no lo haría. La última vez que fue detenido y encarcelado, ella le dijo que esta vez ya no lo esperaría. El juego había terminado. Y así ocurrió. Se marchó a vivir a otro país con un hombre que finalmente la mataría.

En el momento en que este padre logra tener al hombre a sus pies listo para matarlo, le pide que le hable de Jenny. El otro, temblando de miedo, le relata que ella había descubierto sus negocios (era narcotraficante) y que lo amenazaba con llamar a la policía. Descontrolado, él la había matado. En este momento, Wilson cambia de parecer y se marcha de allí sin ejecutar la venganza. Reconoce en el otro su propio deseo: matar a su hija para matar al padre que hay en èl. Al padre que aún quiere seguir jugando el juego. Ya no necesitó matarlo porque en ese instante murió su otro. Se desprendiò del goce de ser-padre que lo mantenìa preso hasta ese entonces. El sujeto se partió, separándose de sí mismo. Ganó una cierta libertad dada por esta pérdida de sí. En este caso el acto consistió en abstenerse de llevar a cabo una acción.

Retomando la relación entre acto y muerte, pareciera que el primero enfrenta al sujeto a la segunda, posibilitando la realización de un duelo por la pérdida de una porción de goce. Lo que muere, o mejor dicho que sufre un cambio en el sujeto, es una modalidad de goce, de satisfacción pulsional. Ya no puede seguir gozando como lo hacía hasta ese momento, porque el entorno no responde a ello (ej: la muerte de un ser querido), porque ello lo angustia o simplemente ya no lo disfruta más. En este sentido se produciría una modificación en la economía libidinal del sujeto, acompañado de un reposicionamiento del mismo en relación a su deseo, es decir, la apertura de nuevas vías pulsionales, liberadas de tener que satisfacer algún ideal. Ideales estos , que pueden adquirir múltiples vestiduras tales como la justicia en el caso de Tadeo Isidoro Cruz, o ser padre, en el de Wilson.

Publicado en www.psyche-navegante.com

De halcones y palomas. Análisis de un síntoma hollywoodense

Tema: “La caída del halcón negro”, de Ridley Scott: una película que devela, a pesar suyo, la lógica de la guerra después del atentado a las torres gemelas.

“Grita y suelta a los perros de la guerra”
William Shakespeare

Que un director talentoso como Ridley Scott desperdicie su enorme capacidad en producciones como la que aquí estamos comentando, es algo que nos duele y nos defrauda. Mas, el sentimiento de haber sido estafados no nos impide leer en esta película la verdad que allí se medio-dice, al modo del síntoma. ¿Qué quién la dice? Nadie en particular, pero si la maquinaria de hollywood sirve de vehículo es porque dicha verdad afecta a más de cuatro, que fue el número de nominaciones al oscar que tuvo.
La película inscripta dentro del género bélico, presenta algunas particularidades. Basada en un hecho real, relata la incursión de las fuerzas especiales del ejército norteamericano en Somalia en 1993. Durante los hechos un helicóptero (Halcón Negro) es derribado en plena ciudad y un grupo de soldados resultan acorralados por una multitud que solo quiere verlos muertos.
La película narra la odisea de estos hombres intentando romper el cerco para volver a tierra segura. Una peculiaridad de este film reside en que a diferencia de otros del mismo gènero no puede ser agrupado ni dentro de aquellas que muestran el horror de la guerra, ni entre las que glorifican la hazaña bélica. De hecho la operación militar terminó siendo un desastre total.
Lo que si aparecen maniqueamente establecidos son los buenos y los malos. Los malos son los africanos, más parecidos a los negros que se pueden ver caminando por Manhattan que a cualquier habitante de aquel desolado continente, quienes solo tienen sed de sangre; y los buenos son americanos, quienes aunados en torno a la misión que deben cumplir, no se alteran en ningún momento. Por ejemplo, a pesar de estar a punto de ser acribillados por una turba, ellos se cuidan prolijamente de no disparar sobre hombres desarmados, mujeres o niños. Los jefes parecen preocuparse tanto por sus hombres, que al lado de ellos la baby-sitter de mi sobrino parece drácula.
El espectador asiste durante el film a presenciar como a la caída del “halcón negro” le sucede la aparición de estos “soldados-palomas blancas”. Y como no podía ser de otra manera las palomas deben huir a pesar de su valentía y buena voluntad. Hollywood dice lo que cualquiera sabe: la guerra no se gana con palomas.
La película pareciera haber anticipado lo que pasaría después del atentado del 11 de setiembre a las torres gemelas. Sólo hacía falta un Bin Laden para que los halcones retomaran vuelo, sobre los cadáveres de las palomas neoyorkinas.
George Monbiot, periodista de “The Guardian”(1) realizó una crítica comparando lo que muestra la película y lo que sucedió en la realidad. Afirma que esta historia de americanos buenos contra africanos malos es la “historia que el pueblo estadounidense necesita contarse”. Esta interpretación que realiza el periodista inglés si bien no es incorrecta deja de lado lo más importante del asunto. Creemos que debido a ciertos prejuicios, él los ve como halcones que necesitan verse a sí mismos como palomas, escapándosele lo que se puso de manifiesto una vez más después del atentado a las torres: la determinación de ese pueblo a poner en juego a sus halcones más negros cada vez que su seguridad se vea amenazada, sin importar las consecuencias que ello pueda acarrear a terceros. Y olvidando que las palomas suelen gozar viéndose a sí mismas (y haciéndose ver por los otros) como feroces halcones, aunque más no sea para poder pensar que en el fondo son inocentes palomas. Lo que nos advierte acerca de la peligrosidad de estos plumíferos. Ya que los halcones necesitan del miedo de estas para sostener su vuelo. Claro que, lo que no advierten los que se ubican en este lugar es que, como pasó en Pearl Harbour (2) (y quién sabe sino también el 11 de setiembre), las palomas terminan siendo víctimas de los halcones a los que alimentan.

(1) Publicado en Página 12 el 14 de marzo de 2002.
(2) El presidente de los EE.UU supo con anticipación del ataque japonés y no hizo nada para evitarlo. Dicho ataque fue el motivo que le permitió a los EE.UU. entrar en la 2da guerra mundial.

Publicado en www.psyche-navegante.com

lunes 16 de noviembre de 2009

Torito en rodeo ajeno

Tema: El caso del empresario que asesinó y robó para que lo mataran.

El 1º de octubre de 2006 el diario Clarín publicó, en la sección Policiales una nota titulada “El extraño final del empresario que terminó su vida como ladrón”, contando la historia de Alfredo Novoa, “El Tano”, quien supo estar “al mando de uno de los mayores emporios de la carne en la zona” de La Plata y Cañuelas.
No nos resulta tan extraño como al periodista que los significantes empresario y ladrón se confundan y hasta lleguen a reemplazarse, ya que ambos tienen como objetivo la apropiación del dinero ajeno. Incluso podríamos arriesgarnos a decir que gran parte de la actividad laboral de los humanos consiste en ingeniárselas para sacarle el dinero a los otros.
Pero más allá de estos detalles académicos, podemos rastrear los vericuetos de este caso particular en las pistas que nos deja la nota del matutino. Cuenta que “(El Tano) En su momento llegó a manejar 26 frigoríficos y una red de transporte de ganado. El negocio había sido levantado por su padre, José Novoa, un duro que tenía debilidad por las carreras y que se vanagloriaba de haber actuado en “La guerra gaucha”. Le decían “Pepe Guerra”, se lo vinculaba con Alberto Samid, y lo rodeaban mil anécdotas. “Era capaz de matar un caballo con un hacha de mano y hacerlo chorizos. Con los tipos que no le caían bien, hacía lo mismo”, lo describía su nieto José.” Pareciera ser que a este machazo lo único que le caía bien de los tipos era el chorizo.
Alfredo había estado casado 21 años con Marta Scarfo, quien había ingresado a trabajar a la empresa hasta quedar a cargo de las finanzas.
“En la madrugada del 14 de marzo de 1993, a los 40 años, Marta apareció
muerta en un camino vecinal de Cañuelas. La habían matado a golpes y la habían quemado, para luego pasarle por arriba con un auto. Estaba vestida de noche, con una camisola que presentaba agujeros aún hoy inexplicables.
Rubén Ernesto Scarfo, hermano de Marta, se presentó enseguida ante los investigadores. Y contó que durante la madrugada, “El Tano” Novoa lo había ido a ver para decirle: “Maté a tu hermana. Andá a buscarla a lo de Cacho (dueño de un campo), que está tirada atrás de los pastos, a mil metros de la tranquera.” La mató a golpes como solía matar el padre. La quemó (¿intento de cocinarla para comerla?), pero a Marta le faltaba el “cacho-chorizo” apetecido por su padre, lo que la condenó a ser puro deshecho sin nada apetecible, por lo que la dejó tirada en el campo como a una vaca muerta.
“La orden de captura contra Alfredo Novoa partió de inmediato. Pero el empresario había sido más rápido. Para entonces, ya estaba prófugo en el Paraguay.”
Hasta aquí podemos ver que el padre de Alfredo se había armado una profesión metonímica de la matanza del ganado. La leyenda cuenta que mataba a algunos animales él mismo y lo mismo habría hecho con algunos hombres. Ese mismo saber hacer con la violencia le había hecho ganar fama de hombre duro y respetado-temido por sus pares e idealizado por su hijo, quien le puso el nombre de su padre al vástago. La admiración con que su nieto describe al abuelo podemos apostar a que fue transmitida por el padre. El mote con que se lo conocía daba cuenta de esta fama: Pepe Guerra.
Muerto el padre, la viuda quedó viviendo en la casa de Esteban Echeverría, barrio que lleva el nombre de el autor de “El Matadero”. No sería muy forzado pensar que la madre de Alfredo debería ser la vaca en el matadero.
Atrapado por las fuerzas legales y llevado a juicio Alfredo se defendió echándole la culpa a su padre muerto: “Escapé porque si no tenía que decir que mi papá había matado a mi mujer”, les contó a los jueces , en una declaración en la que hasta se dijo adicto a las drogas. “A mi mujer siempre la amé. A mi padre siempre lo quise, pero le tuve terror”, agregó.
“El Tano” lloró. Juró que la noche previa al crimen fue con su esposa a un asado en un stud de La Plata donde su padre “arreglaba” carreras de caballos. Dijo que “Pepe Guerra”, como solía hacer, exclamó al verlo: “Ahí viene el cornudo”. Y que a continuación le anticipó: “Ahora voy a hacer con esta puta lo que vos no te animaste en 20 años”. Luego, señaló, su papá acusó a Marta de despilfarrar dinero de la empresa, la subió a un Fiat Uno turbo y se la llevó rumbo a su muerte.
Podemos conjeturar que el deseo del Tano era ser un toro para poder gozar con las vacas, pero la fascinación de su padre por los chorizos y el desprecio por su mujer a la que dejó en el matadero, le volvieron difícil la adquisición simbólica de los blasones masculinos. Solo pudo obtener del toro los cuernos y gozar a su mujer en el campo del amor, que al funcionar como formación reactiva al odio lo dejaba impotente y sometido. El pasaje al acto criminal lo empujó a realizar el deseo reprimido del padre, matar a la esposa, a la que no pudiendo gozar clavándole el pene, solo pudo hacerle en activo lo que venía sufriendo pasivamente: le clavó los cuernos realmente, matándola.
Alfredo, que de toro sólo parecía tener los cuernos que le ponía la puta de su esposa, tal vez alucinó la voz del padre que le ordenaba matarla. Tal vez sólo así pudo gozar de esos inexplicables agujeros en la ropa, metonimia de los agujeros corporales con que gozaba ella cuando le metía los cuernos con algún toro de verdad.
Durante un permiso para visitar a su madre, Alfredo escapó por los fondos de la casa y se fue a vivir con su segunda mujer, Patricia, a la que había conocido antes de caer preso. En abril de este año compró pasajes para irse con ella a vivir a Madrid, pero el día que debían tomar el avión se ausentó temprano diciendo que iba a tomar un café con unos amigos. Pese a no tener necesidades económicas, a la salida de un banco, asaltó a la abuela de un suboficial de la policía, quien lo mató de cuatro tiros.
En vísperas de escapar a donde supuestamente podría disfrutar de la vida con su mujer y sin vivir perseguido por la ley, se hizo matar en una vulgar salidera. Querer extraerle el dinero a “la vieja”, objeto de goce de la puta (no olvidemos que su primer mujer era la encargada de las finanzas), lo dejó encerrado en el matadero, donde el torito fue penetrado cuatro veces por las balas del policía que seguramente le agujerearon la ropa igual a como él le había hecho a la puta. La desesperación por castrar imaginariamente a la vieja, extraerle el falo-dinero, le impidió poder salir del matadero para gozar del suyo (dinero-pene) con su esposa.

Publicado en www.psyche-navegante.com

miércoles 14 de octubre de 2009

Razones y emociones cruzadas por el psicoanálisis y la neurobiología

Los avances en la investigación neurobiológica han dado por tierra con la creencia en la especificidad neuronal, es decir, en que determinado conjunto de neuronas estarían predestinadas genéticamente a procesar determinado tipo de información, y han descubierto que el sistema neuronal y más específicamente el cerebro se comporta como un entramado de múltiples vías a través de millones de conexiones neuronales denominadas sinapsis cuya formación, desarrollo y muerte, condicionados por el intercambio con el medio, se produce a lo largo de toda la vida. Han confirmado también que las experiencias vitales más importantes son las de la infancia y la adolescencia, que establecen lo que Freud llamaba vías de facilitación, circuitos neuronales por donde tienden ha circular los estímulos eléctricos y químicos.
El neurobiólogo Antonio Damasio conjeturó la existencia de representaciones disposicionales en el cerebro que son circuitos facilitados que van a ser la base neuronal a partir de las cuales se formen las imágenes que van a dar contenido a los pensamientos. Dichas representaciones disposicionales se ven perturbadas en forma continua tanto por los estímulos externos que llegan a través de la vías perceptivas como por los marcadores somáticos que organizan los estímulos del cuerpo profundo, a su vez influído tanto por la herencia genética como por los estímulos externos. La evidencia neurobiológica confirma que para el ser hablante no existe un límite claro y definido entre un adentro y un afuera de su cuerpo sino mas bien un movimiento de retroalimentación permanente. Este caos de estímulos adquieren una organización básica en la infancia, a partir del cuidado de quienes ejercen la función materna y quienes facilitan la inscripción del nombre del padre, instalando una rutina de goces corporales en la criatura. Dicha rutina dará lugar al establecimiento de cierta legalidad en el caos y como efecto de ello resultará la constitución de la estructura por el anudamiento de las tres dimensiones de lalengua articuladas por el objeto a y su correlato neurobiológico dado por la articulación de las representaciones disposicionales y los marcadores somáticos.

En un artículo publicado en Clarín[1], Facundo Manes, Director del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro, plantea la influencia que tienen las emociones en la toma de decisiones, cómo influyen en los procesos racionales. Ello lo lleva a concluir no sin razón que “la noción de que somos seres conscientes, con el poder de realizar nuestras propias elecciones en la vida ha sido cuestionada.” Esta afirmación coincide con lo propuesto por Freud hace más de cien años. La pregunta que subsiste al planteo de Manes es ¿debemos suponer que las elecciones sólo pueden ser conscientes? Diferentes estudios neurobiológicos han detectado algo comprobable en la experiencia psicoanalítica: que la conciencia se entera de que se va a hacer algo cuando ese algo ya fue hecho. Es por un efecto de retrosignificación que el yo se forma consolidando el registro imaginario. La síntesis organizativa se realiza para ordenar el caos desatado por una acción. Acciones que obedecen al empuje de las pulsiones modeladas por las demandas del Otro primordial y que se satisfacen de acuerdo a la legalidad fantasmática establecida básicamente en la infancia como fue descrito más arriba. Si creyéramos que por no haber conciencia previa a lo realizado seríamos absolutamente ajenos respecto de la elección de lo hecho, concluiríamos necesariamente que los seres hablantes funcionamos regidos por automatismos. Es cierto que una parte importante de nuestras conductas obedecen a esta lógica destinada a intentar preservar el más o menos frágil equilibrio logrado en los primeros años de vida. Es lo que le da tono a lo imaginario, es decir, a nuestra debilidad mental como decía Lacan.
La práctica analítica descubrió por medio de la asociación libre que los automatismos equilibrantes son una parte del automatismo significante. Al dejar hablar sin interrumpir al paciente e instándolo a que no calle nada de lo que piensa se termina verificando que en realidad habla más de lo que piensa. En este punto se verifica lo que todo psicótico que padece alucinaciones auditivas experimenta: que más que hablar, somos hablados. La inscripción eficaz del nombre del padre en la estructura es uno de los elementos principales que, organizando lo simbólico a través de precipitar la significación fálica del deseo, dan forma al registro imaginario funcionando como límite al automatismo significante. Uno de los efectos que la consistencia imaginaria produce en el ser hablante es el desconocimiento de la condicionalidad lenguajera de la estructura y la tendencia a pensar que se decide concientemente.
Otras personas, a las que se suele denominar actuadoras, carecen de la capacidad de poner límite al automatismo significante una vez disparado. Suelen caer más o menos frecuentemente en conductas compulsivas. En ellas el significante no funciona como causa final. Su goce pulsional se desata a partir de una demanda y su accionar compulsivo verifica una imposibilidad de estructura: aquella no encuentra nunca un objeto que la satisfaga completamente. Su desesperación actuadora busca erigir un objeto nuevo ante la aparición de la primera señal de una falta en el objeto. Allí los significantes se tornan reales, traumáticos. El objeto de consumo (droga, sexo, violencia, ropa, etc.) positivizado, fetichizado, tapona la carencia, que como objeto a, causa el deseo anudando la estructura y poniendo en juego goces de diferentes texturas, que facilitando el lazo social favorecen la subjetivación de la misma.
La subjetivación de la estructura se logra como efecto de los actos, que no son ni las acciones rutinarias que sostienen al yo en la vida cotidiana ni la desaforada actuación compulsiva arrasadora de lo imaginario. Causados por la carencia en ser del objeto a, que articula las rutinas de goce que nos habitan desde la infancia, es decir, por las zonas de falla de dichos goces, los actos dan cuerpo al deseo, que inconsciente, se decide en nosotros para inscribir en esa falla un significante que nos nombre agujereando lo real, reanudando la estructura y reposicionando por añadidura al yo, que al modo de quien llega tarde al cine se acomoda en la butaca que quedó vacía.
Si bien estos actos no son concientes y por lo tanto no obedecen a fines, ya que quienes los llevan a cabo ignoran sus consecuencias, por eso Lacan hablaba del horror al acto, no son por ello irracionales. Obedecen a una lógica significante, que alimentada por el rumor indiferenciado de lalengua, que combina[2] estímulos “internos” y “externos”, traza en él un corte, que es sujeto, produciendo allí un significante diferenciado con el cual hacerse representar ante los otros significantes de la cultura.
La limitación de la razón a la conciencia que le impone Manes lo lleva a llamar emocional a toda conducta que no obedezca a fines, determinados por el ideal de la cultura habría que aclarar. Por ejemplo, las decisiones que no fueran producto de un análisis de la relación costo-beneficio. Eso lo lleva a afirmar “que las emociones pueden anular el pensamiento lógico”. Lo que habría que agregar con Antonio Damasio es que también lo pueden potenciar. ¿Porqué? Porque la razón ajustada a fines es la cobertura imaginaria de la pulsión, respuesta a la demanda que vehiculiza el ideal de la cultura. Tomar decisiones calculadas fríamente implica intentar adaptarse a dicho ideal, lo que se paga “ignorando” lo que pulsa desde el cuerpo profundo, perturbado por el rumor de lalengua actual y de generaciones anteriores que precipitaron en la herencia genética. Ignorar las condiciones que la erótica del cuerpo pone a la razón para desear y gozar anula el escaso margen de libertad que el deseo inconsciente vehiculiza a aquel que no retrocede horrorizado.
Veamos la experiencia de laboratorio que relata Manes. Se trata del “juego del ultimátum, en la que dos personas tienen una oportunidad de dividir $ 10. Una persona A ofrece una parte del dinero para el “receptor”. Si éste acepta, ambos reciben el dinero en la forma propuesta; si el receptor rechaza la oferta, nadie recibe nada. Teorías económicas asumirían que A debe siempre ofrecer un peso o un mínimo de cantidad y que el receptor debe aceptar siempre, prefiriendo recibir un peso antes que nada. Sin embargo, estudios psicológicos han demostrado que el receptor prefiere perder todo antes que aceptar una oferta que considera injusta.”
El relato de este experimento se alinea con lo que veníamos planteando. La pulsión no tiene un objeto fijo predeterminado. Los objetos con los que se satisface parcialmente en su recorrido se articulan con las vestimentas que les aporta el fantasma conformado en la infancia. El fantasma es una respuesta a la demanda que articula a la pulsión con el deseo. Los objetos capaces de sostenerlo se articulan metonímicamente a la falta en la madre, es decir, a su deseo. De ello dan cuenta los celos y las rivalidades tanto con el progenitor que aparezca como tercero como con los hermanos y sus derivados. Es por eso que el hombre que recibe un porcentaje variable del dinero entregado no va a decidir aceptarlo de acuerdo a “sus necesidades económicas” puras ni a una no menos pura noción de justicia como así tampoco necesariamente a un sentimiento empático pre-existente con el “socio”. La reducción del porcentaje de lo que recibe lo determinará a ocupar el lugar del que debe sacrificar su ganancia para aumentar la del otro, es decir, que lo están perjudicando, como se decía en otra época, que lo están gozando. Esto puede hacer que la simpatía vire rápidamente a su contrario. La negativa a seguir recibiendo dinero le pone un límite al empuje sacrificial del que es objeto.
La estructura de tres más uno marca el campo de juego: el que da el dinero, los dos que reciben y el dinero que como significante fálico circula entre los tres, aportando un plus de goce y significación a los participantes, ya sea por su tenencia o por su falta. La circulación del mismo en forma variable sostiene una falta de equilibrio en la estructura, una carencia que articula el movimiento identificatorio de los participantes. La tendencia lineal a reducirle las ganancias a uno coagula los goces en juego fijando a uno al brillo fálico del ganador a expensas del otro que se ve reducido a la función de sostener la ganancia del primero. No importa la cantidad que él reciba, el porcentaje ínfimo lo significará como el perjudicado. Negarse a seguir recibiendo dinero es un intento de vaciar el lugar de objeto degradado en que éste significante lo ha convertido para desarticular la trampa especular en la que ha caído y relanzar el deseo hacia goces que no lo dejen desechado. Este acto es real, no puede decidirse comparando costos y beneficios y sus efectos son solo apenas conjeturables. En el laboratorio no implica ningún riesgo pero en lo real de la vida no tiene garantías. Por eso Lacan decía que tomaba su certeza de la angustia. Retroceder frente al mismo mata al deseo y erige, en el mejor de los casos, un yo hipomaníaco que en su creencia de autonomía se consagra, al modo del perverso, a sostener el goce del Otro que no debería existir.

[1] Del 14 de junio de 2009.
[2] Al modo del cross-cap, objeto topológico que parece tener un adentro y un afuera pero que en realidad constituye una superficie continua.

Artículo publicado en revista Imago agenda de octubre de 2009.

lunes 28 de septiembre de 2009

La interpretación en psicoanálisis - Parte I

En el presente artículo pretendo ir cercando la cuestión de la interpretación en psicoanálisis, apoyándome en lo planteado por Lacan en tres momentos: en el Seminario VI, en el XI cuando trabaja los conceptos de alienación y afánisis y en el XVII en relación a los cuatro discursos.
En el Seminario VI hay una frase que dice así, "la situación del sujeto en el nivel del inconsciente, tal como Freud lo articula, radica en que no sabe con qué habla, y es preciso revelarle los elementos propiamente significante de su discurso". En esta afirmación aparecen dos conceptos que en Freud no estaban explicitados. Uno es el concepto de sujeto del inconsciente y el otro el de significante. Creo que son necesarios porque en Freud el yo, por ejemplo, es una noción que se muestra contradictoria. Por un lado es una instancia ilusoria, efecto del inconsciente, y por otro aparece como un lugar de toma de decisiones. Lacan va realizando un trabajo teórico en el cual va colocando al yo del lado de la ilusión, propia del registro imaginario y efecto de la articulación significante. El yo en Lacan queda definitivamente excluido de ser un lugar donde se toman decisiones.
El concepto de sujeto del inconsciente, a esta altura no está todavía despegado de este callejón sin salida freudiano. Porque si lo leemos con cuidado él dice: "Es preciso revelarle los elementos". Entonces podemos preguntarnos, ¿revelarle a quién? Al sujeto, pareciera decir Lacan, a un sujeto que estaría ahí. En ese sentido da la idea de que se trataría de otro yo, tal vez más verdadero, más auténtico. Me parece que el movimiento que está haciendo en ese momento es tratar de zafar de este lugar, que es en el que cae la corriente post-freudiana, al pensar en otro yo más auténtico al cual se le podría revelar algo del orden de una verdad.
Voy a tomar un cuento de Borges para ir trabajando en relación a la interpretación y tomando algunas de las cosas que dice Lacan en el Seminario VI. El cuento se llama: Biografía de Isidoro Tadeo Cruz. Cuenta la historia de un tipo, un malevo, de pocas pulgas podríamos decir, que en un entrevero ha matado a otro. Las fuerzas del orden lo siguen, lo acorralan y después de una terrible pelea logran reducirlo. La justicia lo condena a purgar su pena sirviendo en el ejército en la frontera. La cuestión es que en determinado momento él, ya formando parte de una patrulla y ostentando cierta jerarquía, se encuentra en una situación inversa a la que ya había vivido. Va persiguiendo a un delincuente que había matado a un par de personas hasta que lo acorralan. Veamos como cuenta Borges el momento en que se produce este encuentro: "Cruz y los suyos cautelosos y a pie, avanzaron hacia las matas en cuyas honduras trémulas acechaba o dormía el hombre secreto. Gritó un chajá. Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya ese momento. El criminal salió de la guarida para pelearlos. Cruz lo entrevió, terrible. La crecida melena y la barba gris, parecían comerle la cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea, básteme recordar que el desertor malhirió o mató a varios hombres de Cruz. Este, mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad) empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepí, grito que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados, junto al desertor Martín Fierro.”
Hay tres puntos que me interesa señalar en relación a lo que decía Lacan sobre revelarle los elementos significantes del discurso al sujeto y el momento que relata Borges en este cuento.
El primer punto que quería hacer notar es, que se trata de un encuentro, un encuentro con un significante, en este caso “lobo”, podríamos decir. El sujeto se encuentra con un significante que tiene que ver con algo muy íntimo de él, que está en relación a los goces y al deseo. Lo interesantes es que a este significante que tiene que ver íntimamente con él, no lo encuentra por un ejercicio de introspección, sino que lo encuentra afuera. Esto me parece que muestra un rasgo de la estructura del ser hablante, que permite que un analista pueda intervenir en la de un paciente, a partir del punto de extimidad, donde el adentro y el afuera se confunden. El encuentro con el significante hace corte.
El segundo punto tiene que ver con el acto, porque este encuentro lo deja al sujeto a las puertas de un acto, que podrá llevarlo a cabo o no. Después más adelante, voy a tratar de afinar un poco más el lápiz, para ver de que acto se trataría cuando una interpretación es eficaz. Lo interesante también de este acto es que modifica la posición del sujeto, y además la relación que tiene éste con los otros, con la gente más cercana: el grupo de soldados pierde a un jefe y Martín Fierro se gana un compañero. Se puede ver como el avance de un análisis afecta no solo al paciente sino también a la familia, a las personas más cercanas, o a las tareas que realiza el sujeto, un trabajo o la carrera.
El tercer punto se refiere a las consecuencias que produce el hecho de que el sujeto pase al acto, esas consecuencias tienen que ver con la caída de identificaciones simbólicas e imaginarias. En el caso del cuento, me parece que está mostrado bastante bien cuando Borges relata como se quita el quepís y las jinetas.
Recordaba en relación a esto de como un análisis afecta a una persona y a su entorno, de una paciente que está de novia hace muchos años y se siente muy insatisfecha en esa relación que ya lleva diez años. El noviazgo aparece estancado, no se sabe si se van a vivir juntos o si cortan. Una situación de la cual ella se queja. A su vez, tiene una relación muy pesada con su familia, una hermana que está en la prostitución y los padres que prefieren no darse cuenta a pesar de las pruebas que hay a la vista. El análisis le empieza a develar que de alguna manera ella es cómplice en el sostenimiento del circo familiar. Esto la empuja a querer tomar la decisión de irse de la casa. La pregunta que se le plantea es para dónde se va. Tiene comprada una casa a medias con el novio pero no está segura de querer irse a vivir con él. Cada vez se acerca más a la idea de que tiene que tomar decisiones, y decisiones que realmente la angustian. Si se va de la casa, qué va a pasar en la relación con su madre, si se va o no con el novio, etc. La cuestión es que en determinado momento se pone a charlar con una amiga, y le empieza a contar lo que le pasa. La amiga que capta esto, le dice: ¡Qué lástima que justo ahora tuviste que empezar con el tratamiento! Me parece que la amiga captaba de alguna manera que el trabajo de análisis la iba situando a las puertas del acto, de empezar a tomar decisiones y eso a la amiga le daba lástima, ver la angustia que a la paciente le provocaba el tener que decidir.
El segundo momento que quería tomar son los capítulos del Seminario XI, que hablan de la alienación y la afánasis. Lacan plantea la alienación primero por el lado del ser y el sentido, va mostrando como ambos funcionan complementariamente, sosteniéndose entre sí como un todo. Esto uno lo ve muy claro con los pacientes que vienen identificados a un diagnóstico. Me acordaba de uno internado en un geriátrico, que había llegado en un estado deplorable. Los psiquiatras le habían diagnosticado depresión. Además parece que había tenido un intento de suicidio, entonces recibe un tratamiento médico, le dan un alojamiento y viene a las sesiones. El tipo empieza a mejorar, al poco tiempo ya tiene un aspecto de persona, que no tenía cuando llegó. Pero cuando se abordaba la posibilidad de que pudiera salir los fines de semana o que pudiera planear el irse del geriátrico, ya que tenía un departamento, jubilación, medios para irse; cuando llegábamos a ese punto el tipo decía: "no, yo no puedo porque soy depresivo, y los depresivos somos así, no podemos salir". El tipo con el diagnóstico había logrado tener una ganancia en ser, sostenida desde ése sentido, de que un depresivo no tiene deseos de salir, sino de quedarse adentro. Entonces él se queda porque es depresivo, y es depresivo porque no tiene ganas de salir. Se armaba así un círculo vicioso, sin salida.
Lacan cuando habla de esto ilustra las dos posiciones paradigmáticas de la alienación, la del amo y la del esclavo. Da dos fórmulas, una para el esclavo que sería "la libertad o la vida", y para el amo "la libertad o la muerte". En la primera el esclavo, si elige la libertad, pierde la vida, y si elige la vida va a tener una vida sin libertad. Para el amo lo único que puede elegir es la muerte, porque si elige la libertad muere igual. Lacan dice que la única libertad que tiene es la de elegir la muerte. Estas opciones presentan la noción liberal de la libertad, la que uno generalmente maneja en la vida cotidiana. Las elecciones quedan planteadas a nivel del yo. Pero, en realidad, son preguntas tramposas porque contienen un montón de afirmaciones implícitas, y cuando uno acepta las preguntas así como vienen ya queda entrampado, aceptando esas afirmaciones.
La chica de la que les hablaba antes, la que no se decide que hacer con el novio, un día me cuenta que él cada tanto le hace un planteo, que es el siguiente: "¿vos me querés para toda la vida o querés que cortemos la relación ahora? Ella cuando recibe esta pregunta queda confusa, le hace síntoma, no sabe que contestar, contesta con evasivas, dice que está todo bien, que no hay problema. Pero le molesta, le molesta tanto que viene un día y lo cuenta. Lo que le hago notar es lo que ella no se da cuenta o no quiere darse cuenta, es que en la pregunta hay algo implícito. Es algo así como que el amor tiene que durar para toda la vida. Porque es lo que le pregunta él, si lo va a amar para toda la vida. La opción es cortar la relación. Es impensable pensar que se puedan amar hoy y mañana no. En ese punto es interesante pese a quejarse del novio, y creerse muy diferente, burlarse de él, en realidad, en esa creencia, los dos están agarrados, y su relación está sostenida creo yo en gran parte de ahí, de ese lugar. Hoy justo teníamos una sesión con esta chica, y aparecía algo así en relación a esto, que ella se empieza a sorprender que hoy ya no siente lo que sentía en otro momento. Esto es lo que ella no puede soportar, que los sentimientos cambian, son bastante volátiles. Entonces vemos como el sentido generalmente aparece como engañador.
Lacan va a plantear que esta alienación entre el ser y el sentido encubre otra alienación más fundamental, estructural, que es aquella que sucede porque somos sujetos del lenguaje. Esto va a implicar que un sujeto nunca aparece por sí mismo, no se presenta tal cual es, sino que es representado por un significante para otro significante. Esta es la definición que da Lacan del sujeto, en el Seminario XI. Que sea representado entre dos significantes implica que en la medida en que el significante lo hace presente también lo hace ausente, o mejor dicho, que lo presenta en su ausencia, en su imposibilidad de ser representado en su totalidad, por lo tanto aparece dividido entre el S1 y el S2. El incluso va a decir que esa hiancia, ese agujero que hay entre los significantes, ese vendría a ser el sujeto del inconsciente, que aparece como efecto de la articulación significante y no como algo que está más allá del lenguaje. No ya como algo que está a priori al cual se le podrían ir a revelar las cosas, como decía en el Seminario VI. En este sentido el sujeto es real.
Entonces tenemos que en el discurso del amo, por ejemplo, uno podría leer la definición esa "el sujeto representado por un significante para otro significante", al que le agrega en el
lugar del producto el objeto a, que resta a esa relación. El S2 es el que por retrosignificación aporta el sentido. Lacan va a decir que esta función del S2 de dar sentido, va a producir la afánasis del sujeto, o sea que el sujeto va a quedar desaparecido, digamos tapado por el sentido. Entonces Lacan va a plantear que el concepto de libertad para el psicoanálisis es muy distinto de la libertad de la que hablábamos antes, esa libertad que consiste en que uno tiene muchos objetos y cree poder elegir. El concepto de libertad para Lacan va a estar dado por el corte de esta función de afánisis que produce el S2, y es ahí donde él va a poner en juego la interpretación. La interpretación como la operación capaz de aportarle algo de libertad al sujeto, la operación capaz de hacer caer algo de ese sentido. Y lo dice así: “El objetivo de la interpretación no es tanto el sentido sino la reducción de los significantes a su sin-sentido para así encontrar los determinantes de toda conducta del sujeto.”
Si hacemos una comparación con la afirmación del Seminario VI, podemos notar un cambio. Acá ya no hay un sujeto al que se le va a revelar algo, sino que lo que importa es la reducción de los significantes a su sin-sentido. Lo que va a aparecer es el sujeto como efecto de la articulación significante. Entonces decimos que el sujeto va acceder a cierto margen de libertad en la medida en que se aferre a los significantes que lo determinan, que determinan la estructura, al sinsentido de esos significantes. Justamente porque son significantes sin sentido tienen la posibilidad de articularse a otros significantes para producir nuevos saberes, y a su vez nuevos efectos de sentido. Con lo cual si nosotros tomamos al saber como un medio de goce, cuando producimos esta operación de vaciamiento del sentido, de corte del efecto afanísico del S2, y le damos la posibilidad de articularse a nuevos significantes, en realidad lo que estamos produciendo ahí es una modificación en los modos de gozar de ese sujeto.

Continúa en parte II

La interpretación en psicoanálisis - Parte II

Continuación de Parte I

En el Seminario XVII, Lacan va a formalizar cuatro discursos. Los discursos son estructuras formados por cuatro lugares, el lugar del agente, el lugar de la verdad, del otro, y del producto. Y por cuatro elementos: el S1 que es el significante Amo, el S2 el saber, el sujeto y el objeto a. Esos cuatro elementos van a ocupar distintos lugares en cada discurso.

Agente otro $, S1, S2, a
Verdad producto

Por ejemplo en el discurso del analista, en el lugar de la producción está el S1. Una definición posible del S1, es decir que es el significante sin sentido, retomando lo que planteaba Lacan en el Seminario XI, cuando decía que la interpretación reduce los significantes a su sin-sentido.

Ahora bien, la cuestión es como lograr producir este sin-sentido de los significantes. Como veníamos viendo, para decirlo rápidamente después vamos a tratar de desarrollarlo un poco más, la producción de este sinsentido de los significantes, va a ser efecto de que el analista como agente del discurso semblantee el objeto a, y ponga a trabajar el saber en el lugar de la verdad. Esto lo va a lograr en la medida que no se dirija al yo del analizante, sino al sujeto barrado, o sea al deseo y al goce de ese sujeto.
Entonces, voy a tratar de meterme un poco en la función del saber para ver como funciona en el discurso del analista. Dijimos que el saber en el discurso del amo cumplía la función de retrosignificar al S1 y de dar sentido.

Me parece que es interesante, por eso lo planteaba así, ver como cada elemento no es siempre el mismo en los diferentes discursos, sino que cumple una función totalmente distinta. Una cosa es el S2 dando sentido como en el discurso del amo y otra distinta como producto en el discurso histérico. En este último, es un saber impotente para dar cuenta del objeto que es causa del deseo de la histérica. Está en disyunción con el objeto, por el lugar que ocupa en el discurso.

Esto tiene relación con la cuestión de la bella indiferencia de la histérica. ¿Vieron esas parejas donde la chica se presenta siempre como la pobrecita que no sabe nada y el obsesivo que está a su lado generalmente tiene veinte teorías para explicar como hay que hacer las cosas? Sin embargo este saber a ella no le sirve para nada, porque no tiene nada que ver con lo que a ella la causa. Esta escena a mí me hace acordar mucho a la Facultad, en los momentos previos a dar exámenes las chicas estaban desesperadas, nunca sabían nada, entonces los “obses” les explicábamos. Y después ellas se sacaban un diez y nosotros un cuatro.
En el discurso universitario funciona de otra forma, funciona como un saber totalizador, un saber que no está agujereado y que toma al otro como objeto de goce, para taponar el agujero.

En el sistema universitario es así, pero es así por una cuestión de estructura me parece, por como están dadas las materias, por la metodología para calificar a los alumnos y para poder otorgarles un título. Se les toma un examen, y en el examen básicamente se les pide que repitan la lección. Por ejemplo, en una materia de "Introducción a la Filosofía", se puede ver desde Heráclito hasta Heidegeger en un año. Para eso hay que reducir la complejidad de un pensamiento a unas cuantas fórmulas de manual y al alumno no le queda otra que repetir como un loro, sin entender nada.
Para ver como el saber funciona en el discurso del analista, voy a tomar el Seminario XVII, donde Lacan hablando de la interpretación, la va a poner a jugar en relación a la cita y al enigma. Podríamos decir que el saber cuando funciona ahí en el lugar de la verdad, funciona de esta manera. No se trata de un saber que se sabe, no se trata de algo en relación al conocimiento yoico, no es el saber referencial, no es el saber de la teoría psicoanalítica. El acto analítico no se autoriza de nada de esto, ni siquiera de la teoría psicoanalítica. Si uno le dice al paciente que se acueste en el diván y él pregunta por qué, uno no le contesta, en principio, porque lo dice Freud, o si corta una sesión, porque Lacan habló de los tiempos lógicos. ¿Entonces de qué saber se trata? se trata de una saber que vamos a llamar textual. Textual porque remite al texto del inconsciente, por eso es del orden de la cita. Porque uno prácticamente debería poder decir siempre: "usted lo dijo", o casi siempre. Es un saber que se recoge de los dichos del analizante. Es enigmático porque generalmente aparece como rompiendo el sentido del discurso que se venía diciendo, aparece como un enigma, no se sabe qué quiere decir.
Lacan en L´ Etourdit, cuando habla de interpretación dice que ésta opera por tres vías: la homofonía, la gramática, y/o la lógica. Me parece que son los modos en que aparecen las rupturas en el discurso. La de la homofonía y la gramática son las más conocidas por lo general. Con relación a la homofonía me acuerdo de un paciente, que el tipo estaba casado hace un montón de años, y hacía 14 años que no tenía relaciones sexuales con la mujer. En una sesión venía hablando, y habla de la Embajada de los Estados Unidos y vuelve a hablar de la Embajada de los Estados Unidos, sigue hablando, y de repente comete un equívoco: en vez de decir empresa dice compañía. La interpretación que precipitó fue: "lo que va en bajada es estar unido a quien no te hace compañía".
En la gramática aparecen como fallas las formaciones del inconsciente, en las frases ambiguas, las puntuaciones, los errores, etc. Esto es lo más conocido. Lo que por lo menos a mí se me presentó más tarde son las fallas lógicas de un discurso, que suelen presentarse como paradojas. Cuando se encuentra una paradoja puede haber una interpretación en potencia. En realidad uno vive hablando paradojalmente, pero no se da cuenta. La paradoja muestra el punto de real del discurso, allí donde el sentido no se sostiene, se contradice.
Me acuerdo de otra paciente que viene al análisis quejándose fuertemente del marido, de cómo el marido la maltrataba, casada hace mucho tiempo. Un día empieza a hablar, y empieza a contar fantasías de prostitución, las despliega en la sesión. Después dice: “pero no, yo hace 25 años que estoy casada con la misma persona y nunca me acosté con otro”. Entonces le digo: “puta de un solo cliente”. Porque, claro, el significante puta estaba definido por oposición a ser la mujer fiel. El sentido de los significantes surge por oposición y diferencia con los otros significantes. Lo que la interpretación hizo en ese caso, como decía Freud, fue sacar la “o” poner la “y”: pasar de “puta o fiel”, a “puta y fiel”. La primer consecuencia fue que faltó a la sesión siguiente. Cuando vuelve cuenta que ella hace rato que está trabajando en un hospital donde mantiene una relación con un tipo que está internado, del cual dice que está enamorada. “Pero claro”, dice, “no nos podemos acostar porque él está esperando un trasplante de corazón y se puede morir en la cama”. Dejando de lado la fantasía que tiene ella de matarlo en la cama, dice: “ya lo vamos a hacer, tenemos ganas...” Y agrega: “yo fui y le conté a mi marido, le conté que estoy enamorada. El me dijo: no importa, total, él único macho que te coge soy yo”. Ahí a ella se le presentó el “puta de un solo cliente”, y volvió al análisis. Ese significante en realidad la fijaba a un goce muy fuerte de ella.
Para tratar algo más en relación a esto del saber en el lugar de la verdad, vamos a seguir con el planteo de Lacan respecto de que el saber es un medio de goce. El goce uno lo puede pensar en relación a lo simbólico, lo imaginario y lo real. En cuanto al saber como vía del goce me parece que está más ligado a lo simbólico pero obviamente todo saber que funciona como medio de goce está ligado a lo real. Entonces, Lacan en relación a la verdad en algún momento dice: “yo, la verdad, hablo”. Lo interesante de eso es que él plantea que la verdad habla, no es que se habla de la verdad, sino que la verdad habla, y en su decir solo lo hace a medias. Yo ubico a la verdad como un momento, un momento en que lo simbólico toca algo de lo real, y por ese efecto de simbolización se produce un real nuevo, y la verdad se desplaza. Por eso cuando uno interpreta y devela una verdad, generalmente esa verdad deja de ser eficaz en ese momento, la verdad se desliza hacia otro lugar. Me parece interesante señalar en este punto lo que sucede cuando uno levanta una represión con una interpretación; en general eso deja de producir efectos. Los mayores efectos se producían en la medida en que estaba reprimido ese significante. Entonces tenemos que la verdad no se dice de una vez y para siempre, sino que se dice una y otra vez, porque cuando uno la capta ya en ese momento la verdad se desplazó. Es como un pez que continuamente se escapa de las manos cuando uno está por retenerlo.
Ahora me gustaría plantear otro ejemplo clínico para afinar un poco más el lápiz en esta cuestión. Se trata de una paciente que presenta como uno de sus síntomas dificultades para estudiar en la facultad, sobre todo para rendir exámenes orales. Es una mujer casada y tiene un hijo pequeño. Presenta dificultades sexuales, para tener orgasmos, una aversión muy marcada al sexo oral. En ese contexto un día llega tarde a la sesión y comienza a disculparse, comienza diciendo que tiene ese problema, que siempre llega tarde a todos lados. Dice: dejé de usar reloj, porque cuando tenía reloj estaba siempre calculando y siempre estaba llegando tarde. Sigue hablando de todas estas cuestiones y empieza a focalizar más en la tema del examen oral, que está por rendir, que la tiene bastante angustiada, se trata de una materia que no se llamaba así como voy a decir ahora, pero guarda el juego significante, llamémosla laboral. Lo que yo capto es la repetición de laora, con el reloj, con las llegadas tardes, con el sexo oral, con la materia laboral. Entonces le pido que asocie con laora. Empieza a asociar. Lo primero que se le ocurre es: Laura. Que es una amiga que se encuentra estudiando para ser monja. Continúa dando algunas referencias que yo ahora no recuerdo del todo. Pero desemboca en una escena de la adolescencia, donde esa chica Laura y ella tenían el mismo gusto en relación a los hombres, especialmente uno que les gustaba a las dos. Parece ser que este chico un día le manda una carta a Laura, la amiga de la paciente, diciéndole: Si la belleza fuera pecado vos tendrías cadena perpetua. A esa altura le hago una interpretación, conjeturo digamos, y le hago una interpretación en relación a la amiga, a su sexualidad de monja, y a este tipo de cuestiones, exactamente que le dije no lo recuerdo. La sesión sigue un poco más hasta que decido terminarla. Cuando llegamos a la puerta del consultorio, ella me dice: Ah, me olvidé de contarte, soñé con Julián Weich, el de Sorpresa y media. Entonces le marco: Sor-presa.
Si retomamos la sesión lo que podemos ver es una serie: Comienza con Laora, y va desplazándose: Laura – monja – sexo – femineidad, y termina en sor-presa. Sorpresa es un significante que aparece imaginarizado en el sueño. Porque en el sueño lo que podemos suponer es que a ella lo que se le aparece es la imagen de Julián Weich. Por eso el sueño vale como relato en realidad. Lo más importante aparece cuando ella cuenta y aclara: el de sorpresa y media. Lo que se produce en ese momento es la escritura de ese significante: sorpresa. Lo que presenta es otro sentido, uno podría decir: presa como una monja, un goce en relación a eso, a estar presa como una monja. Lo que hay es un salto de un sentido a otro, del programa de Julián Weich a estar presa como una monja. Si hay pasaje de un sentido a otro, es gracias a que se produce un sin-sentido del significante, porque todo significante, de última, está vaciado de sentido, decíamos que se define por oposición y diferencia, que en sí no significa nada. Entonces, retomando la cuestión del acto que hablábamos al principio, podemos decir que la interpretación es un acto que va a producir efectos. Y estos efectos son los que van a validarla como tal. Precisando un poco más, decimos que es un acto de escritura, que consiste en afirmar el vaciamiento de sentido del significante. En reducirlo a su sin-sentido, como decía Lacan en el Seminario XI. Esta escritura permite tratar lo real por lo simbólico en ese litoral que reanuda los goces y el deseo.

martes 15 de septiembre de 2009

Lo que la provocación cognitivo-conductual despierta en algunos analistas

Tema: Las dificultades que nos presenta la cultura tecno-científica, lleva a muchos colegas a deslizarse regresivamente hacia una posición religiosa.

El último de los ataques mediáticos contra el psicoanálisis tuvo su epicentro en el reportaje realizado por el diario “La Nación”[1] al historiador multinacional Mikkel Borch-Jakobsen, quien abogó por la eficacia terapéutica de las manipulaciones cognitivo-conductuales.
Varios líderes del movimiento psicoanalítico local salieron a contestar las incongruencias vertidas en el mismo.
El peso de las críticas al psicoanálisis recae sobre la supuesta falta de cientificidad del mismo, entendiendo por ciencia al producto diseñado por la ideología positivista representada, dentro del campo de la salud mental, por el paradigma cognitivo-conductual.[2]
Lo que me interesa analizar aquí son algunas ideas-fuerza que insisten en los colegas que salieron al cruce, las que apoyándose en principios religiosos y/o humanistas, toman una dirección que los aleja del psicoanálisis.

En un artículo que no respondía al reportaje citado pero que coincidió temporalmente con el mismo, Jacques-Alain Miller, añoraba los supuestos buenos viejos tiempos en que el psicoanálisis habría estado aliado a la religión y proponía la humanización de la misma para enfrentar a la tecnociencia. Allí decía: “Me parece que antes había un rechazo humanista de la máquina, por aquello que era llamado, la casa de las almas. Teníamos aliados entonces. Aunque Freud fuera considerado demoníaco, era aún obvio, para Lacan, que había una alianza entre religión y psicoanálisis en contra de la máquina y de la ciencia. Eso se sentía claramente en los 50’s. Mientras que lo que es igualmente notorio ahora es que no se tiene eso. En la actualidad la religión no compite con la ciencia. Le dejan la tierra a la ciencia y a la cuantificación, sin vacilación.(…) en nuestra lucha contra las TCC, re-humanizar la religión es un anhelo del que tenemos que hablar.” [3]

Unos días más tarde, en “La Nación” Isidoro Vegh, pese a pretender diferenciarse de la religión, dice cosas como: "El sujeto tiene un margen de libertad. Por supuesto que ese margen de libertad se amplía cuando uno conoce cuáles son las determinaciones que lo habitan. Por ejemplo, si viene un paciente y nos dice: "No sé qué me pasa: maltrato a mi mujer y a mis hijos", nosotros creemos que si lo ayudamos a descubrir cuál es la razón inconsciente de su manera desaforada de comportarse seguramente va a tener más libertad para obrar mejor."

Nótese que termina diciendo que la ayuda del psicoanalista le va a dar libertad para obrar mejor. No dice para obrar de otra manera, ni para obrar según su deseo o goce, dice para obrar mejor. O sea, que si el resultado ya se sabe de antemano, que será obrar mejor ¿dónde está la libertad? Este planteo es típico de un discurso religioso o moralista. Es evangelizador. En el contexto del ejemplo aludido, se tratará de que sea mejor padre y esposo. Por si este ejemplo fuera poco claro, sigamos leyendo: “Pero San Agustín dijo que la gracia divina es también algo que tenemos que implorar para que esa libertad que Dios nos otorgó la podamos usar del mejor modo. Para nosotros, desde el psicoanálisis, se trata exactamente de la misma cuestión,[4] claro que no en términos teologales” (recuérdese a Freud en “La negación”). ¿Cómo sería la misma cuestión si no es con los mismos términos? Si es con otros términos es otra cuestión y si es la misma cuestión no hacen falta otros términos. Salvo que el deseo sea hacer funcionar los términos psicoanalíticos al modo teologal, como parece indicar la negación.

Sigue I.V.: "Yo creo que nuestra dedicación al prójimo no es un acto de caridad sin una relación al otro." Ubicar el acto analítico como un acto de caridad (una de las tres virtudes teologales junto a la fe y la esperanza) implica inscribir al psicoanálisis directamente en la religión cristiana. Lo que se corrobora con el contexto de la entrevista. Tan es así que hasta la periodista queda sorprendida por los dichos de este psicoanalista.

Que el planteo religioso retorne sincronizadamente por boca de dos importantes líderes del movimiento psicoanalítico lacaniano, pertenecientes a distintas ramas del mismo, no hace otra cosa que reflejar el pensamiento de muchos otros que no cuentan con la repercusión mediática de sus dichos. Y si esto que afirmo es así, y todo indicaría que lo es, me atrevo a pensar que no es efecto de alguna distracción menor sino que responde a los movimientos que está sufriendo la cultura a nivel mundial desde hace largo tiempo ya y a las dificultades que tenemos los psicoanalistas para operar con ellos.

Sin terminar de tener bien en claro de qué se trata, me animo a barajar algunas hipótesis que, tal vez, ayuden a ubicar alguna baliza en el asunto.

1. Vivimos bajo los efectos de la tecnociencia. Podríamos decir que es el Otro privilegiado hoy en día. Los efectos son múltiples, para bien y para mal. A la tecnociencia se la suele adosar no sin razones al discurso capitalista. Cuando este razonamiento cae en manos de ideólogos de izquierda se suele ubicar a ambos (ciencia y capitalismo) como el eje del mal.

2. La tecnociencia, como todas las actividades humanas, produce diversos efectos, muchos de ellos paradojales. Permite la fabricación de máquinas que facilitan la realización de múltiples tareas, lo que vuelve nuestra vida más confortable, a la vez que expulsa mano de obra al realizar el trabajo en forma mejor, más rápida y más barata, generando desocupación y miseria. Produce medicamentos y tecnología para intervenir quirúrgicamente, capaz de mejorar la calidad y cantidad de vida en muchas personas, provocando también con ello dificultades socio-económicas, difíciles sino imposibles de resolver, como es el de mantener a una población durante una cantidad de años que no se preveía cuando se diseñaron los sistemas previsionales. Esto por solo nombrar dos ejemplos.

3. La característica paradojal de la acción humana suele ser negada por la mayoría de las personas. Así, los científicos, suelen creer en el progreso indefinido y unilateral de la ciencia, achacándole a otros (política, economía, moral, etc..) la responsabilidad de resolver los efectos negativos de su acción, como si éstos fueran accesorios a la misma.

4. A este fundamentalismo tecno-científico suele oponérsele especularmente un fundamentalismo religioso-humanístico-moral, que le achaca a la ciencia ser la causa de todos los males que el hombre viene sufriendo en los últimos siglos, y añora los supuestos buenos viejos tiempos del hombre “natural”, cuando su bondad no había sido corrompida por la ciencia. Una de las quejas que más se escuchan de boca de los representantes de esta posición es que “se han perdido los valores”. Esto se ve en el artículo de Miller, cuando siguiendo la línea tomada por la industria cinematográfica hollywoodense, propone el enfrentamiento hombre vs. máquina, pareciendo ignorar que la máquina no es otra cosa que un invento humano. Como muy bien lo analizó Michel Foucault en “Vigilar y castigar”, el humanismo es un efecto directo del desarrollo científico. El hombre puede sentirse derecho y humano cuando deja que las máquinas y los sistemas sostenidos científica y tecnológicamente hagan el trabajo sucio (sistema judicial con sus cárceles “readaptativas” a los efectos de satisfacer el deseo de venganza de aquellos que sacrifican su goce pulsional en aras de sostener el lazo social, más conocidos como personas decentes y honestas, cámaras de vigilancia, teléfonos celulares para control de los empleados, cajeros automáticos a los cuales ni siquiera se puede insultar cuando nos estafan, sistemas misilísticos para matar como si fuera un video-juego sin tener que mancharse con la sangre, los gritos o las miradas de las víctimas, etc…). Todo esto ayuda a seguir pensando que en el fondo… somos buenos.
Creer que se han perdido los valores nos impide darnos cuenta que los goces sacrificados no se volatilizan sino que retornan disfrazados con los ideales de época. Los valores no se han perdido sino que han cambiado por otros o al menos han cambiado el lugar que ocupaban en la escala. Hoy las acciones antes descriptas se lleva a cabo en nombre de la eficacia, el confort, el servicio, la maximización de las ganancias, la libre empresa, la democracia, la libertad, la igualdad, etc, etc, etc.
Los que en todo caso parecen haber perdido su lugar privilegiado son los valores de la tradición judeo-cristiana. Que también producían efectos paradojales. Por ej: las cruzadas y su gran cantidad de muertos, así como también produjeron muchas cosas de valor que sirvieron para sostener el lazo social de gran parte de la población hasta hoy en día.

5. Si unos valores han dejado de tener vigencia, me pregunto qué fue lo que pasó para que el entramado simbólico-imaginario haya cambiado, para que algo que operaba con una cierta eficacia ya no pueda seguir haciéndolo, y en todo caso, trato de dilucidar cuáles son los nuevos valores que van tomando forma y cuáles son sus efectos. Intentar recuperar lo perdido es una típica maniobra neurótica, es operar represivamente, tratando de recuperar el imaginario agujereado por lo real, prescindiendo del trabajo con lo simbólico. Eso no produce otra cosa que un retorno más feroz de lo reprimido. Entonces, no se trata de discutir si se han perdido o no los valores, sino de captar el movimiento perpetuo en el entramado simbólico- imaginario cultural por efecto de lo real, que no cesa de no escribirse. Creo que como psicoanalistas es imprescindible poder pensar como operar sobre aquellos efectos de la tecnociencia que empujan al goce superyoico y dificultan la puesta en juego del deseo.
Tal vez una de las cuestiones importantes para los analistas del siglo XXI, no es ni será si aceptamos o no a las tecnociencias (ya llegaron y no se van a ir) sino cómo hacemos para que allí donde el tecno-ello es, advenga el sujeto.


[1] Del 14/9/05
[2] Para ahondar en este tema, ver en este mismo blog o en www.psyche-navegante.com nº 70 mi artículo “Análisis del paradigma cognitivo-conductual”
[3] Ver en este blog "Políticas del psicoanálisis" o en www.psyche-navegante.com nº 69 mi artículo “Políticas del psicoanálisis. Miller vs. las TCC” y “La respuesta del psicoanálisis a las terapias cognitivo-conductuales (TCC)”, de Jacques Alain Miller, cuya versión resumida publicó Página 12 el jueves 11 de agosto.
[4] El resaltado fue hecho por mí

Artículo publicado en www.psyche-navegante.com nº 70

martes 25 de agosto de 2009

La secta del juguito

Tema: relato de una experiencia ominosa en el corazón de la selva.

Cerca de donde nace el río Amazonas, en una zona selvática a la que solo se accede por aire o por agua luego de varios días de navegación, se encuentra la ciudad peruana de Iquitos. Se rumorea por el Perú que la selva es fuente de infinitos misterios y embrujos, que sus mujeres ardientes son capaces de hacerle perder la cabeza a un hombre, atrapándolo en sus redes para devorarlo hasta el último bocado.
Sospechando que se trataba de fantasías, producto de una cultura demasiado tomada aun por la moral cristiana, tan fascinada por la muerte como para exhibir en algunas iglesias de Lima los restos óseos de muertos que llevan más de doscientos años en ese estado y/o de la proyección de los deseos sexuales de la supuesta virgen María en las hembras nativas, me dirigí a la zona en cuestión, donde fui objeto de una ominosa experiencia.
En las afueras de la ciudad de Iquitos se encuentra el lago de Quistococha. Cuenta la leyenda que en el centro del mismo había una isla habitada por papagayos, que cada vez que sucedía una desgracia gritaban y la isla se movía. Asustados, los nativos llevaron a un clérigo, quien a modo de conjuro arrojó un crucifijo a las aguas. Estas comenzaron a agitarse y la tierra a temblar. Los nativos se acercaron al grito de ¡Cristo cocha! (de donde deriva su nombre actual “Quistococha”) al mismo tiempo que una gigantesca boa negra emergió de las aguas y se alejó con movimientos ondulantes y emitiendo un lúgubre silbido.
Muchos años después de lo relatado, me encontraba en la playa luego de haber recorrido el zoológico que la enmarca, donde se pueden apreciar tras las rejas gran cantidad de animales muchos menos salvajes que los humanos como leopardos, tigres, anacondas, monos, delfines rosados, lobos de río y otras especies.
Sobre la playa y adentrados brevemente en el lago se encuentran tres prolijos muelles de madera con una plataforma techada al final de cada uno. Al más alejado de los tres se accede por una larga pasarela que corre entre el agua y la selva. Hacia allí me dirigí con la intención de darme un refrescante chapuzón.
Llegado a la plataforma me encontré con unas cuántas personas (quince aprox.) repartidas en tres o cuatro grupos. Nos saludamos mutua y amablemente y una mujer que había superado ya los sesenta años me invitó a compartir lo que estaba comiendo. Acepté. Me senté y charlamos algunas trivialidades típicas entre nativos y gringos. La mujer me insistía con que comiera un poco más. Mientras tanto me iba percatando de que todas las personas formaban parte del mismo grupo. La mujer me invitó a una fiesta para el día siguiente. No pude evitar señalarle con un chiste el fallido cuando en lugar de decir fiesta dijo hotel, pero a juzgar por las reacciones todo me hizo pensar que entre nativos y cristianos no había grandes diferencias. Todos hacen de cuenta que las viejas carecen de deseo sexual.
Entonces algo comenzó a suceder. Mis antenitas paranoicas de vinilo entraron en erección. La vieja tomó un frasco de plástico que contenía un líquido color naranja, lo sirvió en un vaso y me lo ofreció mientras me explicaba que se encontraban allí, siendo un día lunes, traídos por una empresa de origen mexicano que se halla en todo el mundo, “tu puedes visitar la página web en internet”, argumentaba uno. Continuaban contándome que esta empresa maravillosa los iba a llevar de paseo en unos días más, a todos ellos, a Lima, en avión, con todos los gastos pagos, que todos ellos ganaban un buen dinero extra por prácticamente no hacer nada, etc, etc…
Ironizaba yo diciendo que ya me gustaría vivir así, ganando dinero por no hacer nada y viviendo de fiesta en fiesta, ¿qué clase de empresa era esa? ¿dónde estaban las ganancias? En ese momento, como si le hubiera metido el dedo en la llaga, se adelantó el único hombre del grupo, de unos treinta años, quien comenzó a explicar las virtudes del juguito que me habían dado a beber y de la empresa que lo producía y para la que todos trabajaban. Y para rematar su explicación, como en una coreografía mil veces ensayada, con un gesto firme invitó, una por una, a todas las mujeres a brindarme su testimonio. A una le había curado el cáncer, a otra la artritis, a la de más allá el colesterol y la gastritis, la que salía del agua había bajado no recuerdo ya cuantos kilos y se había librado de torturantes jaquecas, la que estaba a su lado había salido de una depresión profunda y así desfilaban una por una cerrando el relato con una frase del tipo “y tomando este juguito que ves aquí mi salud y mi vida mejoraron”.
Los movimientos coreográficos de las veteranas me habían acorralado contra el lago, cerrando toda vía de escape hacia tierra firme. La líder, Lidia, insistía con que debía seguir tomando el horrible juguito. Ya las náuseas me invadían, mi cuerpo transpiraba, las piernas flaqueaban. Desesperado gire la vista en dirección a la playa con la intención de hacer llegar alguna señal de auxilio pero estábamos demasiado lejos. Las viejas avanzaban con el juguito. Yo retrocedía conciente de los pocos centímetros que restaban hasta el borde del muelle. Dejé caer mi mochila. Estaba decidido: me arrojaría al lago y trtaría de huir nadando. Prefería correr el riesgo de ser tragado por la gigantesca boa negra y/o masticado por las pirañas antes que seguir soportando el acoso de las arrugadas nativas amaestradas por algún gerente de marketing[1]. Resignado y sin fuerzas me estaba dejando caer cuando entre las veteranas emergió la única veinteañera del grupo que volvía de un paseo. De boca carnosa, escote generoso y sonrisa implacable iluminó la sombría escena, haciendo surgir de mi bajo vientre una fuerza descomunal, nunca experimentada con semejante vigor. Como un rayo, quebrando la cadera me deslicé entre las veteranas, alcé a la jóven entre mis brazos, corrí sobre las aguas y nos perdimos juntos en la espesura. Nunca pude recordar lo que sucedió después. Solo en sueños retornan, a veces, sutiles indicios voluptuosos.


[1] Me pregunto si la crisis estructural de la religión capitalista esta dando lugar a la proliferación de éste tipo de sectas.